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La ciudad, presa entre rejas

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reinaldo-spitalettaBisDe cómo el miedo y la inseguridad cambiaron fachadas, puertas y balcones en la ciudad 

Una de las puertas del Buckingham Palace de Londres es una enorme reja, sujeta a dos pedestales o columnas con lámparas de cinco faroles encima.

Dicen que cuando el comerciante y empresario antioqueño Carlos Coriolano Amador (1835-1919) la vio, lo primero que se le ocurrió fue mandar hacer una réplica, la misma que tiempo después pondría en la entrada de su finca de recreo Miraflores, al oriente de Medellín, y que el vulgo nombró como la Puerta Inglesa.

En Medellín, donde la forja del hierro estuvo en boga sobre todo con la instauración en la segunda mitad del siglo XIX de la Escuela de Artes y Oficios, a alguna sociedad dominante le dio por enrejar el parque de Bolívar, cuyos terrenos habían sido donados por el ingeniero inglés James Tyrell Moore (1803-1881), del que partió la idea de erigir una estatua ecuestre dedicada al Libertador, y que años después fue obra del escultor italiano Giovanni Anderlini. A los que mandaban en la ciudad les entró el escozor de privatizar el parque, cuando ni siquiera por asomos nadie imaginaba que un siglo después aparecería el modelo económico y político de feriar y privatizar lo público.

Las rejas, en otros días, tal vez de menores desasosiegos, tenían una función ornamental más que de seguridad; eran más la expresión de un asunto de buen gusto y estéticas, que de vigilancias y límites. No eran disuasivas. Más que todo, toques de distinción. Así, había rejas preciosistas en ventanales, con motivos atrayentes, curvilíneos, con simetrías y ondulaciones. Ya las famosas ventanas arrodilladas, con enrejados de madera, habían pasado a la historia. El hierro era el rey de la exquisitez y el lujo.

En barrios y partes céntricas, se abrieron talleres de cerrajería, y el artesanado del hierro tuvo muchos frutos y demandas. Había balcones con rejas de calidad, y también en las escaleras, el hierro de forja lucía sus dotes. Había una cultura de lo férreo, pero no sometida al imperio de las protecciones o salvaguardas, sino como parte de estilos arquitectónicos y de construcción. Entonces, no había en casas y otros edificios, conexiones semióticas con arquitecturas carcelarias ni relaciones metafóricas con calabozos y celdas. Las rejas urbanas no estaban conectadas con las de las prisiones.

Pero los días cambiaron. Y la ciudad se pobló de problemas e inseguridades. La industrialización se vino a pique, florecieron contrabandos y carteles. Medellín, de pronto, con aceleres y agites de pueblo grande, que la villa ya era cosa de bisabuelos y otros ancestros muy lejanos, se amobló en lo urbano con ladronería y pícaros a granel. Ya el sistema que narraban los cronistas judiciales de robos en casas por el método del “descuelgue” había pasado de moda. Los asaltantes entraban por puertas y ventanas, y los apartamenteros, una modalidad delictiva que pudo haber surgido desde la década del setenta, se echaron a medrar en la urbe.

rejas

Las casas que tenían corredores y antejardines, se volvieron albergue de vagabundos, pero, además, estaban de “papaya” para los “amigos de lo ajeno”, que es un eufemismo muy extendido en Medellín para designar al vulgar ladrón. Y las rejas de emergencia comenzaron a abundar. Además de las puertas de madera, había que instalar enrejados, con dos y tres cerraduras, además de alarmas eléctricas, porque de día y de noche los pillos estaban atentos para entrar a esculcar.

Y unas de las más perjudicadas por tanta hurtadera y roberío, fueron las tiendas, en especial las de los barrios. Esos lugares de sociabilidad, de encuentros entrañables e intercambio de chismes y rumores, se tornaron atracción de rateros, y hubo desde luego que poner talanqueras. Las rejas les quitaron buena parte de los encantos de vecindario a los tenderetes. El paisaje se resintió. Y la conversa, también.

Seguro se acrecentaron los trabajos de los cerrajeros, que al final ya tampoco importaba mucho la calidad de las rejas, ni había que pensar en ornamentaciones. Todo más bien vulgarote, sin pretensiones esteticistas. Se trataba de poner obstáculos a los cacos, que les costara un poquito más su atrevimiento. Y todo se llenó de rejas, que la ciudad se fue pareciendo a una cárcel. Rejas en tiendas y otros ventorrillos, en casas y apartamentos, en consultorios y oficinas…

Los balcones perdieron su esencia. Y también se vistieron con enrejados. ¡Ah!, y como si fuera poco, ante tantas amenazas, hubo que poner en las esquinas de aquellos, puntas de lanza, flechas, salientes afilados. Y a las rejas, también se sumaron los alambrados eléctricos, que el paisaje citadino se fue pareciendo más a una trinchera, a campos de concentración. Ya eran parte del pretérito los muros rematados con fragmentos de vidrios de botellas.

En inmensos antejardines de los caserones del hermoso barrio Prado, de Medellín, he visto coberturas totales de rejas, que alteraron las antiguas formas. Ni el cielo se cuela por ellas. La ciudad-cárcel se lo tomó todo. Es como si estuviéramos (sucede en una novela de Dino Buzzatti, El desierto de los tártaros, cuya influencia se sentirá en otra de J.M. Coetzee, Esperando a los bárbaros) pendientes del asalto, y así nos intranquilizamos, se nos va el sueño, los ruidos nos alteran los nervios, aunque, a la postre, las rejas estén cumpliendo su labor de aduana y vigilancia.

“Las rejas no matan, pero sí tu maldito querer”, advierte un bolero ranchero mexicano. Pero sí matan: las rejas acabaron en la ciudad con rituales de amistad, con congregaciones y acercamientos. Con la posibilidad de detenerse a conversar. Bueno, y a la larga, tampoco intimidan a los maleantes, ni menos espantan a buscadores de neófitos religiosos y otros mercachifles. Afearon los frentes residenciales y se volvieron síntoma de una vieja enfermedad urbana: la inseguridad. Sobra decir, quizá, que las rejas tampoco disuaden a los extorsionistas, o, como se les suele llamar con más sonoridad en Medellín, a los “vacunadores”.

La Puerta Inglesa, la que distinguió la entrada de uno de los recreaderos del señor Amador, conocido también como el Burro de Oro, ya no existe. Estaba ahí, donde se inician las denominadas Mellizas, en la calle Ayacucho. Una bomba de gasolina y tal vez alguna tienda, recuerdan su nombre. Tampoco vale la pena instalar una reja como la mencionada del palacio de la Reina Isabel (y en general de los monarcas ingleses) para espantar ladrones de Medellín. En cuestión de segundos se la robarían.

Rejas del Buckingham Palace, en Londres

 Rejas del Buckingham Palace, en Londres.

Reinaldo Spitaletta para La Pluma,  17 de agosto de 2015

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Palabras clave:Colombia  Medellín  rejas  Buckingham Palace de Londres  estética  ornamental  seguridad  Reinaldo Spitaletta  

Actualizado ( Viernes, 02 de Diciembre de 2016 00:28 )  

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