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21 noviembre 2017 - 17:37
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20 de marzo de 1956: recuerdos de la independencia tunecina

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aut_2BisEste artículo fue publicado en Baraka Hebdo (Paris) n°2 del 20 de marzo de1986, bajo el titulo un poco tonto de « Nostalgia »

 “El 20 de marzo de 1956. Una fecha fácil de recordar: el 21 era el cumpleaños de mi madre. Los franceses, los “de cepa”, los judíos, luego los naturalizados comenzaron a partir. Nosotros los Italianos, mirábamos desde el balcón.” Hace treinta años Túnez logró la independencia. El ambiente de entonces, las anécdotas, y los recuerdos de un niño de origen siciliano que vivió  este período…

“Taoua Iji Bourguiba”: estas son las primeras palabras árabes que escuché. El año 55 llegaba a su fin. Los últimos cocheros malteses hacían crujir sus látigos, sentados en sus carruajes en la plaza de Londres. Entre los caballos, los comerciantes de nuez de coco lavaban las rebanadas blancas, que parecían barquitos en la cuneta. Tenía seis años cuando desembarqué en el invierno suave de Túnez. Desde entonces, fui confrontado a dos, tres, cuatro culturas. A las extremidades, las dos Grandes Culturas: por una parte “es la Madre Michel que perdió a su gato”, el libro de lectura francés, del otro “babon, bagraton, kouraton”, el abecedario árabe. Y al medio, los humedales siciliano, maltés, judío, griego, español, ruso blanco.

Bab El Khadra

Mis tías bajaban por la noche la “zibbola”. Palabra sículo-tunecina para designar el cubo de basura (siempre derramada por los gatos famélicos), deriva del árabe “zebla”, residuos. Cuando mis primos y yo hacíamos tonterías nos trataban de “soufri”. Palabra tunecina que significa a «granuja », formado a partir del francés «los obreros»…

En el garaje de uno de mis tíos, en la Pequeña Sicilia, los obreros alzaban la cabeza debajo los capós de los 404 para observar los camiones que pasaban en un alegre estruendo de cláxones, de yuyúes, de darbukas (tambores) y de palmas: “Yahia El Destour, Yahia El Istiqlal” (¡Vive el partido constitucional, Viva la Independencia!. Los partidarios del Combatiente Supremo subían desde todo el país a la capital. Agitaban una bandera que al principio creí reconocer: era roja como la que alzaban los obreros romanos los primeros de mayo. Pero ésta tenía un media luna y una estrella.

La Ciudad «europea» tenía miedo, la Medina susurraba una mezcla de inquietud y esperanza. Bab el-Fransa, la Puerta de Francia, era la frontera entre las dos, que infringíamos solamente para hacer algunas compras. Avenida Jules-Ferry, una noche, un desfile de jóvenes con cabellos muy cortos hizo subir la tensión. Gritaban: “¡Los France-ses por-doquier!”.

Los cuchillos brillaban en la sombra. Los padres les ordenaban  a los niños entrar a la casa. Aquí y allá, pequeñas manos rojas aparecían sobre los muros. No eran las manos de Fátima, era la marca identificativa de los « verdaderos Franceses», de su mítica organización secreta.

Este desfile me había dejado un doble rastro contradictorio. Mi simpatía había ido naturalmente a los que, mudos de rabia, observaban el desfile desde las aceras. Pero el ritmo del lema, inquietante e incomprensible, se había grabado en mi mente. Unos días más tarde, caminando por la  calle de la  Pequeña-Malta, con otro tío, el carpintero, yo lo  silbaba. Acababa de aprender a silbar. Palidecio – era el más cobarde de la tribu – y me apretó la mano susurrando: «Tais-toi, è pericoloso» (cállate, es peligroso)..

Mars 1956

20 de marzo de 1956: una nación nacía, sin demasiados sufrimientos. Ellos vinieron más tarde. Una fecha fácil de recordar: el 21 era el cumpleaños de mi madre. Los franceses, los “de cepa”, los judíos, luego los naturalizados comenzaron a partir. Nosotros los italianos, mirábamos desde el balcón. En frente, en un balcón del 2° piso, una tía de Claudia Cardinale, que estaba loca, gritaba y vociferaba en camisón.

En la escuela franco-árabe de la calle Hoche, la mezcla era bastante buena. No era ni idílica ni infernal. Casi se le podría  casi dar razón al monumento a Jules Ferry, mostrando a un niño francés, el brazo “fraternalmente” en torno a los hombros de un niño árabe, ambos leyendo en el mismo libro. Al salir de la escuela, nos separábamos. Judíos, árabes y sicilianos hacían, con algunas raras excepciones, banda aparte. Nosotros los sicilianos teníamos el descampado junto a la vía férrea, el Terreno Rojo. ¿Luigi, ya engominado a los 14 años, era nuestro jefe. Asábamos los saltamontes, cazábamos lagartijas, cuya cola permanecía entre los dedos, jugábamos a las pepas de albaricoques, criábamos  febrilmente gusanos de seda. Cuando nos insultábamos, era en árabe.

Pronto, el eco de la guerra en el país vecino y un poco misterioso, Argelia, llegó por la radio a nuestros oídos infantiles. Las voces varoniles de “Saut El Arab” (La Voz de los Árabes), desde El Cairo, provocaban el entusiasmo de los jóvenes Árabes, la inquietud de las familias judías y… mi curiosidad.

En este mundo colonial que se deshilachaba, el desarrollo separado de las comunidades – un apartheid bonachón pero bien real – prohibía las amistades, los amores, las fusiones inter guetos. ¿Esa fusión, sueño confuso de nuestras infancias, ¿cuántos de nosotros, estarán aquí buscándola todavía?

 Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

Original: L’anniversaire de l’indépendance tunisienne : Souvenirs, souvenirs

Traducido por María Piedad Ossaba para La Pluma y Tlaxcala


Palabras clave:20 de marzo de 1956 | Independencia tunecina | Túnez |Fausto Giudice  

Actualizado ( Viernes, 24 de Marzo de 2017 23:59 )