Las noticias son alarmantes por ser tan ejemplarizantes. Los "adocenados" pueblos, o ello es lo que hemos percibido mediáticamente en Suramérica, del norte de África y algunos de Asia, sometidos por décadas a dictadorzuelos o reyezuelos a las órdenes de Estados Unidos y Europa, están zarandeando sus añejas ropas gubernamentales y uno a uno, esos países empiezan a vislumbrar otro panorama político.
Y Túnez marcó el hito fundamental: un hijo del pueblo y buen hijo de su familia por cierto, Mohamed Bouazizi, se autoinmoló al no ver despejado el camino del respeto de sus derechos humanos mínimos por la dictadura de veintitrés años de Ben Alí; la chispa que encendió la pradera fue la supervivencia, el no poder llevar dignamente a su familia un mínimo bocado de comida con su venta buhonera, pues allí en el paraíso fiscal del FMI, no estaban en acción todas las libertades mínimas, y ello lo conocían sus vecinos europeos.
A su presidente vitalicio lo llamaban señor presidente, a su régimen, la democracia por excelencia del norte de África, pues los intereses capitalistas estaban bien resguardados por este capataz de Occidente; y para colmo de males, su partido, la Asamblea Constitucional Democrática, se encontraba en la lista de la Internacional Socialista. Todo estaba muy bien, de acuerdo a los estándares capitalistas, hasta que el pueblo dijo ¡basta! Y el dictador, como lo hacen todos, viajó a tierras amigas y tiránicas por cierto, es decir, se fue con sus caudales a convivir con el régimen autocrático de Arabia Saudita. Con el rabo entre las piernas, viajó a un país de jeques en donde el terror es quien preside el gobierno, un país aliado firme de Estados Unidos e Israel.
Pero no se detuvo la ola. Apenas empezaba el movimiento por las libertades y en contra del hambre y de la opresión. Le siguió Argelia, Yemen, Jordania, Egipto. Nadie que se dijera ciudadano consciente de esos países, escurrió el bulto a la responsabilidad histórica de salir a la calle y gritarle al régimen: ¡lárgate! Las medidas tomadas, al son del canto de sirena yanqui, han tratado de desmovilizar a esos pueblos, pues están combinando precipitadas y cosméticas reformas, como por ejemplo, cambiar de gabinete, prometer que no continuará el desaguisado de la sucesión familiar en el poder, o que desaparecerá el feo nepotismo, con represión policial que contabiliza en cada país decenas de muertos y encarcelados.
Desde Washington, las voces desesperadas del Departamento de Estado llaman a no reprimir a los pueblos desarmados y a ejecutar desesperados cambios, como si esto fuera la varita mágica que evitará el derrumbe de los antiguos aliados en esa estratégica región árabe. Treinta años de dictadura de Hosni Mubarack, en donde se ha impuesto un régimen de terror no sólo contra su pueblo sino contra el pueblo palestino (recordemos que el fascista bloqueo a la zona de Gaza de parte de Israel ha sido amplificado por Egipto, al cerrar el paso de Rafah, e impidiendo el debido tránsito de mercancías a ese sufrido pueblo) es difícil olvidar y perdonar por la hermandad musulmana y los movimientos políticos y sociales de Egipto.
Las derruidas cifras sociales de la dictadura, cuya asistencia militar norteamericana se ubica en 1500 millones de dólares anuales (recordemos que le sigue Colombia como tercera nación "favorecida" con este tipo de "ayuda" contrainsurgente y antipopular) y cuyas fuerzas de seguridad se aproximan al millón y medio de militares y policías, son más que contundentes: más de 80 millones de habitantes con los que cuenta Egipto en la actualidad, 50 millones son pobres -2,5 millones viven en situación de extrema pobreza- y 12 millones no tienen hogar. Alrededor de tres millones de jóvenes están desempleados. Tiene una alta tasa de mortalidad infantil; aproximadamente la mitad de las niñas y niños son anémicos; y alrededor de ocho millones de personas tienen VIH. Cada año se diagnostican unos 100.000 enfermos de cáncer debido a la contaminación del aire y del agua.(1)
Si a ello le sumamos la intensa represión que se ha asentado como forma de gobierno en todos esos países y ante la cual Occidente opta por taparse la nariz, se puede asegurar que el levantamiento plurinacional es justo y debe ser apoyado por todos los pueblos del planeta. Es importante aclarar que este caso de miseria y opresión se replica en muchas naciones del Tercer Mundo, como Colombia, que jocosamente se autodenominan "no alineadas" pero que en la práctica son bastiones de la potencia hegemónica mundial, y en especial en esa África del Norte o en Yemen, países que representan un alto valor geoestratégico para el movimiento del oro negro y de millones de mercancías del mercado capitalista mundial: por ejemplo, a través del canal del Suez anualmente circula hasta un 7,5% del comercio mundial; también es el destino de turistas que acuden desde todos los puntos del planeta para disfrutar de la variedad de posibilidades que brinda Egipto: cultura milenaria, sol y playa, tranquilidad y excelente atención.
Se despiertan los mansos pueblos, se levanta la dignidad como estandarte pero queda la inquietud vertida en las cabezas de todos: ¿A dónde se dirigen estas revoluciones nacidas espontáneamente y como resultado de años de opresión? ¿El imperialismo mundial se aprovechará de la coyuntura para hacer un movimiento estratégico y alinear a los nuevos regímenes bajo la batuta sionista-imperialista? ¿A sabiendas de que no aparece por ninguna parte un movimiento social fuerte o un partido de izquierda que pueda dirigir estos procesos de cambio y revolución, es posible que pueda ser tomada la dirección por esos partidos burgueses oportunistas que para nada añoran una revolución democrático popular?
Lo cierto del caso es que los pueblos en este planeta estamos tomando atenta nota de todos estos acontecimientos que se realizan en el marco de la crisis económica mundial del capitalismo, de la represión fascista contra el pueblo palestino de parte del enclave colonialista llamado Israel, de la provocación contra Irán y de la amenaza de guerra nuclear; de los cambios revolucionarios en América del Sur, del alzamiento de los pueblos en Europa, del resurgimiento fascista del racismo y de la xenofobia en el mundo capitalista con la construcción de innumerables muros de la infamia y expulsión masiva de inmigrantes, del bloqueo inmisericorde contra la Cuba socialista y en fin, en el marco del escenario de la lucha de clases como epicentro de la revolución mundial.
Queda por verse, como viejo sueño, qué tanto y tan positivamente impactará en nuestra sociedad colombiana estos acontecimientos mundiales que conllevan grandes dosis de esperanza para alcanzar la tan necesaria libertad, bien desconocido en nuestro país, bien que sigue prisionero en las mazmorras de uno de los regímenes más oprobiosos del planeta.
Las fuerzas democráticas y revolucionarias tienen la palabra. Ojalá que dejemos de mirarnos como aldea única y despistada, es decir, ojalá que dejemos de mirarnos el ombligo provincial y alcemos la mirada a la cosmicidad bolivariana, a la oportunidad de unirnos bajo un solo ideal, bajo una única égida de liberación mundial, de suma felicidad planetaria y descorramos todos a una, el velo de aquello que impide que seamos una sola nación planetaria unida por los principios de la sana convivencia, la solidaridad y el respeto a la naturaleza.
(1)Aporrea, enero 30 de 2011
*Álvaro Lopera, corresponsal de “La pluma dice lo que el hombre calla…"
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