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Cambiemos el sistema, no el clima

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Con este lema, las organizaciones sociales peruanas agrupadas en lo que se llamó la Cumbre de los Pueblos, se dieron cita en Lima, en 2014, en el marco de la Cumbre Climática Mundial(COP-20), para llamar la atención sobre la imposibilidad de que el capitalismo sea un abanderado creíble para liderar la acción urgente de disminuir suficientemente las emisiones de dióxido de carbono -principal gas de efecto invernadero- provenientes de la quema de combustibles fósiles -petróleo, carbón y gas- en todo el mundo.

“Las grandes corporaciones transnacionales ‘acompañan’ a los gobiernos en las negociaciones globales para acordar medidas que tienen por único fin limpiar de responsabilidades a los países industrializados por sus emisiones de gases de efecto invernadero y por ser los principales responsables del cambio climático”, fue el centro de su Declaración Final. Pues bien, la tan esperada COP-21 realizada recientemente en un París militarizado después de los atentados terroristas del 13 de noviembre, confirmó lo expuesto por esa cumbre popular.

COP21 PARISBis1

Antes de realizarse la última Cumbre Climática, la cual se desarrolló entre el 30 de noviembre y el 11 de diciembre, se decía que iba a ser recordada por los grandes convenios que allí se establecerían de parte de los 195 países que acataron la cita, para evitar así la entrada al infierno de la destrucción del ecosistema planetario.

Vimos por todos los canales las caras de satisfacción del presidente francés François Hollande y de su ministro de relaciones exteriores, Laurent Fabius -presidente de la COP21- así como del secretario de la ONU, Ban Ki-moon, al dar lectura del acuerdo "trascendental". Delante de las cámaras, todo el mundo vio a John Kerry, secretario de estado norteamericano, con una bien amplificada lágrima en su rostro que reflejaba una supuesta emoción. Pero después de bajarse el telón del circo y revisarse el espíritu de la letra de éste, los rostros de los pueblos del mundo adquirieron un aspecto grave y las diatribas contra "el histórico convenio" empezaron a escucharse.

Resultados reales de la cumbre climática

El objetivo fundamental era que la temperatura promedio de La Tierra no aumentara más de 1,5°C (grados centígrados) de acá al año 2100, pero se prevé que no va a ser menor de 3°C. Esto automáticamente amenaza a muchos pueblos con la desaparición, el desplazamiento por sequías o inundaciones de vastos territorios.

La organización internacional Vía Campesina, manifestó: "Nada del acuerdo es vinculante para los estados; las contribuciones (voluntarias) nos conducen hacia un calentamiento global de más de 3°, y las multinacionales son las principales beneficiarias. La COP21 fue esencialmente un circo mediático".

No se propuso ninguna fecha para el punto máximo de las emisiones, ni ninguna de las cláusulas del pacto es vinculante, tal como se hace con los tratados de comercio, en tanto en estos se especifica claramente las multas por incumplimientos. Para alcanzar la "justicia climática", que es en últimas lo que buscan los pueblos, no hay multas ni obligaciones específicas de los países que más agregan carga contaminante a ese ambiente planetario que ya tiene en su haber más de 400 miligramos por litro de CO. Se recurre pues a la "buena voluntad de cada nación" para aplicar lo acordado.

El acuerdo empezaría a llevarse a efecto a partir de 2020, es decir, no es de inmediato cumplimiento. La financiación mínima, que se pensó en un inicio que iba a ser de 100.000 millones de dólares para efectos de mitigación y adaptación de los países del Tercer Mundo al cambio climático mundial -lo cual es una cifra insignificante ante el daño tan avanzado que tienen los ecosistemas planetarios-, puede ser objeto en el futuro de arbitrajes y tampoco tiene fuerza vinculante.

La transición energética, que significa pasar del consumo de fósiles a energías alternativas así como la adaptación al cambio, requieren grandes inversiones en los países más pobres. En el acuerdo no hay responsables de ellas.

No aparecen por ningún lado las responsabilidades jurídicas, es decir, las potencias económicas le escurrieron el bulto a potenciales demandas por daños estratégicos ocasionados en las economías del Sur.

Los sectores de la aviación civil y del transporte marítimo, cerca de 10 % de las emisiones mundiales (equivalentes a las de Alemania y Corea del Sur), fueron eximidos de todo objetivo.

Uno de los grandes hitos que deja ver el desdén del capitalismo global por el tema en ciernes, es que en el acuerdo no se trató nada que tuviera que ver con la transferencia de tecnología para combatir o medir las emisiones de cada nación, es decir, los derechos de propiedad intelectual quedaron intactos así como las ganancias tras ellos.

Y volviendo una página atrás, a ese Kyoto 1997 de ingrata recordación, se le permitiría a los países más contaminantes utilizar lo que se llama "el mecanismo de compensación de carbono" que significa que en vez de dejar de emitir en casa, negocian con otros países una supuesta disminución por no deforestar o por simplemente mantener bosques intactos -animarían a grandes masas de campesinos productores de alimentos a que no siembren sino a que cuiden bosques naturales-, o no explotar las riquezas fósiles. Pura mascarada, o mejor, puro negocio capitalista.

Lo que quedó en el tintero

A sabiendas que el verdadero motor del calentamiento global es el modelo económico globalizado, financiero y productivo, que con las guerras que se llevan a efecto para expandir este - según el CIA World Factbook de 2006, sólo 35 países (de más de 195 en el mundo) consumen más petróleo por día que el Pentágono- y las grandes talas y explotaciones mineras, debió haberse nombrado en los considerandos o en la resolución del convenio, pero también pasó de agache. Las operaciones militares no pudieron ser prohibidas en el marco de las negociaciones del cambio climático, a pesar de que en 2009, según el portal Oil Change International, "la guerra emite más de un 60% del dióxido de carbono de todos los países".

El capitalismo está impedido por naturaleza a hacer cambios estratégicos en su modelo económico para evitar un caos climático planetario. Los acuerdos de París van en contravía de ponerle atención a lo que dice la ciencia, esto es, a que se dejen las dos terceras partes de los combustibles fósiles enterrados, desde ahora, para evitar mayor carga contaminante en el mundo.

Los pueblos tienen la palabra.

Álvaro Lopera especial para la Pluma, 26 de diciembre de 2015

Álvaro Lopera: Ingeniero químico. Editor de El Sirirí Insomne, Colaborador de La Pluma.

 

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