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Asedios a la palabra [fragmentos]

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Juan Manuel RocaPoesía y máscara

Como las máscaras del teatro Noh, dignas de ir sobre las creadas por Dios, como esas máscaras que exploran y cubren más el alma que la cara, como las máscaras de las hadas del sake que ocultan su refinamiento y su dolor, así quisiera mi palabra.

Capture Poesia y mascara

La poética del espejo

Por humilde que sea, todo escritor resulta soberbio al querer modificar la creación, podría decirse que esto es algo que lo emparenta con el diablo. Y con el espejo, con el cristal donde casi no hay ningún rostro humilde que soporte la artimaña seductora del rostro duplicado, la prueba con la que el estanque tentó a Narciso, un paradigma de belleza, un pobre efebo desdeñoso de las ninfas perfecto como un dios, pero que según parece no sabía nadar.

Poesía involuntaria

No recuerdo cúal poeta brotado del romanticismo alemán (pienso que fue Novalis), dijo que el sueño es poesía involuntaria. Quien haya hecho esa afirmación creo que sintetizó como pocos, más claramente aún que los surrealistas, los puentes tendidos entre el soñar y la vigilia.

Sobre la imagen

Pierre Reverdy, el magnífico poeta y teórico a quien debemos una bella imagen sobre el volar: «El vuelo es un pedazo de cielo que se desata», dice con toda severidad que en la naturaleza no hay imágenes, que es el hombre quien las crea. Pero aún no sabemos bien, querido Reverdy, si la rosa no disfruta de su olor, si no hay paisajes que se piensan a sí mismos, si el árbol no sabe de su condición vegetal.

De muros y tableros

Un tablero es un gran engullidor de pasados, una pizarra oscura que devora lo que fue fundamental y poco a poco se convirtió en niebla, para dar paso a nuevas y episódicas realidades. Un viejo tablero o un pizarrón de un aula, en su pasivo ejercicio de periódico de un día o simplemente de objeto arrumado en una bodega entre viejos pupitres y sillas desahuciadas, podría revelarnos lo que esconde, o, por lo menos, lo que logramos intuir bajo otras capas de tiza y bajo una suerte de desdibujo creado por la almohadilla o el borrador.

De pronto ese negro espacio podría hablarnos de los tiempos en que los muros tenían, mucho más que ahora, la palabra. Díganme qué escriben en los muros los habitantes de una ciudad y les diré quiénes viven en ella, podría ser una senetencia* de uso corriente, tal vez irrefutable. Muros y pizarras son objetos democráticos o promiscuos, según se quiera ver.

Cómo olvidar el letrero estampado en uno de los muros de mi ciudad, una consigna de talante provocador e irónico una de tantas y descorazonadas contiendas electorales: «Todos prometen. Nadie cumple. Vote por Nadie».

Basta saber que bajo las capas de pintura anidan momentos del pasado trazados entre las muchas pieles con las que cambian de color o de textura, escritos de emergencia que no pueden ser borrados del todo, aunque no exista una prueba pericial digna de la estrecha cultura pragmática que sólo destaca lo comprobable.

El poeta como el zahorí

Si del zahorí, un hombre armado de paciencia e intuición y de una precaria horqueta de fresno o abedul, se decía que lograba en la España medieval ver lo oculto bajo tierra, arroyos y manantiales secretos, del poeta podría decirse algo parecido. Armado de paciencia e intuición, no pocas veces encuentra el manantial que corre bajo un erial, inclusive bajo la sequedad de los malos versos del poema que escribe y que esconden el nacimiento de un ojo de agua, la palabra que fecunda. Por eso logra descubrir poemas ocultos escondidos bajo la hojarasca de poemas malogrados. Entonces pone en acción, más que una horquilla de fresno o de abedul, la nunca bien celebrada mano que borra, la mano que duda y disecciona.

De bestias y poesía

Desde niños quisimos cazar tigres en las selvas de Emilio Salgari y ballenas blancas en los mares de Herman Melville. Fue bochornoso robar frutas en el mercado para tentar al ruiseñor de Keats que siguió sin cantar en nuestra rama. Los pulpos de Lautréamont hicieron su ballet de ausencias. El pájaro pintado a la manera de Prévert pocas veces se posó en nuestra ventana. Nos cansamos de leer las horas en los ojos de los gatos chinos de Baudelaire. Al trote fuimos en el burro de Vallejo, de su burro peruano en el Perú. Sufrimos del albatros la lacerada angelidad de los poetas pero el tigre de Blake brilló en la selva del poema. Fuimos a una cena en la mansión de los murciélagos del Popol Vuh.

Hasta las vulgares moscas de Machado posadas sobre cartas de amor movieron nuestra extraña simpatía. Las pulgas de John Donne fueron expertas en mezclarle la sangre a los amantes. Hubo abejas que libaban en versos de Valéry, más que en los nardos. Los cocuyos de Tablada fueron la lámpara de los caminos. Las anguilas de Montale nadaron sin descanso de las aguas del Báltico a nuestras playas de lino.

Celebramos los sapos de Whitman que coronan la obra de Dios, los cróvidos de Poe, los caballos griegos que rumian hojas de laurel. Todo fue emblemático y celebratorio: ofidios, equinos, batracios y quelonios. Pero el tigre no tuvo paz en la selva de nuestro apetito ni la ballena pudo viajar al Sur sin ser arponeada ni sufrimos el espanto del pulpo bajo las explosiones. El gato chino detuvo el reloj de sus ojos por séptima vez. El burro peruano rodó desde un risco de los Andes. Los sapos dejarán de croar de amor cuando acabemos de secar todos los lagos. ¿Y el tigre? El tigre se cansó de saltar de la rama a la palabra ciervo. Y es mejor no hablar de las relaciones insectuosas de Kafka, que tenía algo de entomólogo, con Gregorio Samsa.

Aún así, seguimos festejando los falsos poderes emblemáticos que les endilgamos a los animales. Pero, la verdad, ninguna bestia celebra que le ampliemos y nos ampliemos cada noche el reloj del desierto

Religión sin feligreses

Algunos poetas hasta llegan a soñar con la posteridad, con una gloria estatuaria y con el sol de los muertos, mientras echan a caminar entre fetiches y sombras, como grandes sacerdotes de una lastimosa religión sin feligreses.

Juan Manuel Roca para La Pluma, 18 de septiembre de 2016

Juan  Manuel Roca (Medellín, 1946). Poeta, periodista, ensayista. Coordina, desde hace 17 años, uno de los talleres de poesía que ofrece la Casa Silva. En 1997 la Universidad del Valle le otorgó el título Honoris Causa en Literatura. Ha obtenido varios premios nacionales de poesía (Premio Eduardo Cote Lamus y Universidad de Antioquia); de periodismo (Premio Simón Bolívar) y de cuento (Universidad de Antioquia). Dirige el periódico cultural La sangrada escritura. Ha realizado libros en compañía de artistas plásticos como Augusto Rendón, Antonio Samudio, Fabián Rendón, José Antonio Suárez, Darío Villegas y Patricia Durán. Libros publicados: Memoria del agua (1973); Luna de ciegos (1975); Los ladrones nocturnos (1977); Señal de cuervos (1979); Fabulario real (1980); Antología poética (1983); País secreto (1987); Ciudadano de la noche (1989); Luna de ciegos -antología- (1990); Pavana con el diablo (1990); Prosa reunida (1993), Lugar de apariciones (2000); Los cinco entierros de Pessoa (2001) y Arenga del que sueña (2002), Cartografía memoria (ensayos en torno a la poesía) (2003), Esa maldita costumbre de morir (novela) (2003).  Premio Nacional de Poesía 2004 del Ministerio de Cultura. Colaborador de La Pluma.net.

Textos y poemas de Juan Manuel Roca Publicados en La Pluma

Editado por María Piedad Ossaba

Nota de la Editora

*Sentencia, del latín sententia, es una impresión u opinión que una persona defiende o apoya. El término es utilizado para hacer referencia al fallo dictado por un tribunal o un juez y a la declaración que deriva de un proceso judicial. En este sentido, una sentencia es una resolución de carácter jurídico que permite dar por finalizado una contienda.

Publicado por Letras CCS, suplemento literario del Diario Ciudad CCS, AÑO 6 / NÚMERO 308 DOMINGO 18 DE SEPTIEMBRE DE 2016

 

 

 

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