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Colombia: El fin de la guerra o el fin de la insurgencia

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Matilda Esperanza Trujillo U.Primera parte: ¿de cuál guerra están hablando?

La guerra y la paz han sido tema de la literatura, del cine y de otras expresiones, e igualmente de complejos estudios sociales y políticos, por lo que al retomarlos, se siente una, menos que una pulguita tratando de dilucidar el asunto. Ahora sin embargo, en el contexto de los diálogos o conversaciones entre el gobierno y la insurgencia en nuestra Colombia herida por la guerra, y por el anhelo de paz, son de cotidiana mención.

Desde ese latir, quiero exponer algunas consideraciones y compartir una reflexión, -a la que les invito, sin pretender tener la razón, que prefiero no tenerla. En una segunda parte de este escrito, amplío el tema con cimiente en nuestra historia. Temo caer en pecado mortal, cuando lo que se dice desde la mayoría, es contrario a lo que aquí enuncio, por ello de entrada, me veo impulsada a aclarar que no pretendo tomar postura o cuestionar la búsqueda de una salida negociada al conflicto social y armado, es más, válido un proceso en que dos partes enfrentadas a muerte, se sienten en una mesa a buscar dirimir las contradicciones para allegar a acuerdos que permitan superar, de ser posible, este conflicto. Entonces, al tema: así como en algún momento me pregunté y nos preguntamos, ¿de cuál paz estamos hablado? [1] ahora la pregunta que presento a su consideración es: ¿De qué guerra están hablando?

Y es que, en estos momentos de efervescencia y calor, la cruenta guerra que estamos padeciendo, se ha reducido, como por obra y gracia de un maquiavélico jugador de póker, al conflicto armado, entre quienes vienen cometiendo los más horrendos crímenes, usando y abusando del poder, y entre quienes se vieron impelidos a levantarse en armas para defender sus vidas y sacudirse de esta ignominia.

Un coro, que a mi parecer se va haciendo mustio y vacío, repite sin pausa ni armazón que el fin de la guerra está por llegar, que estamos en un escenario hacia la paz, que nos aprestamos a dar punto final a la guerra, que la guerra como método para alcanzar la paz se encuentra agotada y así proclaman su veredicto: el fin de la guerra y el advenimiento de la paz en Colombia, tras la firma de los acuerdos entre el gobierno y las FARC- EP.

Y yo me pregunto en medio de mi asombro, pero… ¿de cuál guerra están hablando? Cuando a tiempo en el curso de solo siete días que van del primero al siete de marzo, fueron asesinados cuatro activistas o líderes sociales [2]: ¡Por dios!, cuatro vidas de luchadores populares, gente del pueblo. ¡Carajo! Se está continuando el genocidio “lento”, sistemático y perseverante, ahora nos dice la Marcha Patriótica que les están asesinado su gente de la misma forma y manera [3]). Pero eso no es guerra porque ninguno de estos asesinatos es producto del conflicto armado, porque no es producto de combates entre las fuerzas armadas de la república del estado colombiano, y la insurgencia. Eso es aparte, eso nada tiene que ver ¿o sí? Díganmelo ustedes para descifrar el enigma, a este paso vamos a terminar creyendo que el genocidio de la UP, no es un genocidio. Qué desvarío, que atropello a la razón.

Hechos del mismo talante son el pan diario en nuestra Colombia. Vemos en estos días, la denuncia de diversas organizaciones que refieren a una ola de asesinatos, desapariciones, desplazamientos y amenazas contra integrantes de sus organizaciones sociales y de la izquierda en Colombia [4]. U otra comunicación, que me dio la impresión de estar frente a una película, por cierto, de guerra; se trata de operativos acometidos por unidades militares y policiales en un poblado rural del departamento del Cauca: aviones de combate sobrevolando la zona, helicópteros que aterrizan en la cancha de fútbol del centro poblado, uniformados que se dirigen a una casa tumban la puerta y allanan una vivienda, agentes de policía que apuntan sus armas de dotación contra una concentración de cerca de mil habitantes del lugar, hacen disparos al aire, y otros hechos más que bien pueden constatarse en el enlace [5]. Noo, pero, esos no son actos de guerra, que va, pues no se derivan del enfrentamiento entre la insurgencia y el gobierno. Vuelvo a preguntar, ¿de cuál guerra están hablando?

Ahora vienen a envolatarnos la cabeza haciéndonos creer que todo un conglomerado social víctima de un modelo y un estado de terror, se reduce a las víctimas que se derivan de la confrontación armada, eso no tiene ni pies ni cabeza, es un amasijo de carne con madera y chicles USA. Y mientras tanto los reales victimarios revolotean como aves de mal agüero en torno a las víctimas encubriendo su responsabilidad en la sangre por el pueblo derramada.

Siglos que no son de luces sino de estallidos de poder sangriento continúan hasta nuestros días. A mansalva, cobardemente, aplican el terror. Con sus gemidos de dolor latentes Mapiripán sigue clamando justicia y todas las masacres, y los asesinatos, y los niños desnutridos, y los viejos tirados en las calles, y las mujeres pariendo sin comida, y los que sufren los vejámenes en las cárceles, y los que claman sus derechos, y los desaparecidos, y los amenazados y los torturados, y los marginados y humillados, -todas y todos- sujetos de una u otra, o todas las violencias. La oligarquía retuerce hasta la saciedad a un pueblo para llenar sus arcas mal olientes. Es la guerra de los poderosos patíbulos de hambre, dolor miseria y muerte. Ahora mismo y mientras el gobierno habla de paz, el paramilitarismo sigue actuante y sonante en diversas regiones del país. Las cifras que emergen de la Colombia profunda nos revelan la sufriente realidad: El Estado es responsable del 83,3% de las ejecuciones extrajudiciales, del 83,3% de las masacres y del 97,7% de las desapariciones forzadas, el estado encarcela, asesina y acomete grandes violaciones a los Derechos Humanos [6].

De verdad, a quienes tengan a bien o a mal, leer estas líneas, considero que una lógica en la que se asimila y equipara el fin de la guerra, al fin del conflicto armado y en correspondencia directa, que entramos al escenario de la paz por efecto del fin del conflicto armado, es tanto como tirar la antorcha que nos alumbra en esta larga noche oscura. Aseguro que tal concepción no es cosa de desdeñar, no es un decir inofensivo o un exclusivo problema semántico. Lo que se ha puesto en cuestión es una manera de ver y entender los asuntos de la guerra y la paz en la Colombia de hoy. A mi juicio -si aún lo tengo-, se está produciendo un quiebre del ideario, ideológico y político, si de lo que se trata, es de romper las cadenas de la opresión que nos atan a un modelo que rompe en pedazos la democracia y a un sistema que lleva la guerra en sus entrañas. Es en síntesis, una concepción que desfigura la realidad, desconoce la historia y obnubila la razón.

A lo expresado anteriormente se suma otro detallito. En los acuerdos en La Habana se legitima el monopolio de las armas en manos del estado, un estado agresor y el directo responsable de la violencia en Colombia, y al mismo tiempo se deslegitima el derecho a la rebelión, el derecho a la defensa. Bajo esta concepción de la guerra, asumida, por las dos partes –Gobierno y FARC-, lo que se está logrando es sacar de la contienda a la insurgencia, y reducir el proceso de negociación a la desmovilización y el desarme de los insurgentes. En últimas, y aunque no sé matemáticas, se está dando una especie de ecuación así: Guerra = conflicto armado, fin del conflicto armado = fin de la insurgencia. Resultado= y todos seremos tan felices. Si, exagero, quizás así me haga entender.

Para mi perplejidad, la dirigencia de las FARC-EP se alindera con esa cuestionable concepción, es su reiterado decir como pedagogía para la paz: “nunca más volver a la guerra”, a puertas de una firma que anuncia la desmovilización y el desarme de esta insurgencia. A mi parecer, se han perdido en las aguas turbias de su contrario cuando dicen: “Nos asiste la certeza de que al final de este 2016, los colombianos podremos contar con un protocolo de paz que nos permita propalar a los cuatro vientos: Terminó la guerra, terminó la guerra” [7]. Como si la rebelión fuere la guerra y no una respuesta a la guerra impuesta por la clase dominante. Y en consecuencia como si el autor de la guerra fuere la misma insurgencia, -el teatro del absurdo-. Esta concepción en que se asientan las negociaciones entre el gobierno y las FARC-EP, si bien es propicia y responde a los planes de la oligarquía que representa el gobierno Santos, no así, lo es en el caso de la FARC, ya que se vuelve contra sí mismo al deslegitimar el supremo derecho a la rebelión, en una incoherencia incomprensible. Y como esta historia está en desarrollo, nos queda por saber, si ELN y EPL -si le dejan hablar- van a volar con alas libertarias sobre la trampa del jugador de póker y abordar los diálogos desde el sólido tinglado de las justas causas de la lucha que impelen a la rebelión de los pueblos.

Notas:

[1] www.alainet.org/es/articulo/169235

[2] www.prensarural.org/spip/spip.php?article18780   Se trata de dos campesinos –una mujer y un hombre-, un indígena, y un joven  de la juventud comunista: Marisela Tombe, lideresa campesina del Tambo, Cauca (1 de marzo) Alexander Oime, Gobernador indígena de Río Blanco, Cauca (1 de marzo) Klaus Zapata, líder de la Juventud Comunista en Soacha, Cundinamarca (6 de marzo) William Castillo, líder campesino de El Bagre, Antioquia (7 de marzo)

[3] Colombia. Nuevos crímenes contra miembros de Marcha Patriótica: 20 marzo, 2016, kaosenlared.net/colombia-nuevos-crimenes-contra-miembros-de-marcha...

4 Líderes políticos, sociales y defensores de Derechos Humanos lanzan S.O.S al Europarlamento, www.rebelion.org/noticia.php?id=210371

[5] Policía patrulla con encapuchado en Cauca y agrede a la población, Red de Derechos Humanos del Suroccidente Colombiano “Francisco Isaías Cifuentes” / Jueves 24 de marzo de 2016

6] Colombia es el segundo país del mundo en desplazados, detrás de Afganistán. Impresiona: Colombia el país en el que son asesinados el 60% de todos los sindicalistas asesinados en el mundo. Estos  datos y otros más pueden ver en el valioso escrito  de Azalea Robles: “La planificación del terror y la estrategia de confundir”, rigurosamente documentados.

[7] Rebelion. La ruta de la paz https://rebelion.org/noticia.php?id=209609

____________

Segunda parte: La guerra, pasado y presente de nuestra historia

En la Colombia de hoy, la paz y la guerra se enredan en las telarañas de las palabras. Las conversaciones entre el gobierno y las FARC-EP, se deslíen en un entretejido de finísimos hilos que terminan afianzando la ponzoña urdida por las élites gobernantes: aplastar la rebelión. Se va acatando y admitiendo que los hombres y mujeres que en legítimo derecho a la rebelión se alzaron en armas contra el opresor, son los delincuentes y los criminales y que quienes han ejercido la más brutal violencia sobre el pueblo, son los paladines de la paz y la democracia.

Leyenda negra española. Litografía del holandés Theodor de Bry (15281598)

Entonces y para no condenarnos por la fiebre del olvido, hemos de recordar nuestra historia. La historia nos entrega las claves para descifrar la guerra que hoy vivimos, la manera como ha sido ejecutada, el autor de esta guerra, la forma en que se conectan y se relacionan los hechos y otros enclaves más. Lamentablemente no pudiéndome extender en ella, algunos trazos contribuirán a develar esos enclaves.

Desde el mismo comienzo de la llegada del invasor español, hace más de 500 años -cuando nuestros ancestros raizales no sospechaban la guerra que les esperaba- se urdió desde el llamado mundo antiguo, el avasallaje, el sometimiento y la más cruel barbarie que dio inicio, a esta historia de sangre, dolor y sojuzgamiento que hoy vivimos. La búsqueda de oro y plata fue el motor central de la conquista. Y así empezó la historia de las infamias, del saqueo y el despojo de nuestros territorios.

Los relatos de la gran obra de Fray Bartolomé de las Casas, sobre la destrucción de las Indias [1] así lo confirman: “Entraban en los pueblos, ni dejaban niños y viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban y hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las entrañas”. “…que hacían unas parrillas de varas sobre horquetas y por debajo fuego manso, para que poco a poco, dando alaridos en aquellos tormentos, desesperados, se les salían las ánimas…”.

¡Qué terrible!, y he aquí de notar las coincidencias entre el cruento y brutal comportamiento del invasor español, en que los hechos mismos de sangre, las características y las motivaciones de estos actos, son en demasía o que iguales a las atrocidades cometidas en la Colombia de hoy con el uso de moto sierras, cuando juegan fútbol con la cabeza de un líder campesino, con los hornos crematorios y otros métodos del horror, es de asociarlo con la pavorosa declaración de un paramilitar refiriendo los descuartizamientos y torturas, acaecidas en la cárcel modelo: Primero, le metían corriente a la gente, el que no moría en los tanques de la corriente, los sacaban y los desaparecían en canecas de aguamasa*, los picaban o los ahorcaban, envenenados o acuchillados” [2].

El mismo Fray Bartolomé de las Casas en su extenso relato y siguiendo con la historia anota: “De aquí comenzaron los indios a buscar maneras para echar los cristianos de sus tierras: pusiéronse en armas, que son harto flacas e de poca ofensión e resistencia y menos defensa (por lo cual todas sus guerras son poco más que acá juegos de cañas e aun de niños); los cristianos con sus caballos y espadas e lanzas comienzan a hacer matanzas e crueldades extrañas en ellos”.

Fue así, como reaccionaron nuestros ancestros nativos para defenderse del agresor, enfrentar al opresor, al bárbaro tirano, e impedirse vivir como si fuesen animas del infierno en continuo padecer. La historia nos constata que la rebelión, es un acto de defensa legítimo, que deriva o es efecto de la guerra ejercida sobre los pueblos por las castas dominantes. Un texto de Galeano en las venas abiertas dice: “Los indígenas fueron completamente exterminados en los lavaderos de oro, muchos otros se anticipaban al destino impuesto por sus nuevos opresores blancos: mataban a sus hijos y se suicidaban en masa”. En tal caso ni opción a rebelión, lo que en consecuencia no devino en un enfrentamiento armado, entre el agresor y los agredidos, ello no significa, que no hubieren sido sujetos de esa guerra y no fueren víctimas de la misma.

Rebeliones, levantamientos, alzamientos, que hasta lágrimas nos harían saltar, son los pasajes sobre la resistencia de los negros traídos de África como esclavos un siglo después de la llegada del invasor. Desde los primero días de su llegada lucharon por su libertad, -una historia ocultada y silenciada-. La primera sublevación de negros del nuevo mundo se produjo en Santo Domingo. En adelante seguirían otras insurrecciones en América.

Ha sido la rebelión la más cara exigencia de la guerra “buscando la salvación” y hasta quizás el paraíso perdido, donde no existan tierras arrasadas, saqueadas y apropiadas por unos miserables poseídos por la codicia y la maldad. No es la rebelión la guerra misma, sino la respuesta legítima de los pueblos al abuso, a la humillación y al sojuzgamiento.

Especial aparte merecerían la insurrección de los comuneros y las gestas libertarias al mando de Simón Bolívar. Que yo sepa siempre los rebeldes, los que insurgen, los que se alzan en dignidad, han sido los desarrapados y desposeídos de la tierra, jamás se ha visto en la historia que los poderosos fueran las víctimas de los rebeldes. Acercándonos un poco más a nuestros días, constataríamos la indolencia y alcances de la oligarquía Colombiana con la masacre de las bananeras [3] cuando el ejército Colombiano siguiendo el designio de la United Fruit Company (hoy es la temible multinacional denominada Chiqita Brans), abrió sin conmiseración alguna, fuego contra los hombres, mujeres, niños, viejos, que en la estación protestaban. Habría que recordar igualmente uno de los episodios más inefables de nuestra historia, la guerra civil no declarada de los años 40 y 50, conocida bajo el nombre de la Violencia en Colombia, un conflicto devastador y sangriento, que confirma la continuidad de la guerra encarnecida de quienes tienen el poder. Aún están frescos los relatos de la misma indolencia de la oligarquía colombiana con el magnicidio del caudillo del pueblo Jorge Eliecer Gaitán en 1948 durante el gobierno de Mariano Ospina Pérez.

En las últimas décadas, una política oficial encubierta, orientada por el pentágono, configura la cruenta guerra que hoy vivimos. El terrorismo de estado se enquistó a lo largo y ancho del territorio nacional, prolongando el fatídico hilo de sangre que ha recorrido nuestra historia. Se ha venido develando que trasnacionales, potentados, ganaderos, gremios, empresarios, y otros de la misma calaña, han instigado, y financiado el paramilitarismo.

Como en los primeros tiempos históricos, el Estado oligárquico colombiano, ha acudido de forma sistemática e ilimitada a la violencia, llenado nuestros campos y ciudades de las más funestas desventuras, ha hecho de la guerra sucia un modus operandi. Por los cuatro costados van apareciendo asesinados, líderes políticos, sociales, defensores de Derechos Humanos, campesinos, indígenas, gente del pueblo. En Colombia se cometen el 60% de los asesinatos de sindicalistas que ocurren en todo el mundo, las aspiraciones democráticas son cercenadas, la represión y criminalización de la protesta social es su consabida carta, desaparecidos, masacres, corrupción, y los otros demonios que nos atormentan.

Que todos somos responsables de todo, dicen, pero que yo sepa, hay unos claros responsables en la brutal operación Orión [4]. Si hay un responsable de la guerra que se vive en Colombia, es ese estado, esa oligarquía, esa, la casta dominante de todos los tiempos. No hay otra lógica que al menos yo, pueda esgrimir: el que genera la guerra, la ejerce y la desarrolla en contra de todo un pueblo, es el que debe dejar de hacerla. La guerra no se acaba porque la insurgencia deje las armas y se desmovilice, ni incluso se acaba porque los dos contendores concluyan el enfrentamiento armado, pues la guerra es más que eso.

Es al estado colombiano y a la casta en el poder, a los que se les debe exigir dejar las armas –que son más que armas- es toda una parafernalia bélica y métodos de terror aplicada mediante su ejército legal, y su ejército ilegal. Quienes pueden dar fin a la guerra no son precisamente quienes se defienden de la guerra, valga la redundancia, o, pregunto: es que ¿acaso la guerra se acaba por no rebelarse contra ella? ¿Acaso a un pueblo que acusa muertes por desnutrición y hambre, y al que están matando a física bala o moto sierra, no tiene derecho a defenderse porque eso es criminal y denigrante? Que se queden quietos, que no digan nada, ¿Eso es lo que quieren? Si la oligarquía en nuestro país no quiere la herejía subversiva, ni que un pueblo se alce en rebelión, entonces es a esa oligarquía a la que le corresponde dejar de hacer la guerra. Si no quiere marchas, protestas, movilizaciones, huelgas, paros, entonces no atente más con sus políticas neoliberales y su atropello inclemente a los derechos y a las justas causas de las mayorías vilipendiadas y oprimidas.

La rebelión es un efecto de la guerra y no su causa. En las conversaciones que se llevan a cabo entre el gobierno y las dirigencia de las Farc, las dos partes han asimilado la rebelión a la guerra misma. -ver primera parte de este escrito [5]- Invertidos los términos, la guerra asestada contra el pueblo ha quedado ocultada, soslayada, si no eximida de toda culpa y la rebelión condenada al escarnio público y a otros 100 años de soledad.

Notas

[1] Sobra hablar de esta gran obra conocida ampliamente, lo que sí quiero anotar es que tan ínfimo texto de allí tomado, es pálido e inocuo, frente a los sucesos narrados desde el testimonio vivo de la época, que al leerlos, da la impresión que dejaron la impronta de la manera de ser y actuar la casta en el poder en el curso de nuestra historia.

[2] https://www.rcnradio.com/audios/estremecedor-relato-exparamilitar... Esos pavorosos hechos de la infamia en este país y que deberían hacer conmocionar a todo Colombia, pasan en las cárceles regentadas por el Estado colombiano, y pasan, como si aquí no pasará nada, como una noticia más. Así tantas, leía en estos días una sentida comunicación que precisamente reclamaba sobre ese silencio: Indignante no puede triunfar la impunidad, Prensa Rural

[3] La revuelta popular no se hizo esperar y el gobierno arremetió con sus fuerzas armadas. El pavoroso saldo en pocos días, más de 3.000 personas muertas o desaparecidas y las cárceles atestadas de gente

[4] http://observadoresddhhyparapolitica.blogspot.fr/search?q=la+operaci%C3%B3n Fueron más de 3.000 mil hombres entre Fuerza pública y Paramilitares lanzados en una operación de guerra total contra la población civil.

[5] El fin de la guerra o el fin de la insurgencia. ¿de cuál guerra están hablando?

Matilde Esperanza Trujillo Uribe* para La Pluma, 5 de abril de 2016

*Matilde E. Trujillo, Educadora e Investigadora Social

Artículos de Matilde E. Trujillo Uribe publicados por La Pluma



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Actualizado ( Miércoles, 06 de Abril de 2016 18:13 )  

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