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Tinta roja en el gris del ayer…

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De cómo un tango nos hizo amar paredones y callecitas desmirriadas

El barrio tenía calles sin asfalto, casas hasta de dos pisos, había en la mitad de alguna cuadra, solares emparedados con ladrillos a la vista y era posible entonces toparse con una construcción abandonada, quizá porque el dueño se había quedado sin fondos, o quién sabe. Las casas semiempezadas daban grima y se prestaba para la murmuración. Un rito de casi todos los días, era el fútbol de la muchachada en una calle, o en varias a la vez. Algarabía de la vida recién iniciada.

Ilustración Maritoalmaraz

En las esquinas, también casi en todas, había bares con traganíquel, mesitas de metal y sillas de tijera. Y de aquellos aparatos de fosforescencias y teclados, surgían canciones diversas, pero la mayoría de los sonidos pertenecían al tango. Los escuchaban obreros y vagos, que en ocasiones eran convidados por los que sí trabajaban. Junto a las puertas del bar permanecían dos o tres bicicletas, a la espera de que sus dueños terminaran la diversión. Ellas los sabían llevar incluso con ebriedades y vacilaciones de los que pedaleaban.

De la miscelánea musical que emanaba de las luminosas pianolas, un día, no sé por qué, un tango me llamó la atención. Creo que yo estaba a la espera, recostado contra una pared y ningunos de los de la gallada aparecía. Y la voz, honda y varonil, decía: “paredón, tinta roja en el gris del ayer / sobre mi callejón / con un borrón / pintó la esquina…”. Había conexión interior con algunos de esos enunciados, sobre todo desde el inicio, porque, claro, yo era una parte de aquella pared sin revoque que, como otras del barrio, a veces algún canalla, con trazos al carbón de leña, con tiza, con crayola, escribía en ella alguna declaración amatoria, una frase de ingenio o un hijueputazo con muchas ganas.

El tango proseguía y en mi expectativa escuchaba la voz: “y el botón que, en lo ancho de la noche, / puso el filo de la ronda como un broche”…, pero no me decía mucho aquello, que tampoco era música de mi gusto, ni sus palabras eran atractivas para mis quince años, cuando lo que más me interesaba era poder conseguir-conquistar una muchacha para visitar los fines de semana, en la ventana o la puerta de su casa, y jugar al fútbol y a la guerra libertada y a todos los juegos que la imaginativa calle albergaba y creaba.

De pronto, el cuento del “botón” me quedó sonando, sobre todo porque creía que, en efecto, era uno de esos mismos que en los avisos de algunas casas advertían: “se forran botones”. El tango, que con el tiempo supe que se llamaba Tinta roja, continuaba regándose por la acera y me llegaban sus armonías inesperadas, porque, desde luego, a esa edad qué me podía decir una canción como esa: “Y aquel buzón carmín. Y aquel fondín / donde lloraba el tano / su rubio amor lejano / que mojaba con bon vin”.

Para ser sincero, lo de “buzón carmín” no me transmitía nada, y menos aún lo de fondín, que no sabía si se refería al fondo, o a una pequeña fonda, aunque con esta palabra estaba más familiarizado, porque mi abuelo, en unas de sus tenidas en su finca, nos contaba historias que sucedían en fondas de caminos. Me sonaba bien lo de bon vin, que durante no sé cuántos años creí, sin que fuera tampoco una obsesión, que se trataba de un sombrero, un bombín.

La cosa de pronto me iba poniendo en alerta, cuando el que cantaba se preguntaba con un acento doloroso: “¿Dónde estará mi arrabal? / ¿Quién se robó mi niñez? / ¿En qué rincón, luna mía, / volcás como entonces, / tu clara alegría?”, y ahí el tango canción, que me parecía subía en interés y sonoridades, alcanzaba otros vuelos: “veredas que yo pisé, / malevos que ya no son, / bajo tu cielo de raso / trasnocha un pedazo / de mi corazón”.

Ese tango sonaba casi siempre los sábados y no sé quién o quiénes eran los que insistían con sus monedas para tenerlo presente. No es que yo estuviera atado a esa esquina del bar Florida, que así se llamaba, con letras oscuras en un aviso de lata, ya desteñido, pero cada que me detenía en su acera, la Tinta roja me pintaba la piel y los sentimientos, sin que yo entendiera a profundidad su mensaje, porque, por ejemplo, lo de “vereda” para mí fue lo que es para casi todos los de por aquí: un lugar en el monte, una ruralidad, como aquella donde vivía mi abuelo. Y no (como lo aprendí después) una acera, como aquella en la que yo me paraba o me recostaba a la pared a escuchar sin querer canciones de viejos.

Lo de malevos sí me llamaba la atención, y mucho, porque por aquellos lares abundaban. Estaban, por ejemplo, Atehortúa; Jaime el bailarín; Pedro Gafas; Márquez el cuchillero; El tuerto Céspedes; Julio Quincas; que dejaron leyenda en sus sectores y en otros donde iban a imponer sus malevadas, o a buscar camorra, o a decir que habían aprendido nuevas paradas con el puñal. Lo que pasaba era que todavía lo que decía el verso no se había cumplido por allí: “malevos que ya no son”. Todavía eran.

No sé cuánto tiempo transcurrió. El barrio aquel, en el que había casas con puertas de colores fuertes, quedó atrás. Las voces, las esquinas, los entejados, todo se diluyó en el pasado, porque pasé a otros barrios, muy lejos del de la Tinta roja: “borbotón de mi sangre infeliz”. Pero, con el deshojarse de los calendarios, los tangos me abordaron, se metieron por la piel, por la razón y la emoción. Invasión de poesía y música. Y entonces ya sabía que aquel de la esquina gris del ayer, era una letra de Cátulo Castillo y una música de Sebastián Piana, y supe, de pronto, que lo había escuchado hacía años por Troilo y Fiorentino.

Después, advino Goyeneche y me partió la sensibilidad, me volvió trizas con su fraseo y ya yo sabía (además lo había saboreado) que “bon vin” era un buen vino, y que los tanos eran los napolitanos que habían llegado a Buenos Aires, aunque por extensión se les decía así a los inmigrantes italianos, los mismos que entristecieron el gotán y lloraban evocando sus rubios amores lontanos y las canzonetas.

El tiempo, tremenda variable física y metafísica, me puso a sentir más aquello de “quién se robó mi niñez”, como si en algún momento uno estuviera tras el tiempo perdido, que muchos tangos son medio proustianos, ¿o no? Y no sé por qué, a veces, sin proponérmelo, me parecía que esta declaración se parecía a un verso de Recital a la infancia, de Horacio Guarany, cuando dice: “¿quién se llevó mi niño de las manos”. Y así, Tinta roja, con sus malvones y balcones, se ganó un lugar en la educación sentimental, que tuvo su cordón umbilical en el barrio.

Ya era entendible lo del “botón” (que si hubiera dicho de una vez “tombo”, que era lo que se estilaba en las barriadas nuestras para referirnos al policía y que es, como se sabe, botón al vesre), los sentidos se hubieran despertado en aquella ancha noche de la adolescencia, o de la infancia robada. Y de ese modo, fuimos pintando el recuerdo: “yo no sé si fue el negro de mis penas / o fue el rojo de tus venas mi alegría…”.

Y los versos de Cátulo nos asediaron en la edad en que ya se tienen recordaciones y alguna tristeza por lo que no está. Así que “malevos que ya no son” me golpeó años después, cuando, en efecto, habían desaparecido aquellos puñaleros, fumadores de Lucky Strike y marihuana, que lloraban con las “melodías” (ellos denominaban así el tango) de los Seeburg y los Wurlitzer de cafetines esquineros.

Por eso, y por mucho más, cuando uno escucha aquello de “¿dónde estará mi arrabal, quién se robó mi niñez?”, puede que haya un lagrimón furtivo rodando por el abismo de la memoria, y callejones y paredones nos empiezan a narrar de los días en que uno, sin saberlo, estaba bebiendo un imaginario bon vin por un amor lejano que todavía no había llegado.


Reinaldo Spitaletta para La Pluma, 1° de diciembre de 2015

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Palabras clave:Barrio  espacio urbano  Tango  Cátulo Castillo  Sebastián Piana  Goyeneche  Troilo  poesía  música  tiempo  variable física y metafísica  Reinaldo Spitaletta  

Actualizado ( Sábado, 16 de Enero de 2016 23:49 )  

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