Esto se debe a la aceleración del ritmo de estrés de la vida profesional y alto costo del tratamiento de los problemas sexuales psicológicos comprar-rx.online
Inicio Articulos Opinion


Hemingway y el "estado de fiesta"

E-mail Imprimir PDF
Usar puntuación: / 0
MaloBueno 

Edmundo MoureBis“Comamos y bebamos, que mañana moriremos”

LA INSPIRACIÓN DE LA MEMORIA

Un día de mayo de 1925, Ernest Hemingway, sentado a una mesa de la Closerie de Lilas, en el bullente París, escribe uno de sus cuentos inspirados en el otro lado del mar, a diez mil kilómetros de distancia, en la ribera este del lago Michigan, rincón de pesca lacustre conocido como Horton Bay, aun cuando no es propiamente bahía, sino una cala estrecha flanqueada de tupidos bosques.

la-closerie-des-lilas

ernest-hemingway-durante-una-de-sus-interminables-juergas

Hemingway durante una de sus famosas fiestas

Nick_AdamsHay una cabaña de troncos que abre sus dos rústicas ventanas, ojos de la memoria, hacia las plateadas aguas cuya superficie agitan las truchas. Un adolescente recibe lecciones de pesca de su padre. Es Nick Adams, alter ego del escritor, quizá el mejor y más añorado de los seres que integran su contradictoria y recia personalidad, proyectándose en su literatura realista. El padre –su progenitor- es médico rural de las agonizantes comunidades indias que poblaron ese inmenso “país del agua” que es Michigan. Cada vez que las exigencias de su servicio hipocrático lo permiten, el doctor sale a pescar con su hijo. Le ha enseñado las artes de la “pesca menor”, que la disminución semántica del adjetivo no logra menoscabar, pues se trata de un oficio tan amoroso y arduo como escribir una buena historia. Treinta años más tarde, Hemingway reunirá los mejores relatos de aquellas experiencias en un libro singular, para mí, lo mejor de su narrativa, otorgándole el título de ese personaje, incipiente pescador, que ha sido él mismo: Nick Adams.

Pero entonces, cuando apenas tiene veintiséis años y engatusa el apetito de un virtual peso completo, bebiendo magro café con leche, para repetir el antiguo hábito de los jóvenes intelectuales que persiguen el sueño creador de la Ciudad Luz, está muy lejos de imaginar sus incipientes relatos en la forma de un libro de plena y madura realización.

Hace más de una hora que trabaja el cuento, pero no logra rematarlo con un final que le satisfaga. Este será uno de sus permanentes dilemas como narrador, a diferencia de otros ilustres contemporáneos suyos, como Faulkner, Steinbeck, Dos Passos o Goyen, que suelen iniciar la escritura de sus historias con el final resuelto de antemano, cosa que hacía también su amigo y compañero de aventuras, Scott Fitzgerald, con quien acostumbrará discutir las técnicas del relato, mientras comparte intensas tertulias y francachelas en los tugurios intelectuales del París de entreguerras.

Este problema de cómo resolver el final de una historia inquietará al hijo de Oak Park (Illinois) toda su vida. Sin embargo, esta contradicción llegará a convertirse en uno de sus méritos, haciéndose relativa innovación estética, la del final abierto o difuso, que deja a la imaginación y sensibilidad del lector dilucidarlo a su modo, aun cuando en el universo de la literatura toda propuesta de originalidad resulte de dudosa autoría singular, pues otros autores, antes que él, utilizaron el mismo procedimiento. Así, este final incierto tiene mucho que ver con los avatares impredecibles de la pesca, con las instancias que conforman la vieja lucha del hombre y el pez, con sus desafíos, propuestas, engaños, resoluciones y esos dos senderos que se bifurcan, en alternativas en apariencia opuestas, pero que siempre se unirán en la consunción irremediable de toda esperanza resuelta en la muerte.

Ernest_Hemingway

Ernest Hemingway pescando la trucha con su padre en Horton Bay durante las vacaciones de verano de la familia. Esta zona de Michigan del noroeste influenciaría sus escritos más adelante.

Una voz de familiar acento estadounidense saca al escritor de su ensimismamiento; se nublan los ojos que escrutan el lago, el bosque se difumina, mientras advierte la mesa en la que trabaja, mira el borde manchado del café que se volvió frío, antes de percatarse de la molesta interpelación.

-¿Es usted Ernest Hemingway?

Antes de responder, se detiene en el desagrado que le provoca la pronunciación de su nombre, esas dos sílabas “ern-est”, que le suenan como imprecación forzosa y poco familiar; nunca le ha gustado y pide a sus amigos que lo reduzcan a un simple “Hem”, aunque a su mujer le permite un “Tatie” cariñoso e íntimo…

(¿Fue Proust quién escribió sobre los imprescindibles y necesarios motes o apodos que deben darse entre sí los amantes para resguardar el juego de la intimidad?).

-Yo soy…

Y el hombre se presenta, diciéndole que es un escritor y que selecciona cuentos para publicar en Harper’s Bazar y en otras posibles casas editoriales, que le conoce de vista y es también un asiduo a la casa de Gertrude Stein, morada que Hemingway dejó de visitar, porque se ha peleado para siempre con su antigua favorecedora, la que le abrió París como una caja de pandora de impredecibles sorpresas…

Hemingway percibe el calor de una rabia sorda que trepa hasta sus mejillas. Los músculos de sus brazos se tensan, como cuando va a iniciar uno de esos pugilatos de feria para ganarse diez francos, si logra derribar al oponente, pero esta vez se reprime, reflexionando que no vale la pena golpear al intruso, porque ya él está fuera del “país del agua” y lejos de las palabras azules que escribía, hace pocos instantes, en el cuaderno abierto sobre la mesa. El hombre le ofrece un café o un trago, si quiere; Hemingway aceptaría de buena gana ambas cosas, pero las rechaza. Contesta con monosílabos, luego con frases lacónicas, hasta que el pelmazo se retira. Pero el encanto de los recuerdos hechos historia no regresa. Habrá que aguardar por otra oportunidad, porque la memoria suele ser la más veleidosa e impredecible de las amantes.

EL SUEÑO INDIVIDUAL Y COLECTIVO DE PARÍS

El París de fines de la década de los 20, del pasado siglo, vive una suerte de feliz inconsciencia burguesa, el desenfreno de un efímero bienestar para la alta y mediana burguesía, y aun para esos sectores que flotan en la marginalidad de los prósperos, en las lindes de estratos sociales que pugnan por transgredirse, quimera del espejismo arribista, uno de los móviles y sustentos con que el sistema liberal retroalimenta su entelequia recurrente. Ha transcurrido menos de una década desde el término de la Primera Guerra mundial y aquellos grises recuerdos van siendo borrados, para dar paso a los goces terrenales que el progreso exhibe de manos de la técnica, poniéndolos a disposición de muchos ciudadanos y encandilando a los que esperan su turno en la desigual repartija...

hemingwayvsfiztgerald

Ernest Hemingway y Scott Fitzgerald

En aquellos días, Hemingway se encuentra con Scott Fitzgerald, el autor de Gran Gatsby, novela que por entonces solo hacía fruncir el ceño a los críticos europeos, lejos aún del prestigio que iba adquirir como novedad literaria. (Yo no pude encontrar en ella mayor interés; me pareció insulsa, trivial; un relato para burgueses aburridos y decadentes, especie de crónica farandulera desprovista de toda grandeza estética).

En el libro que sirve de base inicial a este escrito, Hem se refiere a Fitzgerald con cierta simpatía conmiserativa, que con el paso de los años se volverá crítica ácida y, en ocasiones, desprecio e inquina entre hermanos de oficio:

Por todo aquel fin de primavera y principio de verano, Scott hizo lo que pudo por trabajar, pero solo lo consiguió en breves arranques. Cuando nos encontrábamos estaba siempre alegre, a veces desesperadamente alegre, y bromeaba con gracia y era un buen compañero. Cuando pasaba algún mal rato, yo escuchaba sus lamentaciones y probaba de hacerle comprender que si no se dejaba dispersar lejos de su identidad, podría escribir como él sabía, y de que solo la muerte es irrevocable. Por entonces, todavía era capaz de reírse de sí mismo, y yo pensaba que mientras le quedara esa capacidad, no corría peligro. En medio de todo aquello, escribió un buen cuento, “The Rich Boy”, y yo estaba seguro de que era capaz de escribir incluso mejor, como lo haría años más tarde”.

Habían compartido con él viajes, aventuras galantes y largas borracheras, aunque Scott nunca dio en esto la talla de Hem, bebedor resistente e insaciable, que podía ingerir dos botellas de wiski en una jornada, sin desplomarse ni perder el raciocinio. Como muchos dipsómanos, la conciencia de Hemingway alcanzaba para criticar a otros beodos, sin que llegara a formularse ninguna autocrítica.

Nosotros pasamos el verano en España, donde empecé una novela (The Sun Also Rises), y terminé el borrador tras la vuelta a París, en septiembre. Scott y Zelda (su mujer), estuvieron en el Cap d’Antibes, y cuando en otoño (1925) volví a verle en París, él estaba muy cambiado. La Riviera no había servido para apartarle del alcohol, y entonces andaba borracho de día y no solo de noche. Le importaba un bledo que los demás estuviesen trabajando, y se nos presentaba en la rué Notre-Dame-des-Champs, borracho, a cualquier hora del día o de la noche. Se había acostumbrado a tratar groseramente a sus inferiores o a cualquier persona que él considerara como inferior”.

Veinte años más tarde, Scott Fitzgerald sentencia que Por quién doblan las campanas es una novela superficial, poco lograda, juicio que comparto y explicito aquí: Aunque funcione como historia ágil y entretenida, carece de profundidad y sus personajes semejan, a ratos, marionetas inermes, arrastradas por la marea de los acontecimientos. El tema y el ambiente: la Guerra Civil española y los avatares de un grupo de republicanos que luchan contra los facciosos, en el frente aragonés, ameritan un tratamiento a la altura de aquella trágica epopeya que iba a ser el preludio de la II Guerra Mundial. No fue así, y si bien el mundo de la literatura ostenta muchos más fracasos que éxitos, se esperaba más del autor de Adiós a las Armas, novela muy bien articulada, sólida y verosímil, clave para entender las convulsiones humanas de la primera conflagración mundial. En el mismo sentido, los personajes –sobre todo los españoles- de Por quién doblan las campanas no alcanzan la definición caracterológica que los escritores ingleses George Orwell (Homenaje a Cataluña) y Gerald Brenan (Al sur de Granada) ostentan como conspicuos hispanófilos.

En la fauna literaria abundan las descalificaciones, los chaqueteos, las rencillas de pasillo, la envidia y los resentimientos varios. Quizá la hinchazón propia del ego, tanto de auténticos artistas como de impostores, exacerba la odiosidad latente en la equívoca hermandad. Y Hemingway no será la excepción, como apreciamos a través de algunos testimonios que la posteridad conservó en forma escrita, teniendo en cuenta, además, que existe una morbosidad periodística asociada a tales desencuentros, como hemos podido apreciar en nuestra angosta “aldea letrada”, a propósito de Neruda, De Rokha y Huidobro, aunque hay casos menos célebres, pero están latentes y suelen reptar entre los pasillos de la vieja Casa del Escritor, en Santiago de Chile. (Bolaño es uno de los que escribió sobre el tópico, ubicándose, como fuera habitual en él, desde el podio de los perdonavidas.

paris_era_una_fiestaHe releído, tres o cuatro veces, París era una fiesta, el escueto diario memorioso que Hemingway comenzó a escribir a los veintidós años, para retomar aquellos apuntes dos años antes de su muerte, prevista y anunciada como remate cerrado de su gran novela existencial; aquí no hubo suspenso ni indefinición, sino desenlace rígido, como en el primer cuento que escribiera, el de un cazador que termina suicidándose. Un tiro de escopeta bajo la barbilla, como quien caza la última pieza aguardada –él mismo- sin que el dedo tiemble sobre el gatillo, sin que el brazo trepide ante la tensión lúbrica del sedal mordido por el pez, al igual que su pescador, ávido y embriagado de vida y de muerte. Va a ocurrir en su casa de Idaho, treinta y cinco años más tarde.

Su viuda habría de ordenar el manuscrito para entregarlo al público lector como edición póstuma y desveladora. No se trata de una gran prosa, pero sí muy eficaz para contar, mediante ágil y precisa sustantivación de sucesos, ambientes y personajes. Lo asocio, de alguna manera, a las Memorias Neoyorquinas, de Poli Délano, nuestro gran narrador chileno, admirador de Hemingway y feliz tributario de su influjo. Pues Poli planeaba publicar tres tomos de sus recuerdos vitales y literarios… No sé si estarán en manos de su hija y heredera esos valiosos manuscritos, testimonio de una larga y fructífera existencia en el mundo de las palabras…

Pareciera que es mejor escuchar las memorias bajo la ponderación de una sabia posteridad, cincuenta años después de muerto, como recomendara Borges a los lectores inteligentes, esos que escasean hoy más que los propios escritores.

En el último capítulo de París era una fiesta, podemos apreciar la distancia emocional y asimismo literaria, que separa al Hem de 1920, un bisoño escritor, lleno de energía e ilusiones, del que vive al comienzo de la década de 1960, próximo ya a su fin, desencantado de sí mismo y del mundo que siente desmoronarse a su alrededor. La narración reflexiva apunta al recuerdo y a la nostalgia por lo que se ha perdido, irremediablemente, entre los velos del pasado; hay también un intento de justificación por el desenlace de algunos hechos que pudieron haber tomado otro rumbo, o haber evitado su ocurrencia, ante esa disyuntiva que la religión de nuestros padres llamara “libre albedrío”, y que las ciencias sociales y psicológicas han puesto en entredicho, desde Freud:

Antes de que llegaran los ricos a que me refiero, ya otros ricos nos habían contaminado, usando la más vieja artimaña que el mundo conoce. Consiste en lograr que una joven soltera se convierta por un tiempo en la mejor amiga de otra joven que está casada, que se ponga a convivir con la esposa y con el marido, y que, inconsciente e inocente e implacablemente, inicie una maniobra para casarse con el marido. Cuando el marido es un escritor ocupado en un trabajo arduo que le lleva mucho tiempo, y durante la mayor parte del día no puede hacer compañía ni dar apoyo a su mujer, el plan parece estar lleno de ventajas, hasta que se descubre cómo funciona el mecanismo. Al terminar su jornada de trabajo, el marido se encuentra a su alrededor con dos muchachas atractivas…”

Culpabilidad descrita en tercera persona, atribuida a gente sin rostro. Es la coartada a mano que ofrece la sociedad al varón, al macho, una salida “honrosa”, confirmando el papel de tentadora asignado a la mujer desde los tiempos bíblicos, por mediación anónima y maligna, aun cuando no se manifieste de manera explícita.

La añoranza de aquella época dichosa en la memoria –“nosotros los de entonces, ya no somos los mismos”, sirve de postrer leitmotiv para concluir el libro con los párrafos melancólicos del recuerdo:

Tuve que viajar a Nueva York para suscribir un acuerdo con mis editores. Una vez listo el asunto, volví a París con el propósito de abordar el primer tren que saliera de la Gare de l’Est para Austria. Pero la chica de quien me había enamorado estaba entonces en París, y no tomé el primer tren, ni tampoco el segundo ni el tercero.

Cuando al fin vi a mi mujer de pie junto a las vías, mientras el tren entraba en la estación entre grandes pilas de troncos, antes hubiera querido morir que haberme enamorado de otra. Ella sonreía, el sol daba en su hermosa cara morena por la nieve y el sol, y su cuerpo era hermoso, y centelleaba la luz en el oro rojizo de su pelo que era bello y había crecido, ensortijado, todo el invierno, y de pie a su lado estaba Mr. Bumby (nuestro hijo), rubio y corpulento y con sus mejillas rojas por el invierno…

“-Oh Tatie mío –dijo ella entre mis brazos-, qué suerte que estés de vuelta y que te hayan salido tan bien los negocios con los editores. Te quiero tanto y te eché muchísimo de menos.

Yo la quería y no quería a nadie más, y el tiempo que pasamos solos fue de mágica maravilla. Trabajé a gusto y juntos hicimos grandes excursiones, y me creí de nuevo invulnerable, y el otro asunto no recomenzó hasta que, a fines de la primavera, dejamos las montañas y volvimos a París.

Aquello fue el final de la primera parte de París. París no volvería nunca a ser igual, aunque seguía siendo París, y uno cambiaba a medida que lo hacía la ciudad. Nunca volvimos al Vorarlberg, ni tampoco regresaron los ricos.

París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuese llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a cambio de lo que allí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices”.

EL HÉROE QUE ESCRIBE

muerte_en_la_tardeSin lugar a dudas, Ernest Hemingway fue un vividor sensual, un espíritu hedonista, sujeto a recurrentes transgresiones, como bien lo demuestran su desaforada existencia y su literatura, complemento de ese vigor dionisiaco volcado en hechos vitales y en palabras conjugadas entre la voluntad de acción y el atractivo abisal, a menudo soterrado, de la muerte como desafío. Así, para muchos de sus admiradores, Muerte en la Tarde, novela dramática y trágica del toreo, es un auténtico tratado de tauromaquia, escrito más como crónica glosada que según los cánones de la narrativa mayor. Esto suele ocurrir en escritores que buscan realizarse con el prestigio que ostenta la novela, aun cuando sean inveterados cronistas o narradores breves o poetas. Ejemplo de esto –para mí- ha sido Roberto Bolaño, aunque la crítica elogie sus novelas, construidas con ladrillos de crónicas escalonadas y cuatro o cinco albañiles que sirven de improvisados personajes, recorriendo, de arriba abajo, los pisos del edificio, sin mayores sorpresas ni hallazgos para el lector residente o para los posibles inquilinos.

En el capítulo primero de sus historias en el ruedo taurino, Hemingway recuerda a su mentora parisiense, casi como una musa inspiradora:

Recuerdo que un día Gertrudis Stein, hablándome de las corridas de toros, me expresó su admiración por Joselito y me enseñó algunas fotografías del torero, y de ella y de Alice Toklas, sentados en la barrera, en la plaza de Valencia, con Joselito y su hermano el Gallo un poco más abajo. Yo acababa de volver del Oriente Medio y había visto a los griegos tronchar las patas de sus caballos, empujarlos y arrojarlos al agua cuando tuvieron que abandonar la ciudad de Esmirna; y me acuerdo también de que le dije a Gertrudis que no me gustaban las corridas de toros a causa de los pobres caballos. Yo intentaba por entonces escribir y me parecía que la mayor dificultad para ello, aparte de saber realmente lo que uno siente y no lo que debería sentir, estriba en trasladar al papel de manera sencilla un hecho, poniendo de relieve los sucesos que de verdad han creado la emoción experimentada…”

Eros y Tánatos, la violencia, la muerte, y el amor entendido como una pasión ígnea, serán sus móviles vitales y estéticos. Así lo declara, en profesión de fe que es también arte poética, reforzada en tierra española, un mundo que le atrajo con especial fuerza:

El único lugar en donde se puede ver la vida y la muerte, esto es, la muerte violenta, una vez que las guerras habían terminado (I Guerra Mundial), era en el ruedo, y yo deseaba ardientemente ir a España, en donde podría estudiar el espectáculo. Me ejercitaba en mi oficio comenzando por las cosas más sencillas, y una de las cosas más sencillas y más elementales sobre las que se puede escribir, es la muerte violenta…

“…Así, pues, fui a España para ver los toros y para tratar de escribir sobre ellos por mi cuenta. Creí que encontraría el espectáculo simple, bárbaro, cruel y que no me gustaría; pero esperaba también encontrar en él una acción definida, capaz de darme ese sentimiento de la vida y de la muerte que yo buscaba con tanto ahínco…”

Resulta evidente aquí el influjo de Federico García Lorca, sobre todo a través de su célebre conferencia “Juego y Teoría del Duende”, en la cual el inmortal granadino sintetiza, de modo elocuente y magnífico, el concepto de la muerte para el español:

En todos los países la muerte es un fin. Llega y se corren las cortinas. En España, no. En España se levantan. Muchas gentes viven allí entre muros hasta el día en que mueren y los sacan al sol. Un muerto en España está más vivo como muerto que en ningún sitio del mundo: hiere su perfil como el filo de una navaja barbera. El chiste sobre la muerte o su contemplación silenciosa son familiares a los españoles. Desde ‘El Sueño de las calaveras’, de Quevedo, hasta el ‘Obispo podrido’, de Valdés Leal…”

De todos los pueblos de la llamada cultura hispanoamericana, quizá el mexicano sea el que está más contiguo, psicológicamente, a esta idea de la muerte y al modo de conjurar su natural miedo y repugnancia con los recursos de ese humor, de carácter carnavalesco medieval (La Danza de la Muerte), que la caricaturiza, entre el desafío y el desdén. O la invita a participar con los vivos, en un plano contiguo, como lo hace, de modo magistral, Juan Rulfo, en Pedro Páramo.

Hemingway se sintió atraído por aquel fascinante universo del mestizaje hispanoamericano, que visitó en varias oportunidades, para perfeccionar sus conocimientos prácticos de la pesca mayor en el Golfo de México, desde donde extraería los personajes vívidos y el material narrativo para su libro más conocido y considerado por el público y la crítica: El Viejo y el Mar.

Cabe señalar que en los Estados Unidos de América ejercen diversa maestría, muchas veces opuesta, dos tipos de crítica literaria: la periodística o magazinesca, asociada al mundo editorial, como directa línea de influjo en los procesos de difusión y venta; y la académica, desarrollada desde la academia, con una constante incorporación de las teorías interpretativas en boga. Esta crítica universitaria no le ha sido favorable a Ernest Hemingway, en evidente contraste con creadores de la talla de Faulkner, Steinbeck y Dos Passos. Aunque tales especialistas no parecen haber leído con detenimiento libros como Muerte en la Tarde, centrándose más bien en la “narrativa pura”, actitud sesgada respecto al género de la crónica, en el que Hem fue sin duda un eximio cultor, olvidando que el propio Homero fue un cronista genial que contaba en estrofas rimadas sus asombrosas peripecias.

Tanto para los que ensalzan el toreo como para quienes lo denigran, es bueno recordar el escueto análisis de Hemingway:

La corrida de toros normal es una tragedia y no un deporte; el toro tiene que morir. Si el matador no puede matarle en los quince minutos que dura la lidia, se aleja al toro del ruedo, escoltado por los cabestros como deshonor para el torero, y, según la ley, al toro tienen que matarlo en los corrales. Hay una probabilidad contra ciento de que el matador de toros o torero formalmente investido, sea cogido, a menos que sea un inexperto, un ignorante, que esté mal entrenado o que sea demasiado viejo y torpe para arrastrar sus pies. Pero el matador que conoce su oficio puede acrecentar el peligro mortal que corre, tanto como le venga en gana”.

Y el corajudo Hem, obedeciendo a ese prurito de retar a la muerte, que le roía en las entrañas, probaría suerte en el ruedo, desoyendo las advertencias de sus cercanos amigos taurinos, que le descalificaron de entrada por “lento, falto de chispa y de cintura rígida”. Insistió, enfrentando a un toro joven, poco más que novillo.

Al segundo pase “natural”, la bestezuela giró de improviso, corneándole en el muslo derecho. El asta no rasgó la carne, pero le produjo un enorme hematoma que le costó una semana de reposo. Un bien venido de un mal, como advierte el refranero, porque Hem escribió en esa semana gran parte de este libro, dando a luz páginas y párrafos memorables, como este que recojo para mis lectores:

Volver a vivir todo eso; soltar los saltamontes a las truchas del Tambre (río gallego que bordea Santiago de Compostela); volver a ver la cara seria, atezada, de Félix Moreno en el viejo Aguilar y al valeroso y extraño Pedro Montes, con sus ojos atacados de glaucoma, que se vestía de luces fuera de su casa porque había prometido a su madre que no torearía nunca, después que su hermano Mario murió en Tetuán; y el ‘Litri’, como un conejillo, parpadeando nerviosamente cuando el toro se le acercaba; tenía las piernas tan arqueadas y una tremenda valentía. Y ahora que los tres han muerto, ya no se habla de ellos en la cervecería, adonde el ‘Litri’ iba a sentarse con su padre; ni se habla del día en que ellos llevaron a Pedro Carreño, muerto, por las calles, con antorchas, hasta que, por último, le llevaron a la iglesia y le dejaron desnudo sobre el altar”.

Hay quienes afirman que la Parca, esa extraña y repulsiva dama vestida de blanco, que nos acecha con su guadaña, en una hora precisa que solo ella conoce, se toma desquite por nuestra mofa o irreverencia. Para Ernest Heminway, esto ocurrió en la mañana del 2 de julio de 1961, en su casa de Ketchum, Idaho. Ella misma cambió su herramienta segadora por una letal escopeta de dos cañones.

LAS CAMPANAS DOBLARÁN POR TI

por_quien_doblan_las_campanas

Un año después de concluida la Guerra Civil Española, Hemingway publica Por quién doblan las campanas, con un éxito inmediato de ventas y algunos aplausos entusiastas de críticos estadounidenses, como el propio Harold Bloom, elogios que devendrían en las producción del film con el mismo nombre, triunfo indiscutible de taquilla. Pero enseguida surgen detractores de la obra, cuyos argumentos podríamos sintetizar aquí: La novela es un cúmulo de tópicos y lugares comunes; sus personajes parecen delineados con escasa profundidad, así, Jordan se nos presenta como un personaje sin fisuras, el típico héroe del cine estadounidense, el insoportable superhombre de celuloide. Los personajes secundarios no le van en zaga, esquemáticos y rígidos, sujetos a la voluntad omnisciente de un narrador abusivo.

Pero la novela es dinámica –según recuerdo, cuando la leí a los quince años- y su trama fluye de manera sostenida, como un río truchero que avanza hacia el torrente del desenlace, agitando en los bajos y remansos las aguas con el estallido de los sucesos bélicos. Esto es, sin duda, un mérito literario de primer orden. Más aún, los lectores habituales de novelas, en la primera mitad del siglo XX, exigían del novelista esa agilidad, virtud indispensable en la narrativa de ficción de aquella época. Era un libro para lectura masiva, aunque la imagen real del conflicto bélico español y de sus protagonistas, que ofrecía con pinceladas de “brocha gorda”, careciera de hondura y aún de verosimilitud, en contraste con lo que el autor había ofrecido en Adiós a las Armas, veinte años antes.

La conclusión pudiera ser que hay escritores, de vidas desaforadas y aventureras, de constantes excesos dionisiacos, cuya leyenda existencial supera la trascendencia o calidad de su obra.
Hemingway es un caso ejemplar. Y lo admiro por ello, aunque no esté a la altura creativa de Faulkner o de Goyen, pero yo hubiese querido vivir una vida similar (probablemente no hasta el escopetazo postrero).

Y si el vasto universo de la literatura está lleno de contrastes, Jorge Luis Borges es un paradigma opuesto a Ernest Hemingway, que, sin embargo, cuenta con mi respeto y admiración estética.

A Hemingway, en cambio, le otorgaron el Nobel que la Academia Sueca negó al argentino. Se lo dieron también a Winston Churchil, por sus memorias de estadista y político, y se lo escatimaron a otro gran preterido, como fuera el griego Niko Kazantzakis… Así de erráticos pueden ser nuestros humanos juicios.

Al cabo de los años, no siento ninguna nostalgia por la biblioteca borgeana, pero a menudo la saudade me lleva a esa pequeña cala junto al lago Michigan –que Steve y Nancy, nuestros amigos de Warren, nos mostraron, en junio de 2016-, o cerca del embarcadero de una ría gallega, o al pie de un muelle florido, en el mar de los canales, ribera de la Isla Grande de Chiloé, donde se desgajan los mapas hacia el último de los finisterres.

Edmundo Moure especial para La Pluma, 21 de diciembre de 2017

Editado por María Piedad Ossaba

 

 

Palabras clave:La Pluma  « Balance 2017 »  Ernest Hemingway  estado de fiesta  ojos de la memoria  Michigan/País del agua  Ciudad Luz  Edmundo Moure  

Actualizado ( Lunes, 01 de Enero de 2018 19:03 )  

Dosieres de actualidad destacados

 

Editorial La Pluma n° 1: A tod@s

Tenemos enemigos. Algunos de ellos intentaron hacer desaparecer nuestro sitio el 27 de marzo. Ese ataque maligno fue rechazado por nuestros proveedores de servidor. Sin duda estos enemigos trataran de...

 

Colombia: Solicitud de suspensión de las aspersiones con glifosato

Petición para solicitar la inaplicación de la Resolución 001 de enero 2017, expedida por el Consejo Nacional de Estupefacientes  En el año 2015, la suspensión de las aspersiones con glifosa...

 

Alerta: En Colombia, una nueva pacificación disfrazada de paz

« En el silencio no hay movimiento, el grito es por la libertad! Graffiti barrio San Antonio, Cali, Colombia » La Pluma.net hace un llamado a los ciudadanos del mundo, a los medios alternativ...

 

Venezuela: la palabra al Poder constituyente originario ¡El Pueblo!

« En el silencio no hay movimiento, el grito es por la libertad! Graffiti barrio San Antonio, Cali, Colombia » La Pluma.net apoya irrestrictamente la Revolución Bolivariana, hace un llamado ...

Otros artículos relacionados

Colombia : Manifiesto por la paz, hasta la última gota de nuestros sueños...

Este_espacio_apoya_la_huelga_feminista

Existe en el corazón de América un refugio humano abrazado a tres cordilleras, arrullado por exuberantes valles, frondosas selvas, y bañado por dos océanos... Leer / firmar manifiesto

Contador de visitas

mod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_counter
mod_vvisit_counterHoy11582
mod_vvisit_counterAyer30403
mod_vvisit_counterEsta semana80373
mod_vvisit_counterSemana precedente247482
mod_vvisit_counterEste mes494719
mod_vvisit_counterMes precedente1463694

We have: 298 guests, 4 bots online
Tu IP es: 54.198.27.243
 , 
Hoy es el 14 de Ago de 2018