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19 septiembre 2018 - 13:59
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Triptico de la infamia, una coreografía de sombras

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Juan Manuel RocaBuen pretexto el de Pablo Montoya para atraer a las páginas de su reciente novela unos jirones de un pasado del que sólo conocemos lo que a regañadientes se filtra por algunos resquicios del tiempo, y por ciertos desgarres en la vestidura de los vencedores, si pensamos con René Char que la historia es el reverso del traje de los amos.

Tres pintores, tres historias sutilmente hiladas desde una sencilla estructura, se cruzan en el magma de un nuevo mundo y en su fecundadora evocación. Y también tres ciudades que dispersan a esos aventureros de Diepa, Amiens y Lieja en un fresco cuyo epicentro, la llegada de los protestantes franceses a América, traza de manera magistal el autor.

Jacques Le Moyne, resulta más temeroso que temerario en relación a las guerras de conquista, y por tanto dado a las dudas y las reflexiones. La nueva religión del protestantismo lo había dotado de algunos subterfugios para atemperar los brotes de mala conciencia, así que prefería dibujar las arduas conflagraciones, antes que participar de manera decidida en ellas, como una especie de “voyeur” de la guerra. Preferiría atrincherarse en el taller de su maestro Tocsin, entre telescopios, relojes de arena y sueños de cartógrafo sin otro mapa más exacto que el de su vocación de pintor.

Tener como maestro a un experto en cartas de navegación ya auguraba, sin saberlo, su viaje al Nuevo Mundo. Tener como maestro al hacedor de un portulano festejado en su época, no era poca cosa en la formación del futuro cartógrafo pintor. El portulano es un mapa que posibilita el implemento de la brújula, muy socorrido en los siglos XIV y XV, pero más allá de un mundo cartesiano bullía uno nuevo para Europa. Lo que no se tenía a mano era un mapa para vadear el extravío, la pasión y la barbarie, un mapa que señalara las coordenadas de un continente febril que habría de cambiarle la visión del mundo.

Basta con leer el recuento que hace Pablo Montoya, desde su impecable prosa, del equipaje de Le Moyne con rumbo a América, para entender qué destino personal iba a tener más allá de la conquista y del litigio con los cristianos españoles: llevaba “frascos de tinta, plumas multicolores, numerosos pergaminos, cuadernos, un compás, una brújula y un astrolabio”, es decir, iba a mudar su taller de artista europeo por uno itinerante, iba más que a una guerra punitiva contra unos (la España católica) y conquistadora de otros (la nueva tierra de unos hombres “bárbaros), a ejercer su vocación.

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A todas estas, el lenguaje castigado y preciso de Montoya atrapa cada detalle sustancial para la historia en su belleza y precisión, que tal vez sean dos condiciones hermanadas que dan forma a un arte de sugestión sin artilugios ni fastos innecesarios. Nada de regodeos en el artificio, nada de caer en la tentación de una prosa de repostería que escamotea la acción y que no pocas veces se da en la llamada novela histórica. Ni para qué poner un ejemplo colombiano.

Le Moyne pinta su primer paisaje americano al desembarcar en la nueva tierra. Lo hace de último, “en medio de las mujeres y los ancianos”. Hace entonces un boceto a estribor de la nave y ya sabe que en adelante lo asaltará sin duda la vocación del color y la luz.

Otra aguda observación que hace Montoya, como al desgaire, tiene que ver con el cambio de mirada del artista: “hubo algo que lo atrapó. Era el color que palpitaba en esos cuerpos” aborígenes. Le Moyne tendría entonces que aprender a pintar pieles cobrizas y no las pieles blanquecinas de sus lares paternos. Tendría, como mucho tiempo después lo haría Paul Gauguin, que ampliar su paleta y que olvidarse, por lo pronto, de las flores de lis y acostumbrarse un tanto al asombro de las bromelias. Oiría el recuento de anteriores expediciones como si se tratara de una coreografía de fantasmas.

También lo asombraría “la obra itinerante” en los cuerpos pintados de los indios, muy seguramente en un principio sin considerar sus diseños mágicos, sus intrincadas geometrías de orden chamánico, la sencillez casi abstracta de sus figuras zoomorfas. La piel le resultaba “un cuadro, único y cambiante, del cual se desprendía una lección que el aventurero de Diepa sólo podía ubicar en la palabra belleza”.

Le Moyne aprende entoces a usar los aceites propios para pintar la piel, en un bello mestizaje de saberes que incluía pigmentos de escarabajos, de grasa de tortuga, de hongos “subrepticios”, y que no pocas veces debían ser humedecidos con saliva. Ah, de seguro le llegaba el recuerdo de su maestro Tocsin, que sabía muy bien que todo mapa es metáfora y, sobre todo, metáfora del poder, de reinos y jerarquías.

Le Moyne, de todos los viajeros de la expedición francesa, y uno de los sobrevivientes, “era quien mejor se relacionaba con el mundo de los salvajes, con sus representaciones y su nutrida geometría, con la idea de que para ellos es una actividad celebratoria”. El colofón de esas reflexiones del pintor de Diepa es que ellos, los aborígenes, son los verdaderamente civilizados. Lo mismo lo asombra el conocimiento que tenían todos de las plantas, capaces de ser cada uno su propio curandero, su propio y “eficaz Esculapio”.

La primera vez que la piel de Le Moyne fue pintada, sintió que “por fin” él mismo era una pintura. En medio de todos estos encuentros, el choque, la violencia, los vientres abiertos y los intestinos enarbolados “como una bandera en una pica”. Él había venido a América sabiendo de la crudeza de la conquista. “Había venido a América para pintar y no para enturbiar sus días con la sangre de los otros”.

Resulta muy bella, con reminiscencias de su maestro Marcel Schwob, el segundo molólogo de “Tríptico de la infamia”. El pintor Francois Dubois, nacido en Amiens en 1529, es un hombre acongojado o postergado por la dimensión de sus fantasmas, al haber por mucho tiempo sido abandonado por la pulsión de la pintura. Entra las lecturas vitalistas y carnavalescas de Rabelais, que además juzgaba el suyo un mundo de luz, y la de Erasmo que veía casi de manera privativa las tinieblas, como lo señala Montoya, Dubois había hecho un tránsito lógico y feroz entre la desconfianza y la hipocondría.

Acá la novela toma otros rumbos, otros nuevos y maravillosos aires: reflexiones sobre las naturalezas muertas en el recuerdo de la sala de costura de la madre de Dubois, historias de los felinicidios de un París que aborrecía a los gatos, las huellas de nadie y sus inicios como pintor de seres bizarros, de niños de hospicio contrahechos. Una sucesión de imágenes y observaciones variopintas descansa y a la vez da una vuelta de tuerca a la historia. Observaciones sobre la técnica del óleo sobre madera, de la ventana que le abrió a Dubois el alegórico Botticelli, de la práctica de algunos feligreses de su religión que echaban hostias a los perros y excrementos en las pilas bautismales. Todo un prontuario que oscila entre la sofisticación y la infamia.

En medio de la historia azarosa de los pintores, Montoya, que concoce tanto de pintura y de música, músico el mismo, nos sorprende con descripciones que tiene el buen tino de no rodearlas de pedanterías críticas ni de explicaciones técnicas, cuando señala algunos cuadros. Bellas son sus descripciones de “La virgen con el niño” de Jean Fouquet o de “El matrimonio Arnolfini”. Me hace pensar que Jan van Eyck, delatado por el espejo en la habitación del matrimonio quizá quizo decirnos que sólo somos un reflejo, que existimos porque alguien nos mira.

Una mujer, lánguida y seductora atraviesa las historias, los tres magníficos episodios de “Tríptico de la infamia”. Ysabeu, oriunda como Le Moyne de Diepa, una suerte de musa blanca siempre joven en el recuerdo y en la lejanía americana. Ella resulta parte afectiva entre el amor irrelizado del primer protagonista al que en el París desdeñoso se le llama “pintor de indios”, y el eros provocado en el segundo, que bien lo describe a propósito de su unión con Dubois. Pocas veces en la literatura colombiana tanta belleza y sutileza y despojo de atavíos retóricos para describir un episodio erótico. El único atavío es el de la desnudez del otro como vestido. Mal le va a nuestros narradores cuando hacen literatura erótica, así que quiero al paso señalar otra virtud de Montoya.

Theodore De Bry es el pesonaje central del tercer capítulo, pero lo son también, de nuevo, la pintura y el grabado. Nacido en 1528, De Bry es un hombre ezmirriado y enanoide, con ojos de azor y nariz de garfio, que sabía oler y palpar dónde mora la gran pintura. Orfebre, quizá no supiera por no haber llegado a América, que los pueblos originarios de estos pagos llamaban al oro “sudor del sol”, pero que había leído en Montaigne que estos hombres del Nuevo Mundo (“nuevo” para ellos), apreciaban “otras formas de existencia”.

De Bry vivió en los linderos más vagos de América, esto es en un imaginario que también tenía que ver con las peripecias de Le Moyne. Fue precisamente impactado por “Melancolía”, el grabado inquietante de Durero, por ese cuadro que parece dictado por la siesta de los sentidos, agotados quizá por una cansada sed de vivir. Y no es gratuito que sea Durero, precisamente Durero, quien lo sedujera de manera obsesiva, alguien que no ocultaba su interés en América.

Todo este tercer y final capítulo de la novela, que ocurre en Europa, le sirve al autor para pasar de manera leve, jamás forzada, del pequeño ensayo a la historia. Como lo afirma el poeta y ensayista mexicano Marco Antonio Campos, “Montoya conjunta espléndidamente en la escritura la imaginación del narrador y el poeta con la lucidez del ensayista”. Es esta una novela que en realidad se nutre de la poesía, del rigor en el lenguaje, en una prosa de fino oído, como pocas en nuestro medio.

Creo que con Bomarzo, la novela de Manuel Mujica Laínez, que toca el renacimiento italiano y la figura teratológica de Francesco Orsini, con “La tejedora de coronas” y su protagonista extraordinaria Genoveva Alcocer, otra gran aventurera, una historia enmarcada en el siglo XVIII, la novela de nuestro Germán Espinosa y por supuesto con   “Maluco”, del uruguayo Napolén Baccino Ponce de León, una historia singular que cuenta el viaje de Magallanes en el XVI visto por un bufón de la corte embarcado en la flota, una novela anti-maniquea y llena de humor, la de Pablo Montoya conforma un cuarteto inolvidable.

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Juan Manuel Roca para La Pluma, Bogotá, 8 de junio de 2015.

Juan  Manuel Roca (Medellín, 1946). Poeta, periodista, ensayista. Coordina, desde hace 17 años, uno de los talleres de poesía que ofrece la Casa Silva. En 1997 la Universidad del Valle le otorgó el título Honoris Causa en Literatura. Ha obtenido varios premios nacionales de poesía (Premio Eduardo Cote Lamus y Universidad de Antioquia); de periodismo (Premio Simón Bolívar) y de cuento (Universidad de Antioquia). Dirige el periódico cultural La sangrada escritura. Ha realizado libros en compañía de artistas plásticos como Augusto Rendón, Antonio Samudio, Fabián Rendón, José Antonio Suárez, Darío Villegas y Patricia Durán. Libros publicados: Memoria del agua (1973); Luna de ciegos (1975); Los ladrones nocturnos (1977); Señal de cuervos (1979); Fabulario real (1980); Antología poética (1983); País secreto (1987); Ciudadano de la noche (1989); Luna de ciegos -antología- (1990); Pavana con el diablo (1990); Prosa reunida (1993), Lugar de apariciones (2000); Los cinco entierros de Pessoa (2001) y Arenga del que sueña (2002), Cartografía memoria (ensayos en torno a la poesía) (2003), Esa maldita costumbre de morir (novela) (2003). Acaba de recibir el Premio Nacional de Poesía 2004 del Ministerio de Cultura.

Colaborador de La Pluma.net.


Textos y poemas de Juan Manuel Roca Publicados en La Pluma:

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Palabras clave:Pablo Montoya  Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos  narrativa colombiana  Triptico de la Infamia  Juan Manuel Roca  

Actualizado ( Martes, 23 de Junio de 2015 20:05 )  

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