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El miedo, actual jefe de debate de las campañas oligárquicas colombianas

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siririDa grima ver a nuestra izquierda enfrascada en quisicosas de la política burguesa. A estas alturas de la opresión centenaria, no hemos podido hacer un análisis de la situación concreta que nos lleve a actitudes de hondo calado revolucionario.

Que si Uribe vuelve al poder, como si hubiera salido de él. Que si Santos representa la paz, como si hubiera aceptado eso tan simple que se llama cese bilateral del fuego. Que si Uribe con su monigote vuelve a chuzarnos a todos, como si Santos no lo estuviera haciendo permanentemente con su "Andrómeda" y sus escuadrones cibernéticos.

Que si el asesinato permanente de nuestros dirigentes regresará con Uribe, como si Santos no lo supiera hacer tan bien como su maestro caballista. Recuerden, cuando salió a la palestra política la Marcha Patriótica, quién dio la orden de exterminio; pues ni más ni menos fue la ahora eximia paloma de la paz que despacha en la Casa de Nariño. En su haber van 48 asesinados de este movimiento. ¿Se equivocó la paloma? ¿Creyó que el mar era el cielo?, como en la canción de Juan Manuel Serrat. Tal vez ni siquiera alcanza la categoría de buitre.

Los muertos de este ancho país en zonas de conflicto o no, son daños colaterales en el mundo arquetípico del fuero militar del ahora presidente que se enorgullece de que Colombia pueda ser la Israel de América, como si desconociera que ese país de sus amores es una nación paria, que ha cometido los más horrorosos crímenes de lesa humanidad con el pueblo palestino y debido a ello es odiada por todos los pueblos del mundo. ¿Quién a estas horas del partido le quita al pueblo colombiano de su memoria el sorpresivo brindis que hizo Santos cuando volaron en pedazos al mono Jojoy y cuando le avisaron de la muerte de Cano, uno de los padres del ahora diálogo de paz de la Habana?

Ese jefe de debate saca del sombrero mágico, a cada rato, historias para apuntalar la supuesta campaña electoral que nos llevará, con el gobierno elegido, a un mundo mejor. Que miren lo que sucedió en Alemania con el ascenso de Hitler, que miren el no haber apoyado el pueblo colombiano a ese Gaitán que en 1946 se alzaba contra la rancia oligarquía colombiana de entonces. Hitler llegó al poder, no tanto por la maquinaria Stalinista que no apoyó la alianza electoral alemana de los comunistas con los socialistas, sino porque el imperialismo norteamericano e inglés habían definido quién se alzaba con éste y para ello los trusts yanquis, alemanes, ingleses y franceses, invirtieron sus capitales para apuntalar a la bestia nazi en contra de ese mundo nuevo socialista que se estaba creando y recreando allende las fronteras germanas. Y esa falsa neutralidad de las grandes potencias, salvo la antigua Unión Soviética, ante la guerra civil española iniciada el 18 de julio de 1936 en donde Hitler y Mussolini participaron extensivamente al lado de Francisco Franco, demostró hasta qué punto son ellas determinantes en las cuestiones nacionales.

Tampoco el fenómeno venezolano puede traerse a colación como una muestra histórica de la potencialidad de hacerse algo desde las elecciones, puesto que en mi país estas siempre se han definido de antemano y, además, el aparato electoral es una corruptela que se encuentra en manos de los mismos que ahora se disputan la presidencia a dentellazos, sin que la "izquierda democrática" haya jamás tenido participación en él. Camilo Torres nos dejó una frase de batalla, una imagen, de muchas que lanzó al espacio político colombiano, cual fue: "Quien escruta, elige". Ahora, cuando miles de compatriotas son llevados a las urnas a sangre y fuego, cuando los familiares de la soldadesca colombiana, que son cientos de miles y cuando la iglesia y todos sus feligreses se mueven como una de esas olas de las barras bravas en los estadios, considero que la izquierda colombiana ya debería de haber racionalizado lo suficiente el debate electoral para tomar la decisión estratégica de agitar constantemente el cotarro político con la abstención consciente y con la movilización, hasta tanto el aparato electoral y las elecciones sean un acto limpio y podamos asistir a ellas como hacen los católicos cuando van a sus misas: en santa paz.

Poner a empujar el carro de uno de los candidatos del circo electoral a nuestro empobrecido y martirizado pueblo, es un acto de irresponsabilidad no solo para con éste sino también para con la historia. Votar con fuerza moral no es suficiente, pues nadie garantiza, siquiera, la contabilidad pulcra de nuestro voto. Es que recordemos que el grito que emitamos aclarando que no votamos por Santos sino por la paz, no cuenta en los futuros actos de gobierno ni en las mismas elecciones.

William Ospina se atrevió a lanzarse al ruedo del enardecido debate que se cumple al ritmo de ese miedo impenitente y le fue muy mal, pues se atrevió a decir una verdad a medias, al dejar en el limbo la parte final de su escrito, la cual tenía que determinar con más fuerza puesto que a la contraparte, que ahora disputa ese pedazo de la torta del poder, esto es, la lumperburguesía asociada a los matarifes uribistas y a tipos como el hacker Sepúlveda y los neonazis de la Alianza Nacionalista por la Libertad, les gusta el olor de la sangre, siempre y cuando sea la del pueblo.

Ospina no puede ser tildado con los anatemas de ese otro pequeño burgués fascistoide de Abad Faciolince, porque en su escrito contra el primero primó más la envidia que la denuncia. La pluma de Abad jamás alcanzará la alcurnia de la de Ospina, y por ello nunca tendrá más reconocimientos que los que le hacen acá en la provincia. Pero se apoya en el pánico que genera el fascista ordinario de Uribe, para arremeter contra su antípoda en la calidad escritural, en la majestad del decoro literario. Y así está el país. Nadie cayó en cuenta que el corto escrito avizoraba la amenaza de votar cerreramente por el amante de la guerra desde las altas esferas rolas, pero tampoco invitaba a votar por la caterva fascistoide del uribismo. Perdió amigos, perdió seguidores que parece que tuvieran la última palabra en esto de las elecciones, y que para mal de todos, a nadie le otorgan la palabra.

Cuando el hijo de Estanislao Zuleta saltó al cuadrilátero, porque no se puede llamar de otra manera el avispero que se ha armado en el campo de los atemorizados, para maltratar a William Ospina y amenazar con jamás volver a leerlo, y para dictar clases de historia patria con el ejemplo de su padre, pues olvidó que las palabras que trajo a colación de Estanislao cuando fungió como uno de los representantes de un organismo internacional ante los diálogos que se estaban realizando con el M-19, fueron absolutamente inocuas para el devenir posterior. Eso de aceptar la tal democracia imperfecta antes que la guerra, en este país no aplica, en tanto lo único que existe es un espejismo de democracia. Esta "imperfecta democracia" no cumple los mínimos estándares de una democracia burguesa típica.

El análisis concreto de la situación concreta nadie lo está haciendo y ello nos puede llevar a grandes desentendimientos futuros, esto es, más de los que tenemos ahora y que son tan enormes, que la derecha llora, pero de alegría, cuando los ve pasar a caballo por su casa. El MOIR, es decir, la derecha democrática que vocifera una "férrea" posición antisantista, también invita a la abstención o al voto en blanco, pero la intencionalidad de ese movimiento es distinta, aunque confluyamos en alguna de las opciones planteadas por ellos.

Esta derecha, que no sé por qué razones aún el pueblo la tiene como una izquierda democrática, busca, ni más ni menos, que generar más pánico, pues para ellos la opción mejorada es Uribe, y los últimos hechos políticos así lo demuestran. Para el MOIR nunca fueron temas de importancia ni la parapolítica ni el conflicto armado, puesto que cuando estos se cruzan por el escritorio de Robledo, este los coge con guante de seda y los arroja a la basura. Este senador que representa lo más granado de ese movimiento anteriormente de corte maoísta, es una figura dedicada a lo representativo de ese tipo de política bien, de esa política correcta a los ojos de la burguesía: a vivir de ella y a defender los intereses agrarios de los cafeteros, sector de donde nace su fuerza electoral. Y ese mundito ha sido acompañado por Uribe sin levantar muchas ampollas.

El gran enemigo a derrotar, para el MOIR, es la insurgencia, pues todo indica que ellas son las "responsables" de la catástrofe de su "burguesía nacional", sector que solo se encuentra en la virtualidad, en la nube del pensamiento abstracto de ese movimiento que se mece, a su vez, en la nube de la política correcta y disciplinada. Nunca me atrapará un discursito de denuncias vacuas sin trasfondo de movilización, sin vida más allá de la figuración que usualmente hace Robledo en ese congreso, con presentaciones altisonantes y debidamente televisadas.

Cuando Samuel Moreno en Bogotá hizo lo que todos sabemos, a Robledo nunca se le ocurrió hacer una autocrítica como uno de los dirigentes del PDA, ni tampoco a Carlos Gaviria, pues en todos los discursos decía que estadísticamente ese era un caso que representaba nada ante el ejército de casos de la Colombia golpeada por la corrupción de la derecha. Y punto. Ello era suficiente para haber sido descalificado por una amplia gama de colombianos críticos

El comandante de las Farc, en un escrito muy contundente con fecha 27 de mayo[1], llamó vehementemente al voto en blanco o a la abstención y afirmó sin temor alguno, que ninguno de los dos candidatos era garantía de nada. Y terminó insistiendo en lo que siendo de perogrullo político, ahora parece que no se viera por ninguna parte: que la movilización y la lucha eran las únicas garantes de alcanzar los objetivos de la paz con justicia social. Y pregunto: ¿quién puede garantizar que unos meses después, y dependiendo de los intereses del patrón imperialista, Santos no le dé una patada a la mesa de los diálogos, y todo quede en una burla más? Nadie lo garantiza, pero parece que el mero hecho de votar por él es todo un exorcismo antiuribista.

Ahora, para mal de todos, pasamos por el síndrome de Estocolmo, pero éste, social: el bárbaro neoliberal, que viene de manejar al ejército de los falsos positivos en el gobierno que ahora nos aterra que vuelva a repetirse, que llenó de cadáveres el país tras las marchas agrarias, que encarceló y vejó a miles de compatriotas, presos políticos y sociales, en sus cárceles tenebrosas, que amenazó con expulsar a la comisión de derechos humanos de la ONU en julio del año pasado por haber denunciado el exceso de fuerza del ejército en el paro del Catatumbo, que nos premió con la ley de seguridad ciudadana y con el azaroso fuero militar, y que nos tuvo estos cuatro años sometidos con ese paramilitarismo urbano que no lo ha tocado con el pétalo de una rosa y con el extractivismo aterrador acompañado de masacres y desalojos violentos, es ahora nuestro héroe ante el anuncio de las trompetas de los uribeños.

No cuenten con mi voto. En la calle nos veremos, o no sé en qué escenario, pero no en el electoral.

Álvaro Lopera Uribe, especial para La Pluma, 13 de junio de 2014

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Álvaro Lopera: Ingeniero químico. Editor de El Sirirí Insomne, Colaborador de La Pluma.

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Actualizado ( Sábado, 14 de Junio de 2014 13:29 )  

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