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Ante las reiteradas violaciones de derechos humanos, nos queda la esperanza de la lucha

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En el seno de la ONU, cada que hace el show un representante de Colombia, queda un sabor de democracia, un sentimiento de algo bello pues los histriónicos representantes de la tragedia colombiana son lo suficientemente buenos como para engañar a todo el mundo.

Si después de un discurso de Chucky en ese supuesto altar de la democracia, alguien se subiera a la tribuna y se atreviera a hablar de que lo que menos se respira en Colombia es una aire de democracia, lo bajarían a golpes, como se encuentran las cosas en el mundo del revés, por loco o por "terrorista" o por cualquier cosa.

No creo que hayan muchas personas en el mundo que acepten que acá en Colombia se encontró la fosa común más grande de Latinoamérica y quizás del mundo después de la segunda guerra mundial: allí, en La Macarena, se hallaron dos mil cadáveres. No quieren saber de los miles de desaparecidos, cuyas cifras palidecen las que se reportan desde las naciones del Sur cuando las oligarquías por allá en los años 70's, dieron paso al terrorismo de los golpes de estado y a la Operación Cóndor. Los pueblos del Sur cuentan su tragedia y gritan a todo pulmón los cientos de muertos y desaparecidos que esas canallas milicias llevaron a efecto para el impulso del neoliberalismo en Suramérica. Pero no saben esos pueblos y esos gobiernos que aún no perdonan esos crímenes de lesa humanidad, que en Colombia la mera cifra de desaparecidos se acerca a 250.000. Violaciones son violaciones, diría cualquier persona, pero la diferencia la hace nuestra oligarquía, pues acá sigue todo por el camino del terror, es decir, lo vivimos cada día, a cada hora. No hay respiro alguno. No, no nos pueden creer que haya un plan tan macabro. Pues les cuento que sí lo hay y bien acicalado para desgracia nuestra.

Tampoco nos aceptarían, ni siquiera lo conceptúa un amplio sector de la población colombiana, que acá siguen cayendo como moscas pobladores pobres de manos del paramilitarismo, y tampoco nos creerían que el régimen del jugador de póker decidió que ya no existían sus paramilitares sino que por obra del espíritu santo ya sólo perviven las bandas criminales. Tampoco, y para mal nuestro, nadie creería que la bestia fascista se lanzó por campos y ciudades y que sigue asesinando a diestro y siniestro a nuestros estudiantes, dirigentes estudiantiles, campesinos, indígenas, intelectuales, sin cortapisa alguna.

Ahora mismo en el Cauca y Nariño se desataron las furias del ejército colombiano, el cuerpo armado más sanguinario del planeta al servicio de las clases más trogloditas y más histriónicas. Allí, en este mismo instante están ocurriendo las peores masacres y descuartizamientos de los últimos años, y el tal Chucky sigue impertérrito como si nada ocurriera. Y la ONU sigue recibiendo la bazofia de mentiras de estos sanguinarios oligarcas que se visten unas veces de mayordomos, como el tal Uribe, o de jugadores de etiqueta del Jockey Club, como Santos. Acá en Colombia la tragedia se travistió de mentira con el beneplácito de amplias capas urbanas de la clase media, que entre otras ya debería de andar buscando la "Plaza de la Libertad", o por lo menos debería de estar pensando en armar un pequeño movimiento de indignados en asocio con el pueblo, pues existen suficientes argumentos económicos y políticos como para hacerlo.

Este circo sangriento no debería de sostener siquiera un tiempo más su carpa-si pudiéramos quitarle los puntales que lo sostienen-, su mentira mediática, su exagerada e indignante dominación, su opresión insoportable. ¿Será acaso que nos merecemos este abominable tormento? Es el silencio el más cómplice de los elementos de la dominación. Lo hizo bien la oligarquía en estos doscientos años: destruyó el tejido social, acabó con el valor de la solidaridad y con la capacidad de asombro del pueblo colombiano. Para fortuna nuestra quedan algunas capas de la población que resisten. La esperanza no la podemos perder, pues aún subsisten raíces de indignación y acción; por fortuna estos payasos del estado colombiano aún no hicieron completamente su trabajo en el circo, y desde pequeñas grietas de luz se están moviendo masas con grandes tareas a bordo para, de esta manera, bloquear los últimos intentos de sometimiento.

Por eso va a haber un Congreso de Tierras, Territorio y Soberanías, el cual se inicia el próximo 30 de septiembre en Cali. Por eso se prepara el Paro Cívico Nacional y miles de marchas más. Desde todos estos escenarios saldrán luces, así lo espero, para esta oscuridad tan insoportable.

*Álvaro Lopera, corresponsal de “La pluma dice lo que el hombre calla…”

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Actualizado ( Miércoles, 28 de Septiembre de 2011 22:55 )  

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