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22 septiembre 2018 - 05:10
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Cuando se utiliza a los desempleados para votar la austeridad

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Mientras el desempleo alcanza cifras récord en Europa de más del 12%, en una extensa entrevista para el diario belga De Standaard, Bart de Wever, líder del partido Nueva Alianza Flamenca, declaraba que la oposición entre capital y trabajo ya no es pertinente porque la nueva línea de demarcación se sitúa entre los productivos y los no productivos. En su opinión, «el Estado es un monstruo que inspira y luego expira el dinero. ¿Quién aporta el dinero? Los que crean valor añadido. ¿Quién consume ese dinero? Los no productivos, tan importantes electoralmente que se perpetúa esta política».

En Francia, el diputado de extrema derecha Jacques Bompard depositó un proyecto de ley para transformar al desempleado indemnizado en un trabajador gratuito. Esta idea, lejos de ser nueva, ya estaba en el programa de Nicolas Sarkozy en 2007, proponiendo que los « beneficiarios de un mínimo social realizaran una actividad de interés general para incitarlos a aceptar un empleo, en vez de vivir de la asistencia estatal  ». En Inglaterra, para justificar una nueva reforma del sistema de ayudas sociales que persigue limitar el monto de las prestaciones por desempleo, David Cameron declaraba que actualmente este sistema « se ha convertido en el estilo de vida elegido por algunos  » [1].Se supone que los cambios defendidos por estos políticos son para restablecer « la justicia» de un sistema que castiga al que «trabaja duro » y recompensa a los que gozan de la «dependencia». Este discurso se ha convertido en hegemónico y representa una tendencia general en el continente donde se ha transformado en un lugar común para exaltar a «los que se levantan temprano» frente a «los asistidos», a los «productivos» frente a «los improductivos», y todo para legitimar mejor las reformas de austeridad y el crecimiento de la desigualdad.  

Esta idea nos remite hoy al «modelo alemán», que promueve particularmente los famosos trabajos de interés general, que se pagan a 1 euro la hora para poder recibir la ayuda social. El interés en este modelo, desarrollado bajo el Gobierno de Schroeder entre 2003-2005, reside precisamente en el hecho de que se concentra su acción en una restructuración profunda del sistema de desempleo y la asistencia social  vinculada a unas reformas muy radicales en materia de empleo: las reformas Hartz. Esta reconfiguración de las ayudas estatales alemanas se pone, pues, al servicio de la reforma del mercado laboral, que puede obligar a los desempleados a aceptar un empleo incluso cuando el salario que percibirán es inferior a la prestación por desempleo, lo que ha hecho aumentar las cifras de los famosos “working poors”. Lejos de ceñirse a una política de moderación salarial, el modelo alemán tiene como principal característica el haber concentrado su acción en los « excedentes» (desempleados, pobres, precarios) y no en los asalariados « estables ». Pero ha provocado una profunda desestabilización del conjunto del mercado laboral y ello sin haberse enfrentado directamente a los sectores de asalariados más combativos y con más afiliados a los sindicatos. Este tipo de reformas no se circunscriben solo a Alemania, sino que parecen generalizarse en Europa. Sin embargo, la cuestión que se plantea con insistencia es cómo se explica la relativa pasividad con la que han reaccionado a esta reforma los sindicatos y los movimientos obreros de estos países. En Bélgica, la reforma para la reducción progresiva de las prestaciones por desempleo solo ha movilizado a sectores minoritarios de trabajadores; en Alemania, las reformas Hartz, muy radicales, han sido ampliamente secundadas por estos. ¿Cómo se explica una movilización tan débil de las facciones «activas» de los trabajadores cuando se trata de problemas que afectan a los « inactivos »?  

Para comprender este problema, es necesario considerar la dualidad que se ha producido entre los trabajadores «activos» y los « inactivos » como consecuencia del aumento del desempleo desde los años 70. Esta evolución ha modificado profundamente lo que constituía la visión popular del mundo: la división «ellos» (los empresarios)/ «nosotros» (los obreros), tan bien estudiada por Richard Hoggart. Enraizada en la experiencia cotidiana del mundo obrero, esta visión permitía, antes que cualquier práctica política, la solidaridad cultural de las clases populares que daba pie a la eficacia del discurso político de la izquierda [2]. La desestructuración de esos entornos populares ha desestabilizado considerablemente esa solidaridad al añadir un «ellos» por debajo del «nosotros». Una parte de las clases populares tiene, así, el sentimiento de que los «ellos» de arriba no hacen nada contra los abusos a los «ellos» de abajo. En su estudio sobre el mundo obrero, Oliver Schwartz escribió que «tenemos aquí un tipo de conciencia popular que (…) se vuelve a la vez contra los de arriba y contra los de abajo» [3]. Esta estructura se corresponde parcialmente con el nuevo perfil del que quiere dotarse el Frente Nacional [partido francés de extrema derecha, ndlt] para conquistar el voto de las clases populares. De esta forma, parece oponerse al «sistema», a sus «élites» y al «dinero rey», atacando al mismo tiempo a ese otro «ellos» formado por los desempleados, los inmigrantes o los sin papeles que nutren las filas del «asistencialismo» [4]. Esta separación, sin embargo, no debe ocultarnos que la lógica política que debería defender la izquierda no es precisamente la que refuerza esta dinámica, sino, por el contrario, la que la supera. Y esto, tanto en el plano teórico como en el práctico

En el plano teórico, supone romper con esta tendencia que ha sustituido a la problemática de la «exclusión», en el centro de la cuestión obrera desde la posguerra. De hecho, si bien esta problemática se articula de manera diferente según qué país, la cuestión de los “excedentes” en todas sus variantes (desempleados, pobres, precarios, marginados, inmigrantes…) va a ocupar con seguridad el debate público y científico en las próximas décadas. Como señaló Xavier Vigna, asistimos a un desplazamiento del «enfoque del mundo del trabajo hacia la exclusión, los pobres o el desempleo» [5] que, paradójicamente, ha contribuido a forjar esa dualidad por el modo en que se han abordado públicamente estos problemas. Alejada del empleo, la categoría de « desempleados », «pobres», «precarios» ya no remite a la noción de explotación propia de los informes económicos, sino cada vez más a formas de dominación, a situaciones de privación relativa en términos monetarios, sociales o sicológicos.

 

Foto: “¡Este es nuestro modelo alemán!” (Comité NO A LA DEUDA Nápoles) 

A este respecto, resulta interesante apuntar cómo Marx planteaba este problema en su época. Al considerar que «el concepto de obrero libre implica que el obrero es pauper: virtualmente un indigente»  [6], concebía la noción de pobreza como «latente en la de trabajo asalariado». Lo es virtualmente, porque es el fruto contradictorio de un mismo y único desarrollo, el que establece «una correlación fatal entre la acumulación del capital y la acumulación de la miseria». Fredric Jameson señalaba, además, que debemos partir de la estructura del modo de producción y, por tanto, de la estructura de la explotación, y no de sus formas inmediatas o aparentes. La dominación, incluso la exclusión, son para él no solo «el resultado de esta estructura, sino también la manera en la que se reproduce» [7] y no a la inversa. De este modo, nos incita a «pensar en el desempleo como en una categoría de la explotación» [8] y no solo como un estatus «precario» o una situación separada de la explotación de los asalariados.

En el plano práctico, es necesario constatar que las organizaciones de defensa de desempleados y pobres abordan a menudo estos problemas desligándolos del mundo del trabajo. Sin embargo, esta separación es precisamente lo que más conviene para realizar reformas profundas en relación a los « excedentes», evitando al mismo tiempo una fuerte contestación social. La falta de interés –incluso opiniones a veces conservadoras en la clase obrera– con respecto a los «asistidos» se ha convertido en uno de los mayores retos para los movimientos sociales de los próximos años contra las políticas de austeridad. La capacidad que tengan las organizaciones políticas y sindicales para sensibilizar y vincular los problemas de los « excedentes», con los de la clase obrera «estable» determinará en gran parte el éxito o no de las luchas venideras. Desde los inicios de la industrialización, Marx señalaba que una etapa decisiva en el desarrollo de la lucha social radica particularmente en el momento en que los trabajadores «descubren que la intensidad de la competencia que se hacen unos a otros depende por completo de la presión ejercida por los excedentes»,  para unirse con el fin de « organizar el acuerdo y la acción común entre los ocupados y los no ocupados» [9].

Notas

[1] http://www.lesoir.be/221184/article/actualite/monde/2013-04-07/david-cameron-vivre-des-aides-sociales-est-un-choix-vie
[2] Leer a este respecto a Robert Castel, La montée des incertitudes, Seuil, Paris, 2009, p. 370-371
[3] Olivier Schartz, Le monde privé des ouvriers, PUF, Paris, 2002, p. 56
[4] Marine Le Pen, Pour que vive la France, Grancher, Paris, 2012, pp.18
[5] Xavier Vigna, Histoire des ouvriers en France au XXe siècle, Perrin, Paris, 2012, p. 282
[6] Karl Marx, Œuvres. Economie II, La Pléiade, Gallimard, Paris, 1968, p. 255
[7] Fredric Jameson, Representing capital, Verso, London, 2011, p. 150
[8] Ibid, p. 151
[9] Karl Marx, Œuvres. Economie I, La Pléiade, Gallimard, Paris, 1965, p.1157

Daniel Zamora

Original: Quand on utilise les chômeurs pour voter l’austérité

Traducido por  María José Hernández Guerrero

Editado por  María Piedad Ossaba

Fuente : Tlaxcala, 11 de agosto de 2013

Traducciones disponibles: Italiano 

Palabras clave:Austeridad  Europa  Unión Europea  Sarkozy  Cameron  Trabajo  Desempleo  Modelo alemán  Alemania  Bélgica  Empleo  Marx  Daniel Zamora  

Actualizado ( Viernes, 16 de Agosto de 2013 00:47 )  

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