Introducción
El propósito de vincular los conceptos de historia y de memoria (individual o colectiva) a veces asociándolos, otras oponiendo el uno al otro, ha sido un leiv motif persistente a lo largo del tiempo.
Como el relato histórico, no puede dejar de ser un hecho presente, establecido en el hic et nunc. “el aquí y ahora” – si acordamos con Hegel y con Collingwood – resulta hasta inevitable que, de manera recurrente, aparezcan nuevos esfuerzos por considerar el lugar que ocupa la memoria – que también se produce, aunque de modo diferente, en el “aquí y ahora” – en la elaboración de la historia.
Esa indagación acerca de la memoria, cobró desde hace unas tres décadas un nuevo vigor, especialmente a partir de los inicios de la globalización, la inquietud por la transculturización que ella implica y, sobre todo, la necesidad de redefinir en qué reposa la “identidad” de los pueblos y las naciones, cuando esta identidad parece desdibujarse y hasta perderse en las dinámicas sociales, económicas y transculturales propuestas por el proceso globalizador.
En una muy breve definición la historia aparece como una reconstrucción documentada de los hechos del pasado. Una narración, un relato, que ofrece la particularidad de estar sujeto y de algún modo, limitado, a las pruebas documentales que subsistan en el presente. Por el contrario, el relato histórico presenta la inmensa libertad, para su autor, de no haber tenido que estar, él mismo, presente en esos hechos relatados. El historiador puede, siempre sujetándose a la documentación disponible y a su instrumental crítico y científico, reconstruir, por ejemplo, las guerras napoleónicas, el gobierno de Ramsés II, la revolución de los Comuneros en Santander, sin la necesidad, evidentemente, de haber tenido que vivir esos sucesos. Aunque en esos hechos hubiesen participado millones de personas, la reconstrucción histórica es una obra puntual y presente, de un individuo o un grupo de individuos.
En tanto que la memoria, no ofrece esta misma libertad, pues no podemos propiamente “recordar” – etimológicamente significa “volver a hacer pasar por nuestro corazón” – si no aquello que, de alguna manera, hemos vivido. Cierto es que la memoria, a diferencia de la historia, no necesita documentos (¿qué mejor documento que haber vivido o presenciado algo?). Ella misma, la memoria de cada uno de nosotros, es, de por sí, un testimonio y un documento, de los sucesos que nos ha tocado vivir. Por supuesto que la memoria puede fallar. Puede crear “mitos”, adulterar a veces los hechos, olvidar algunos aspectos de la realidad, agregar otros. El escritor irlandés, Oscar Wilde, sostenía que los escritores que escribían las memorias de su vida, lo hacían porque ya habían perdido por completo la memoria.
Pero igualmente parece injusto oponer, como lo hace Pierre Nora, en su libro “Los lugares de la memoria”, la historia a la memoria. Ambas se complementan y corrigen. Ambas pueden fallar, pues son falibles como toda producción humana y ambas pueden estar sujetas a manipulaciones políticas, sobre todo cuando se trata de los procesos de memoria individuales y no cotejados a las memorias sociales o colectivas.
Cuando los testimonios de la memoria son muchos, las vivencias se agrupan y se corroboran a sí mismas. La memoria social o colectiva es el mejor fiscal que puede tener la historia oficial, cuando ésta pasa por alto o distorsiona cosas que ocurrieron, y realidades que pueden ser enojosas para algún interés del mundo político.
Podría parecer hasta obvio tratar de demostrar que nuestra identidad personal y también social o colectiva, no se pueden formar sino a partir de nuestras vivencias individuales y comunes, entonces, de nuestra memoria. Si fuésemos individuos o pueblos sin memoria, careceríamos de cualquier tipo de identidad, pues cada objeto o persona, cada paisaje, cada suceso evocador del pasado, carecería para nosotros de cualquier significado. Por eso la memoria necesita – y nuestra identidad también – encontrar puntos de apoyo y referentes, que nos identifiquen. La memoria se “territorializa” y forma así espacios de identificación, “lugares” – como les llama Nora – sin los cuales nuestras identidades se desestructuran, se desarraigan.
Es por ello que el tercer elemento de nuestro tema: los Territorios, la noción de “territorialidad” y su significado en la conformación de las identidades individuales y colectivas, es el que más me atrae y que el pretendo profundizar en esta conferencia.
En el “hic et nunc” de Colombia, cuando se habla y también se desmiente, de políticas de “reparación”, de ayudas a los desplazados de sus territorios, de “agro-ingresos” que terminan agravando aún más la situación de decenas de miles de familias colombianas, verdaderas habitantes de los territorios de la nada, me parece comprender que el tema territorial resulta ser un tema medular y de extraordinaria importancia para el presente y futuro de la sociedad colombiana.
Pero también en términos históricos – desde los tiempos de la colonización española hasta la más inmediata actualidad – las dinámicas de ocupación territorial y sus características particulares, se encuentran en la base de fenómenos que nos afectan de manera continua, verbigracia: las guerras locales y regionales recurrentes (se han contabilizado unos 85 conflictos, que abarquen más de una región, desde la independencia hasta ahora), las masivas migraciones internas incuantificables y los desplazamientos forzados – según la denominación actual – y, por supuesto, el fenómeno de concentración territorial y el que perpetúa, como corolario rutinario, la mentada dinámica de ocupación y concentración territorial en poder de élites.
La identidad se resiente y debilita cuando el sentido de pertenencia y de territorialidad se pierden en el olvido. El des-plazamiento, conlleva a la des-memoria. Por ello, tal vez, un autor como Gabriel García Márquez, hizo adolecer a los habitantes de su inventiva Macondo, de una enfermedad de la que preferimos olvidarnos: una “epidemia de amnesia”.
Pero ¿qué son los territorios?
En principio deberíamos deshacernos rápidamente de la idea de que los territorios, en la historia y en la memoria, son “un pedazo de tierra”, aunque etimológicamente sólo eso representen. Los territorios y la territorialidad: son mucho más que un espacio físico de tierra.
Junto a la población, el territorio es uno de los componentes esenciales en la conformación del Estado nacional. Se le comprende, inicialmente, como medio de producción pues la tierra, ante todo, debe cumplir una función social que es la de proveer medios de vida a los habitantes de ese Estado. Se encuentra conformado por unidades físicas y un conjunto de habitantes que establecen determinadas relaciones sociales entre ellos. Los espacios físicos y sus habitantes conforman una unidad de integración, a la vez económica, política, social, cultural y psico-afectiva, una comunidad, que está sujeta a transformaciones en el tiempo y el tipo de relaciones sociales que dominen cada región.
A la territorialidad – como concepto - se le reconoce un primer sentido que es el de representar la identidad espacial de las comunidades. El sentido de pertenencia a un espacio determinado, que en esa unidad de integración, complementa la pertenencia de la tierra, de manera exclusiva, a los miembros de la comunidad humana que la habita. Por su sentido cultural y psico-afectivo, los seres humanos pertenecen a la tierra de donde son oriundos, tanto como la tierra les pertenece a ellos, pues de una integración hablamos.
Cuando por factores que vamos a examinar – pero que siempre tienen que ver con el poder que representa la posesión territorial - se producen transformaciones drásticas y que implican el desmembramiento de esa comunidad humana-territorial, también se destruye el sentido primero de la territorialidad, la identidad. De ese modo, cuando estos factores son una constante y se transforman en un fenómeno masivo, podemos considerar que dos de los componentes fundamentales del estado nacional: la población y el territorio, resultan severamente perturbados en su comunión más íntima.
En Colombia, según un exhaustivo estudio realizado por el Cinep y retomado en la obra de compilación de Renán Silva “Territorios, regiones y sociedades”, la dinámica histórica de la ocupación territorial, explicaría la persistencia de los conflictos en el territorio nacional, en escenarios siempre similares. Podemos comprender que el impacto de la conquista española, no fue el mismo en todo el espacio territorial.
Los españoles lograron imponer el poder estatal de la corona sólo en algunas regiones (en particular, aquellas controladas ya por los chibchas y muiscas) pero dejando fuera de su control e influencia extensas zonas del país. El Estado así creado, aunque formalmente cubriese todo el territorio virreinal, en los hechos conformó un estado de cobertura no-homogénea, sino heterogénea, quedando muchas regiones como “periféricas” del Estado, una situación que aún hoy, en el bicentenario de la independencia, no hemos logrado resolver.
A estas zonas, a las que se denomina “espacios vacíos” (y no porque allí no viviese nadie, sino porque no había presencia estatal) se les adjudica las siguientes características: aparte de estar fuera del alcance de los servicios estatales, son zonas de “frontera agrícola” (hasta allí llegó la colonización), serán más tarde – cuando aumente fuertemente el crecimiento demográfico y se dé el “mestizaje” de la población colombiana – el lugar de evasión tanto de esclavos libertos, como de población mestiza y que no hallaba un lugar en la cerrada sociedad de castas colonial. Muchos pueblos, “palenqueras”, “pueblos revueltos”, como les llamaban los españoles, fueron fundados no por los colonizadores españoles, sino por la propia gente “desplazada” de entonces – por una u otra razón – de los límites del control español.
Muchos pueblos fueron fundados así en Colombia. En esos sitios, esos pueblos revueltos, existía una “población disponible”, vale decir, capaz de ofrecer tropas, por adhesión, por obligación, bajo amenaza, o como medio de subsistencia, a los ensayos de rebelión contra el poder colonial. La Revolución de los Comuneros, los tendrá como epicentro de su revuelta, también la guerra de independencia y, más curioso aún – ya en pleno período republicano – las múltiples guerras civiles que jalonaron todo el siglo XIX, la guerra de los mil días – en el umbral del siglo XX – e incluso durante la Violencia de los años 40 y 50, estos territorios y sus poblaciones “disponibles”, fueron actores centrales de los conflictos.
Como todos los conflictos, según el estudio, comenzaban como una lucha por “grandes ideales” pero, en el desgaste bélico, culminaban siendo combates en muchos casos “vereda a vereda” por la pura y simple conquista territorial. Los métodos de guerra civil – con sus cuotas de terror y de muerte, cuando no de genocidio – se transformaron en métodos válidos, en ese panorama, de apropiación y concentración territorial. ¿Y la población despojada de sus territorios qué podía hacer en cada caso? Pues ubicar nuevos “espacios vacíos” dentro del territorio del país, ampliando aún más las fronteras agrícolas interiores de Colombia.
Sobre todo desde mediados de los años 80 del siglo pasado, la situación del desplazamiento poblacional de los territorios originarios se ha agravado. La saturación de las grandes ciudades y de las cabeceras municipales de barrios de invasión, responde a ese agravamiento y, aún más, como lo demuestran los resultados de los censos, desde 1993, la migración campo-campo (es decir desde zonas campesinas tradicionales a zonas de colonización reciente o de frontera agrícola) pasó a ser más importante que la tradicional migración campo-ciudad. La ampliación de la frontera agrícola en la región amazónica, en el Putumayo, el Guaviare, Caquetá, Vaupés, Vichada, pone en juego la subsistencia y sostenibilidad de varios de los ecosistemas más ricos de Colombia y acaso a nivel planetario.
Por eso decíamos, para nuestra memoria y también nuestra historia, que el tema de la posesión territorial se encuentra en la base de muchos conflictos y desequilibrios de la sociedad colombiana, en particular de la recurrencia a la violencia y el aumento de la desigualdad y la pobreza.
Varios intentos, a lo largo de la historia colombiana, se han presentado para modificar, a través de actos legislativos, esta grave situación del despojo territorial. El primero de ellos se produjo luego de la Gran Depresión, cuando muchos campesinos perdieron todos sus haberes, mediante la Ley 200 de 1936, de Reforma Agraria. La Ley 135 de 1961 de Reforma Social Agraria, modificada por las leyes 1 de 1968, 4 de 1973 y 30 de 1988, tratará también de encontrar un paliativo mediante la conformación del INCORA. Ambos intentos no tuvieron la profundidad necesaria como para transformar la dinámica de ocupación territorial heredada del pasado ni la progresiva concentración territorial que se registraba, ya por entonces, en varias regiones del país.
La constitución de 1991 convalidará nuevos principios como resolución del ya problema territorial. Mientras la reforma agraria se ataca al tema de la propiedad del territorio y pone en tela de juicio la existencia de propiedades latifundistas y de grandes terratenientes, los principios del Ordenamiento Territorial, plantean no el tema de la propiedad en sí misma, ni aún de la concentración de los territorios bajo la propiedad de pocas familias, sino que plantea el tema de la “función social” de la tierra, sin importar quién sea el propietario. Los actos legislativos que, de manera limitada aún, formulan el ordenamiento territorial, son la Ley 388 de 1997, de reforma urbana – sólo afectando los distritos urbanos – y luego modificada, en un sentido restrictivo, por la ley 507 de 1999. Luego, el intento de ley orgánica de Ordenamiento Territorial, como el de 2003, no logra responder, de manera efectiva, a las necesidades de territorios y de territorialidad que se presentan en nuestra sociedad.
El despojo territorial y sus implicaciones sociales
Los conflictos agrarios, centrados en la tenencia territorial, han matizado muchos períodos de la historia colombiana. Durante el siglo XIX, el Estado, por ejemplo, vendió y otorgó tierras supuestamente baldías –espacios vacíos – a familias inversionistas bogotanas – en regiones donde ya existían dueños de hecho, mestizos, indios, mulatos, blancos pobres, colonos todos. Es el origen de algunas grandes haciendas del Sumapaz. Una sola familia llegó a poseer, por este medio político-burocrático, más de 600.000 hectáreas, un verdadero país, bajo su propiedad y poder. Los orígenes de la popularidad de un joven abogado, a finales de los años 20, fueron por haber litigado a favor de los derechos de propiedad de los pequeños campesinos contra las grandes haciendas latifundistas. Su nombre era Jorge Eliécer Gaitán.
Las actuaciones más recientes del Estado colombiano, al menos en lo que hace a este primer decenio del siglo XXI, no difieren, sino por sus métodos más refinados e inapelables, con las políticas implementadas durante el siglo XIX y comienzos del XX. No sólo no se plantea un proceso de reparación de las víctimas del despojo territorial, sino que el Estado ha asumido acciones positivas, a través de los ministerios de gobierno, que agudizan aún más las condiciones de des-territorialización y de desamparo de los desplazados internos en el país. Hace apenas unos días un alto magistrado estimó en un 11,1 el porcentaje de la población considerada como “desplazada” en Colombia. Cerca de cuatro millones y medio de personas, viviendo los avatares del desarraigo y la pobreza extrema.
Las implicaciones sociales de la expropiación de territorios y las consiguientes mareas migratorias que producen, afectan al conjunto de la sociedad, pues, como lo expresa Ana Carolina Ramírez, en su trabajo “Desplazamiento interno forzoso en Colombia. Producción académica y política pública.”:
“El desplazamiento fractura el tejido social, genera cambios en la estructura social y productiva del país, fragmenta el territorio, cambia los conceptos de ruralidad y ciudadanía, atomiza a las comunidades y crea un nuevo tipo de individuos que luchan por su supervivencia particular, sin ser incluidos en los proyectos de nación”
Vale decir, el desplazamiento – de la magnitud con que lo vive Colombia en estos momentos – no sólo recrea y amplia el grueso sector del marginamiento social, la ya gran desigualdad existente, sino que además reproduce una enorme cantidad de personas, de población disponible, para cualquier alternativa de supervivencia a la que puedan acceder, en la medida que el Estado no asuma políticas de reparación o al menos de inclusión de estos sectores actualmente marginados.
Territorios, memoria e historia
La pérdida del sentido de territorialidad, de pertenencia y de identidad que entraña la situación del des-tierro y el desplazamiento, quedan apenas insinuadas en las palabras que acabo de pronunciar. Sería una ingente tarea que escapa a las capacidades de cualquier individuo, restituir en todos sus detalles y alcances, el impacto que la pérdida de territorios para una importante porción de familias colombianas, puede tener sobre el presente y futuro de la sociedad.
Jorge Luis Borges, en su cuento “Funes el memorioso” sostiene que recordar realmente todo, absolutamente todo con todos sus detalles, lo ocurrido en un día del pasado, es labor que requiere de todo un día. De igual modo nosotros podríamos decir que para restituir la magnitud del drama del desplazamiento forzoso, deberíamos ser no un individuo o un grupo, sino tantas conciencias y memorias, como víctimas existen de este flagelo deliberado. Flagelo producido por la guerra, y también por el mercantilismo descarnado del neoliberalismo y la codicia humana.
Los invito, entonces, a formular preguntas, comentarios o críticas.
Alberto Ruano
Conferencia dictada el día 4 de septiembre de 2010 en el Archivo Distrital de Bogotá, en el marco del diplomado “Elementos para la reconstrucción de la memoria. Poder, conflicto, territorio e identidad”
*Alberto Ruano, nacido en Buenos Aires Argentina (1955) reside en Colombia. Sociólogo y Magister en Análisis de problemas políticos, económicos e internacionales contemporáneos, de la universidad Externado de Colombia y del IHEAL de Paris. Es escritor y docente universitario
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