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Palestina: aparta de mí este cáliz

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Hay hombres, que ¡ay!

Rememorando a Hernández y a Vallejo, y recordando sus dolores de humanidad, no dejo de pensar en la tragedia humana. Pólvora a borbotones le impide a mi nariz respirar con holgura. La muerte y el terror se tomaron por asalto la casa de la cordura. Mueren a granel, silentes y estremecidos, cientos, que serán miles, en la tierra de Palestina.

¿Ah, y el silencio? Que se entienda que estamos en otra época, en la de morir en silencio, que no hay naciones sentadas, por allá en los recovecos, si no es tomando nota de cuántos muertos aumentan. La ley del humanismo ha muerto en las altas esferas, se impone solo el cuartel, de todos los facinerosos.

¡Qué muere un pueblo, hombre! Pero si a nadie le importa. ¡Que le revientan a bombas! Pues por acá se soporta. Que ha muerto el derecho de gentes, el derecho internacional, y miramos a otra parte. Que la ciencia tiene que inventar, aún armas de muerte, que no se puede parar, la investigación por un pueblo.

Tienen derechos los judíos, de buscar a Yahvé en los muertos, pero en los muertos de otros pueblos. Que los sionistas son buenos, que los terroristas son malos, que los asesinos duermen donde allá los bombardeamos. Que un borde protector, nos protegerá de ellos; ¡pero si los están matando! Mejor, así descansamos de ellos. ¡Qué ellos tienen derechos!, ¡pero si no había pueblo! Que vivan los valientes que desde el aire masacran, que cualquier esperanza, con bombas, con su sapiencia la aplastan.

El mundo asiste callado, al banquete de Goliat: va a devorar a David, va a destruir su suelo. El mundo asiste contento, al destierro de una raza, a la destrucción de un pueblo. Que hoy murieron setenta, que ayer solo fueron 5 que andaban en la playa jugando. Pero solo eran niños, qué importa, mañana serían bandidos, la ley nos lo permite, desde el alba hasta el crepúsculo. Nada nos detiene, y por el contrario Europa aplaude. No se merecen siquiera, un minuto de silencio. No se merecen nada, son una sarta de yerros.

Desde la barrera asoman, caras frescas sin saberlo, pero ellos siguen minando la tierra de Palestina. Allí siguen muriendo, sin siquiera un buen recuerdo. Hombres, mujeres y niños caen en el ruedo de los intereses nefandos, de las oscuras potencias. Que ancianos también mueren, que paralíticos caen, pero a nadie le importa, solo a unos cuantos pueblos.

El asesino se pasea, después de haber masacrado un rato, después de haberse divertido con sus bombas inteligentes, que matan lo que se mueva, que hieren la tierra ajena. El mundo informado asiste, al funeral de todo un pueblo. Desde las cámaras instaladas, vemos al monstruo asesinar, y desde la barrera a miles aplaudir, pues los sionistas se defienden y no solo con rezos; vemos a un Consejo de Naciones apenas discutir, si el avión que cayó en Ucrania, y sus trescientos muertos, fue causado por fuego amigo, o era tan solo del enemigo. Cientos de muertos en una playa, que no requieren de entierro, cientos de muertos en Ucrania, para empujar otra guerra; los primeros, no importan, son palestinos, ese pueblo que vivía en paz, junto a sus cabras y campos poblados de aceitunas, pobladas de viñeros.

La muerte tiene su sello, mata a hombres de importantes naciones, que originan un duelo. Pero también se ensaña contra quien nadie respeta. La muerte tiene un sello de clase, y apaña los malos intentos, de las naciones, de los hombres que como Atila ahora matan, se llevan sin remordimientos, a toda una raza, a todo un recuerdo.

Sobrepasan los cuatrocientos, en apenas dos semanas; pero si falta mucho, tienen poder de fuego; están matando terroristas, con rostros de niños buenos, pues Ayelet, con rostro tierno, parlamentaria sionista, ha ordenado el fuego: que hay que matarlos en el vientre, a las pequeñas serpientes, que siembran el odio en la Tierra Prometida. Y con cara de poco sufrimiento, Ayelet Shaked, ha aplaudido el genocidio de ancianos, mujeres y niños, que Yahvé aprueba en silencio. Que no son hombres los que caen, si no apenas serpientes; medusa del mal, con rostro de ángel, es lo común en el bando de los que gozan matando, asesinando niños inermes, que solo esperaban el sol para salir tras un balón, a hacerle goles al viento.

Que el ejército que asesina es moral, que solo apuntan al blanco de los terroristas, que tan solo han "asesinado" a un hombre que alimentaba las tropas, allá en la frontera inane, cerca del muro siniestro. Pero nos hemos cobrado 400 o 500, por esa muerte que lloran, millones de judíos fieles. Pues pesa más un hombre sionista que todo el peso de un pueblo. Que nada tiene que ver ese Hitler que ordenaba la muerte de cientos, cuando un soldado alemán caía en las redes de los partisanos. Nada tiene que ver, nosotros somos mejores, ese mataba a cien, por un valioso soldado, nosotros mejoramos la cifra, nos cobramos cuatrocientos, sin importar quién muera.

Los hospitales de Gaza, más parecen un remedo, de cementerios sin fosas, de hoscos lugares de muerte. Las bombas de Israel no respetan ni a los muertos, los matan dos veces, para aplastarles el alma, para borrarles el cieno, el pantano de su resistencia. El ejército "moral" que asesina, impenitente a un pueblo, de campesinos viñeros, de aceituneros sin pausa, simplemente no lo es, porque cuando un dardo dispara, con explosivos adentro, en la región más densa, mueren hombres y mujeres, de todas las edades y colores, sin respetar el espacio, que minutos antes tenían, como refugio del alma, como refugio ante el miedo.

Bombas inteligentes para un ejército "moral", cargadas con uranio que penetra hasta los huesos, que contaminan las aguas, que contaminan el cielo; cargadas con metales, para probar una teoría que unos físicos sionistas, uno que otro día, discutían si era posible que ellas partieran a un hombre, cual si lo hiciera una motosierra, con mejores resultados. En los laboratorios de guerra, una y otra vez investigaban, se reventaban el seso, con sus colegas europeos, con sus colegas yanquis. Y los pobres perdían el sueño, con semejante reto humano.

Ahora en televisión, y con las cámaras en los tanques, degustan esa visión de cadáveres destrozados, como si hubieran sido partidos con una cizalla caliente. Quedaron miembros acá, cabezas del otro lado, todos, todos mutilados. Eureka, lo hemos logrado, y ahora nuestro gobierno, mejorará sus caudales, y los ejércitos del mundo, nos tendrán como a unos héroes, así los pueblos nos acusen de villanos: ¡Viva la tecnología, vivan nuestros éxitos!

Ya pues nos adentramos, en esa Gaza terrible, poblada de fieras hienas. Ya matamos la vida, ya jamás volveremos a ver a ese terrible Hamás, que con sus pequeños fuegos, impedía nuestro sueño. Ya vamos a sembrar, de casas y edificios, la tierra que nunca fue de ese pueblo guerrero. Y tendremos los apoyos, y tendremos los silencios de Rusia y de esa China, que con sus juegos al viento, solo atinan a entonar cantos de guerra muertos, solo para posicionar sus más letales yerros, que después les costarán, unos que otros ayes. Pero nunca sufrirán, estoy seguro, más que Stalingrado o Gaza.

Y contaminamos sus aguas, y robamos las buenas, pues somos el pueblo de la Tierra Prometida, que con la bendición de Dios, matamos, robamos, saqueamos, tomamos, incineramos, experimentamos, violamos, nos apropiamos, y cultivamos, gracias a Dios, una cultura democrática, ya sin contar con las bestias de dos patas, las bestias palestinas, las bestias árabes. Por fortuna en nuestras escuelas nos enseñan la verdad, la verdad desde las Escrituras, bellos libros de ese Dios que también en un arranque de ira divina, dejó solo escombros en Sodoma y Gomorra. Repetimos lo mismo, así nos tilden de malos, los mismos, los habitantes de esa Sodoma que solo espera la redención. Somos los buenos y de ello pueden dar razón los pueblos: en Colombia estamos apoyando una guerra santa contra las hordas comunistas, ah y estamos vendiendo bien, camionados de armas, ya probadas en Gaza, ya ensayadas en Cisjordania. También les creamos cuerpos con nuestro Yair Klein, de famosos paramilitares, que barrieron del mapa, millones de campesinos que sembraban la tierra: ¿y a quién le interesa eso? Comida hay en toda parte, de eso que no haya duda: Monsanto la traerá, o Cargill, o Dow, o Syngenta. No se preocupen por comida, que representamos a las transnacionales, que tienen todas las semillas, que abonan a lo lindo el campo.

También caminamos por Nicaragua, apoyamos a la contra antisandinista, y matamos a unos cuantos, que se oponían a nuestro norteño aliado, a ese impetuoso imperio que todo lo ha aplanado. También hicimos una fiesta en El Salvador divino, por allá en los años ochenta- ¡ah sí somos internacionalistas!- y allí nuestros fusiles probaron su poderío: miles de comunistas cayeron bajo nuestras balas, nuestros asesores, nuestros militares con caras del buen Moisés. En Paraguay, Argentina y Chile también estuvimos barriendo comunistas, y nos montamos en las alas de ese cóndor libertario que liberó a Chile del peligroso Allende; limpiamos pues el mundo, de qué nos pueden acusar, de qué nos acusan. Apoyamos a Botha, en la trágica Sudáfrica, que recuperaron los negros con ayuda de esa Cuba que odiamos desde muy dentro del alma. Pero fue culpa de ellos, no nos recibieron las armas, las nucleares bellas, las exóticas nirvanas, que exhalan nubes radiantes de fuego cual Zeus padre, las mismas que hubieran detenido la estrepitosa caída, de ese apartheid del alma.

Somos hombres cargados de proezas, si no fuera por nosotros, ¿en qué andaría La Tierra?

A lo lejos muelen hombres, niños que nunca crecieron, más allá de sus penas, más allá de sus tormentos. Pero a nadie le importa, ni tan siquiera merecen, una reunión del Consejo, una Asamblea urgente. Desde mi cama solo miro, la tragedia de La Tierra, no es a un pueblo que aplastan, no es a Gaza que eliminan, es a la bondad del humano, al amor de otros seres que sufren, sin poder de sus miedos salir, de su horror saltar.

Se requiere una sola acción: asaltar el cuartel de la mentira infernal que desde el aire de la BBC, del New York Times, del Washington Post, desde la voz de Francia, desde Caracol y RCN nos venden, y mostrar el otro rostro, el del asesino invasor que desde 1948 extermina y corre a todo un pueblo, roba, asalta y ensaya, para su bien y para mal de todo un planeta, que, a este terrible legado, es bien ajeno.

Tomémonos todos los territorios de esta Tierra que se hace tan lejana, y contemos la historia, no del Yahvé asesino que dio a los asesinos el argumento de muerte; contemos la historia humana, la de los pueblos, la de los negros esclavos, que aún siguen muriendo, y que la mentira apaña.

Levantémonos de las tumbas que nos cavaron los medios, pero no como zombis, luchemos sin armas en duelo. Vamos por la conciencia, vamos por el denuedo, que allá en Gaza muere, muere todo un pueblo, que somos nosotros mismos que con nuestra cobardía y silencio, morimos con nuestros miedos, de liberarnos de la atalaya que asegura la dominación de todos. Arrojemos ésta al mar, destruyamos nuestra complacencia con el asesino que barre ahora a todo un pueblo y con sus aliados que contentos, miran cómo a la cobardía de todos, le han puesto un nombre: prudencia, y dos apellidos: neutralidad y silencio.

A denunciar donde haya un solo hombre pensante, a no dejar dormir al perverso, que nos arrancó nuestra dignidad, nuestro ser de hombres buenos, ese ser que reaccionaba ante cualquier atropello. Que Gaza no quede como una estadística más de las miles de guerras que se dieron, de las miles de guerras que se darán, al son de los tambores de la avaricia imperialista, de las hordas del capital y del espanto de millones de seres simplistas.

Dignidad, dignidad, clama ese pueblo. Desde la dignidad, gritan los hombres libres y escupen la cara atroz del fascismo ordinario de Netanyahu, Obama, Hollande, Merkel y de toda esa pléyade de asesinos, representantes del desremordimiento. Ah, y también sacuden con sus gritos, la actitud de esa lejana Asia, que mucho rato ha, que se le metieron por su trasero patio sin saberlo, y que van por ellos, pues vienen por todo.

No sea que cuando la guerra, la última que se encienda, que sería la última, no tengan ellos quién los proteste, no tengan quien los acompañe, no tengan quién les haga un duelo. Siento como si Franco hubiera resucitado en España, y todos a una se propusieran ayudarle, a pesar de las mazmorras, a pesar de tantos muertos, que ni registrados quedaron en la historia, cuyo polvo se lo llevó el viento.

No creo que eso suceda, con este crimen en Gaza. No creo que los pueblos dignos, permitan esa oscura baza, que ahora los siniestros quieren jugar, sin apego a la verdad, por encima de esa raza.

Álvaro Lopera Uribe, especial para La Pluma, 20 de junio de 2014

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Actualizado ( Lunes, 15 de Febrero de 2016 01:38 )  

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