El mismo año en que el atropello contra el pueblo palestino se consumó con la partición de su patria y las innumerables masacres cometidas por el recién inaugurado estado sionista, nació la famosa Declaración Universal de los Derechos Humanos. Érase un 10 de diciembre de 1948.
Un poco de historia
Ese mismo año fue asesinado el candidato a la presidencia de Colombia, el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán. La mano negra de la CIA hizo su aparición en asocio con los medios de desinformación. También fue el año del Bogotazo, con sus innumerables muertos, desaparecidos y desplazados internos. A ello se sumó el inicio desembozado de esa oscura época denominada la violencia, la cual en su primer lustró arrasó con más de 300.000 colombianos, todos o casi todos pertenecientes a las toldas del pueblo.
Era pues la forma como la oligarquía colombiana promovía esa flamante declaración universal. Desde entonces hasta nuestros días, el dolor en casi todos los hogares colombianos de origen humilde, es reconocible. La larga lista de presos, desaparecidos, refugiados y asesinados dan cuenta de más de sesenta años de sufrimiento imparable, inagotable, como si este fuera un faro que ilumina el estilo de gobierno que llegó para instalarse perennemente.
Si nos remontamos a la época en donde no existía esa declaración así como el derecho internacional humanitario, o sea aquella que va desde el año 1830 hasta 1948, se puede asegurar que el mismo nivel de tropelías se mantuvo como estilo de gobierno, como manera de llevar a efecto una visión política que nunca gozó del apoyo pleno del pueblo. La forma como se organizó el Estado después de la muerte del Libertador, respondía a intereses regionales, caudillescos y poco nacionales; de allí, las innumerables guerras civiles del siglo XIX.
Nada pues nos aseguraba, que teniendo esa vetusta constitución de 1886, la llamada Constitución del Estado de Sitio, nuestras relaciones como comunidad iban a ser mejores que las que soportamos antes de ella. Si nuestra mano escarba en los anaqueles de esa historia paralela, no encuentra como ejemplo nada que se le parezca a una sana práctica política. Colombia llegaba tarde al capitalismo, después del desmembramiento de Panamá, pero ello no representó un problema para ese conservatismo que reprimió inmisericordemente cualquier huelga obrera que se desató desde entonces. El siglo se iniciaba con el triunfo de la clase obrera rusa y en nuestro país, como reflejo, apenas se dio un pequeño sismo revolucionario que no llegaría a nada fundamental, aparte de ser perseguido y sometido por la reacción en el poder.
No era necesaria una Declaración Universal para evitar que nuestras clases dominantes siguieran aplicando al pie de la letra el manual escrito en el Norte y refrendado inicialmente con la "doctrina Monroe" del presidente norteamericano James Monroe en el año 1823. La segunda guerra se sintió en nuestro país más bien como un conflicto que se desenvolvía en un continente lejano, y a cuyas fuerzas fascistas había que apoyar, aunque fuera soterradamente con oraciones y predicamentos cristianos. Para entonces la iglesia ya controlaba una de las fuerzas obreras y el liberalismo a duras penas le contraponía otra vertiente reformista. Era la Colombia atrasada que no quería salir de su primitivismo político-religioso.
Sólo una voz, que surgía desde abajo, -y que había saltado al estrellato cuando concibió la condena al gobierno de Abadía Méndez al haber éste decretado la pena de muerte a cientos de trabajadores de las bananeras en 1928-, hacía temblar ese oscuro régimen clerical y fascista: Jorge Eliécer Gaitán. Pero fue silenciada muy marrulleramente, señalando a los comunistas como realizadores del acto. ¡Qué año ese de 1948!: sendas declaraciones post-guerra, post-atrocidades, y una realidad asqueante en nuestro patio: la ignominia se convirtió en forma de gobierno.
Se puede decir que desde entonces, los medios de comunicación acompañan al príncipe. Todos los aparatos políticos e ideológicos que nacieron al interior del país y por fuera de éste, se acomodaron a los insignes designios de la brutalidad que parecía renacer en el alba del entonces nuevo amanecer. Ese nuevo estilo postnazi de gobernar, se acopló a lo que se denominó "La guerra fría", o el alineamiento con uno u otro bando en la escena internacional marcada por las dos potencias que emergieron después de la segunda guerra mundial: La antigua Unión Soviética y los Estados Unidos. Socialismo vs. Democracia Capitalista. Un reto que se lanzó más como anatema que como una disputa para superarse civilizadamente o sencillamente vivirla y todo bajo la nueva égida de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
¿Era pues, o no lo era, una declaración que servía para cualquier humano sin distingo de su credo político o religioso? ¿O simplemente se lanzó como una pantalla que iba a esconder la disputa que sobrevendría y las nuevas atrocidades que requería la expansión capitalista? Nuestro país se acogió al paraguas atómico gringo y estrenó actuación en ese teatro de guerra de Corea: el batallón Colombia se lanzó a las llamas de la participación internacional en un conflicto que no debería de afectarnos, y más en tierras tan lejanas, tanto que los combatientes colombianos lo primero que tuvieron que aprender fueron las coordenadas del país, donde iban a matar y a morir, en los viejos mapamundis.
Cuba y Vietnam: una inspiración para el Tercer Mundo
La vieja SS alemana se acomodó en las nuevas filas norteamericanas. Su doctrina fue rejuvenecida y ajustada a los nuevos tiempos. Nació la OEA, o la bien llamada ministerio de colonias de Norteamérica, y por supuesto, salió a la palestra una bella hija de la revolución mundial: la revolución cubana. Nuestro país no cambió nada. Todo era lo mismo, sólo que ya habían pasado por las armas a vastos sectores del pueblo y la historia oficial lanzaba glosas al Frente Nacional. Todo era distinto, pero definitivamente igual.
Las trasnochadas teorías de la seguridad nacional, de la guerra de baja intensidad y de todo tipo de pensamientos neofascistas fueron introducidos como dogmas a la doctrina militar del ejército colombiano. Ninguno de los dos partidos tradicionales hacía galas de cierto reformismo. Todo estaba bien, hasta que.....surgió la resistencia campesina ante las tropelías centenarias, y todo al son de la guerra de Vietnam que ambientaba el ambiente revolucionario mundial, pues por primera vez se enfrentaba un país del Tercer Mundo a la gran potencia que emergió como una de las hegemonías míticas. La misma potencia que había lanzado las bombas atómicas a su enemigo japonés ya derrotado, que había impulsado el Plan Marshall en Europa que dejó endeudado vitaliciamente a ese continente que le había dado la oportunidad de convertirse en Gran Potencia, era ahora enfrentada por una pequeña nación que tenía todas las de ganar, que tenía todas las de perder.
El mundo alquiló palco. Todos los pueblos hacían votos por el pequeño David que intentaba casi que con pequeñas hondas detener a esa paradigmática potencia que pelaba los dientes con un arsenal de armas nunca antes visto después del triunfo aliado contra Hitler. Nuestro pueblo empezó a desperezarse, y con un nuevo discurso, ya chino, ya ruso, pero definitivamente socialista, dio los primeros pasos para intentar sacudirse del yugo centenario. Eran los años sesenta del siglo pasado. Inquietantes guerras nacían y desaparecían, como si a esa declaración de derechos que intentaba decir "nunca más", se la hubiera tragado la tierra.
Lo que menos se respetó en esas décadas fue los derechos humanos. El realineamiento fue definitivo como para evitar aguas tibias: mientras la predecible oligarquía colombiana se hundía más y más en la arena movediza del desierto yanqui, los pueblos de Suramérica seguían los pasos de Cuba; para entonces el símbolo de la libertad había caído en esas tierras: el Che había sido asesinado en Bolivia, y como semilla dio pié al crecimiento de las guerrillas y de la resistencia de los pueblos nativos, como si su aroma se hubiera esparcido por todo el subcontinente. Acá, en nuestro suelo, como por arte de la necesidad, salieron a escena todas las vertientes de la lucha armada. Hondas diferencias entre todas pero todas afirmando asimismo que luchaban por el mismo objetivo estratégico: el derrocamiento de esa horda oligárquica que se había empotrado en el poder y que parecía que sólo a sangre y fuego dejaría las riendas de éste.
Colombia: un mal que se reitera, un mal que no cesa
Y claro, sobrevendrían los éxitos y las derrotas del movimiento revolucionario mundial: Vietnam fue un triunfo de los pueblos, pero Chile, un estruendoso fracaso. La revolución Libia y la caída del rey Idris, fue un éxito, pero el avance del fascismo israelí, una derrota. Y claro, la mano negra del imperialismo respondió enérgicamente en el Cono Sur, inaugurando "La Operación Cóndor". En Colombia se promocionó la práctica inhumana del desaparecimiento, con una mujer: Omaira Montoya, bacterióloga de la Universidad de Antioquia, práctica importada no sólo del Cono Sur sino del manual de la nueva SS gringa: la CIA. Como por encanto y al ritmo de los tambores anticomunistas que ya habían sonado demasiado con el macartismo que se inauguró en la década de los 50´s en los Estados Unidos, aparece en el entreacto el narcotráfico, hijo putativo de ese mismo imperialismo que desde entonces dice combatirlo.
Como era de esperarse, se pone al servicio de esa casta que, acompañada de los saltimbanquis de los medios de comunicación, niega que el nuevo invitado es un aliado más en la lucha por mantenerse en el poder. Ah, y claro, no podemos olvidar que desde 1886, regía la terrible Constitución que mantuvo en estado de sitio la nación hasta el surgimiento de la nueva, en 1991, la misma que parecía que nos iba a llevar a otras esferas de mayor apertura democrática. Y en medio de ese canto de sirenas cayeron en la redada ideológica muchas de las antiguas fuerzas que combatieron esa forma de llevar a efecto un manejo de Estado sin sentido, sin ánimo de construir una patria para todos.
Esa vieja constitución avaló la violencia sin par del Estado colombiano, defendió hasta la saciedad el bien particular frente al bien público y para ello empleó toda la violencia que pudo utilizar. No se paró en ningún acápite de la Declaración Universal de Derechos, ni siquiera en los acuerdos de Ginebra para regular la guerra que se desarrollaba contra la resistencia popular. Claro, se desarmaron muchos hombres que ahora empezaron a militar en las nuevas corrientes de la socialdemocracia y por ende, las cosas deberían ir mejor. Pero no. Cambiaron todo para dejar todo igual, o peor. La violación de derechos de la población se incrementó a niveles insoportables, los desplazados por el brazo ilegal del paramilitarismo empezaron a aparecer por los cuatro costados del país, la salud fue privatizada, la educación se puso en la mira del neoliberalismo; la flexibilidad laboral, último grito de la moda neoliberal, alcanzó ribetes de tragedia.
El "Estado Social de Derecho" nacido supuestamente de los acuerdos de paz y con una carga de cinco mil muertos de la Unión Patriótica, no ha sido conocido por el grueso de la población como aquello en lo que pretendía erigirse: como un estado de derecho. Ni siquiera la salud fue contemplada como un derecho universal. Y quedó algo parecido a un retazo democrático: la tutela. Sí, se le explicó al pueblo su utilidad para cuando un derecho fuera vulnerado, y claro, el país de la violación de derechos se llenó de ellas, de millones de ellas, y los jueces empezaron a fallar, y los demandados a cumplir, y al final teníamos tutelas por borbotones, pues las violaciones se alimentaban de violaciones, hasta que la misma canalla oligárquica dijo: basta, tenemos que limitar semejante adefesio. Y claro, no bastó la misma inoperancia de esa figura, sino que ahora el gobierno prouribista de Santos pretende cortarle los brazos y las piernas a ese supuesto logro, resquicio del liberalismo burgués de la constitución del 91.
Para entonces, y producto de la necesidad histórica en que se hallaba la dominación, estaba al acecho ese estado oligárquico desde antes del gobierno uribista, mirando y revisando los múltiples fallos contra los militares que había permitido hacer la nueva constitución desde los tribunales civiles. Uribe manifestó su enojo en múltiples oportunidades cuando algún militar era llamado a un juzgado civil para responder por un acto de servicio, que casi siempre era una violación al DIH o un crimen de lesa humanidad. Les puso a su servicio y con dinero público, defensores de oficio, práctica reafirmada ahora por el presidente Santos. Pero no dio el paso subsiguiente, cual era el de retornar a la constitución de 1886 en lo que respecta al fuero militar. Era menester que las aguas se calmaran, puesto que su gobierno estaba suficientemente desacreditado en el exterior como para proponer semejante adefesio.
Aparece un renovado, pero viejo bufón, en escena: el exjefe de los falsos positivos
Y se levantó el telón: tenemos nuevo presidente, vieja cara, muy conocida por miles de madres de este país, pues siendo el poseedor de este nuevo antifaz de presidente progresista, ministro de defensa, habían desaparecido más de tres mil jóvenes de estratos bajos para luego surgir en las primeras páginas de los diarios como guerrilleros muertos en combate, o mejor, como falsos positivos, eufemismo de ejecuciones extrajudiciales. Y llamó a la unidad nacional. El presidente Chávez lo denominó su "mejor amigo", cuando meses antes Santos llamaba casi que a formar un frente continental contra su pensamiento y su figura.
Y se repitió la historia: gritó a viva voz que tenía las llaves de la paz, o que si no se quería nada por las buenas, pues que entonces ofrecía la tumba o la cárcel. Lo mismo de siempre, pues no brindaba nada concreto a cambio. Empezó a llorar de la emoción cuando a alguno de los líderes de la guerrilla, el ejército les daba de baja. Informó de las locomotoras del plan de desarrollo, de la megaminería en particular y de sus más de 9000 concesiones que amenazan el 40% del territorio nacional, y entre otros, páramos, humedales, nacimientos de ríos y zonas de siembras extensivas; amenazó a los pequeños mineros con cárcel si seguían explotando lo que tradicionalmente habían trabajado, a los campesinos si seguían utilizando las semillas tradicionales y no las compraban a las multinacionales que sí las tenían certificadas; se llenó de ínfulas con los tránsfugas de la vieja izquierda como Gustavo Petro para lanzar farrulladas como la privatización de la educación; alcanzó el estrellato con la aprobación del TLC tanto con Europa como con Estados Unidos, a pesar de las múltiples violaciones de derechos humanos; atacó con denuedo a los defensores de esos treinta artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos, y de nuevo los llamó "azote de la democracia", "oportunistas de nuevo cuño cuyo único objetivo es aprovecharse del débil e ingenuo estado colombiano". Y cerró la mediocre obra de teatro con el lanzamiento de la defensa del fuero militar.
Su planteamiento central, ahora con el flamante ministro de guerra, Juan Carlos Pinzón, es que la tropa se encuentra desmoralizada con ese múltiple llamado a juicio de los distintos juzgados del país. Pero claro, ¿cómo se puede explicar que un ejército de casos aislados de violaciones de derechos humanos, cuya orientación proviene de las altas esferas oligárquicas, no sea llamado a juicio, así la impunidad roce el 98%?[1]
La guerra, infinito negocio para llevar a efecto ese otro que significa mejorar el rendimiento del capital mundial y nacional, es algo que debe profundizar, de muy buena manera, el camaleón del Jockey Club de Bogotá. Con la sombra de los recientes militares detenidos muertos en el intento de rescate, la industria de la guerra, el negocio de mantener al país bajo la sombra militar para impulsar proyectos altamente productivos que tengan como base el despojo de regiones enteras por el ilegal brazo paramilitar, las cuales son irrecuperables posteriormente con la actual "ley de víctimas", se llevará hasta el paroxismo. Además se evita la consulta a las poblaciones ahora que viene la megaminería de la cual hablábamos más arriba.
La necesidad de mantener una Colombia alterada por el degradado conflicto favorece varias cosas: el mantenimiento de las bases militares gringas con la amenaza que ello representa a los vecinos, el sostenimiento del negocio de la droga como fuente vital de entradas a la economía, el mejoramiento permanente de la tropa y el aumento de esta con hombres del pueblo para operaciones futuras en guerras con los propios ciudadanos o con los vecinos: recordemos que el pie de fuerza de Colombia aventaja con mucho a los países más cercanos, pues el 5.6% del PIB que se utiliza para la guerra es de los más altos del mundo.
Y para todo lo anterior, necesitan a esos militares formados en las siniestras aulas de la Escuela de las Américas, con las manos libres: menos juzgados llamando a sus hombres y menos pidiéndoles razones de su actuación. Menos juicios, más libertad de acción. En una palabra: el modelo de desarrollo futuro requiere de una ampliación sin límite de la violencia institucional, y llegó el cuadro de la oligarquía que lo va a impulsar hasta los límites que el pueblo le ponga, porque el pensado del actual inquilino de la casa de Nariño es vaciar el país de riquezas, dejarlo desahuciado hasta niveles impensables, con una clase obrera obediente, una juventud sometida, y un ejército de ocupación nacional o extranjero que no nos permitiría defender o hacer alusión a ninguno de nuestros derechos humanos.
Colofón de un mal teatro, de una obra pésima
Dentro de la misma declaración de esos flamantes derechos existe un párrafo del preámbulo que dice: " Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión", pues me atrevería a decir que en estos doscientos años ni los derechos humanos han sido protegidos, ni ha existido un estado de derecho, o sea, los colombianos nos hemos visto compelidos a rebelarnos hasta la saciedad, y por ello nos queda la esperanza de la desobediencia sin límite, con visos de rebelión y rebeldía permanentes.
Para concluir, el mejor homenaje a esa Declaración Universal de Derechos es el de aceptar que gozamos de un derecho que la comunidad de naciones nos debería avalar: el del desconocimiento de este brutal régimen y el de la rebelión desde todos los ángulos contra su impostura y contra el sometimiento de todo un pueblo.
Reivindicar esa ficción de derechos para un país que aún es ficción, significa reivindicar el desconocimiento de la casta que por cientos de años ha conducido sin contraparte que se le oponga como se debe, o mejor, con la contraparte sometida hasta la saciedad. Por ello, la lucha por el reconocimiento de los derechos mínimos se ha convertido, en este país, en una tarea no sólo de altísima obligatoriedad sino de justísima razón de vida y en un acto de clara rebelión.
[1] “Parágrafo sobre fuero penal militar es un duro golpe a la justicia”: Iván Cepeda, Tomado de www.polodemocratico.net
Dic.7/2011
Álvaro Lopera, Especial para La Pluma, 10 dediciembre de 2011
*Álvaro Lopera, corresponsal de “La pluma dice lo que el hombre calla…”
Artículos de Álvaro Lopera Uribe publicados por La Pluma:
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