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Colombia: ¿Pueblo “mamado” de la polarización?

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reinaldo-spitalettaBisDecía el historiador francés Jules Michelet que el pueblo no puede ser abarcado por las estadísticas ni por los economistas, ni suplantado por los políticos. ¿Qué es el pueblo? ¿Y qué lo popular? ¿En qué sentido es popular el Quijote? Tales conceptos, tan llevados y traídos, tan estudiados e ignorados, sirven de comodín para políticos (sí, también “parapolíticos”), economistas y a todo al que bien tenga.

 

Lo popular, en ocasiones, se refiere a las clases más pobres, desahuciadas por la fortuna; a los sin tierra, sin casa, sin educación.  A los que, por sus circunstancias, sirven de “carne de cañón” o son aquellos de los cuales —ah, sí, los políticos—  se acuerdan en tiempos de comicios. En otras instancias, se refiere a lo folclórico, a lo menos elaborado, a lo que circula y se vuelve paisaje.

Hay una polisemia de los sentidos de lo popular y el pueblo.

Según Néstor García Canclini, se trata de una construcción ideológica. Y, en otros campos, de una medición en asuntos de la sociedad del espectáculo. Pura cuantificación. Así, como se ha dicho en otros ámbitos, ser popular no es tener la verdad o la razón. Tampoco es estar atiborrado de cualidades. ¿Qué se puede decir, entonces, de un video tan “popular” en las redes sociales como el mediocre Despacito? Lo popular también se ha confundido con la vulgaridad, con los modos de la chabacanería y el facilismo.

Puede ser que los términos, con sus significaciones y alcances, se hayan envilecido. ¿Cómo puede ser popular, por ejemplo, un político (o politiquero) cuyas acciones y medidas van en contra del pueblo? ¿A qué mecanismos se debe que un estadista, un presidente, caracterizado por sus posiciones antipopulares se yerga como una figura “adorada” por cierta parte de aquello tan difuso que es el pueblo?

Hoy, el rasero de lo que es “popular”  quiere decir cuántos libros, discos, condones, brasieres, tangas, etc., se han vendido. Las categorías de la cantidad rebasaron a las de calidad. Y se imponen en un mundo dominado por las deidades del mercado. Quizá lo mismo acontece en las encuestas sobre política, que, como lo dijo un humorista, no es otra cosa que “el arte de la traición”. O de la farsa.

Y estos preliminares pueden servir para abordar el tema de las recientes encuestas en Colombia, cuyos resultados —en rigor, poco sorpresivos— revelaron que el “teflón” se le está acabando al mesiánico “Señor de las sombras”, acostumbrado en estos asuntos a “ganar siempre”, como lo dijo un diario capitalino. La opinión que ahora se tiene sobre el “rey del Ubérrimo” es más negativa que positiva. Y uno se pregunta ¿cómo se tardó tanto para que esta situación se presentara?

Dicen los encuestadores que el resultado se debe a que “la gente está fatigada de la polarización”, de la cual el sujeto de marras es uno de los protagonistas. Con esas maneras (o malas maneras) de la agresión verbal, de establecer falsas dicotomías entre personajillos de la política que son cortados con las mismas tijeras, se ha utilizado al pueblo, o a lo que de esa manoseada palabra se ha establecido, para que esté con uno o con otro figurín, ambos antipopulares y demagogos.

 

http://tlaxcala-int.org/upload/gal_16504.jpg

El Roto, España

El pueblo colombiano, cualquier cosa que esto signifique, ha sido víctima de uno y de otro, de un presidente y un expresidente que solo se han dedicado a favorecer a magnates, transnacionales e intereses foráneos. Es si no observar, por ejemplo, las respuestas recientes a las demostraciones de protesta de los mineros artesanales de Remedios y Segovia: pura represión. Bala y Esmad para ellos, porque, a la postre, se trata de defender los tratados de libre comercio y a las multinacionales de la explotación minera.

Y el otro, el del “teflón” decadente, durante sus ocho años de gobierno se dedicó, en lo fundamental, a desmontar las reivindicaciones y derechos de los trabajadores, a privatizar empresas clave de la economía nacional y a ser un buen discípulo del neoliberalismo y de los dictados de Washington. Que entre el diablo y escoja, dice, precisamente, un dicho popular. La gente, según los hacedores de encuestas, “ya no quiere que le sigan hablando de ni de Uribe, ni de Santos ni de la paz” (El Tiempo, 6-08-2017).

Parece, entonces, que la gente quiere menos polarización en torno a dos enemigos del pueblo y ser artífices de su propia historia. Y volvemos a lo mismo: ¿qué es el pueblo? Puede ser esa entelequia que los políticos colombianos han confundido con un inodoro y usado en consecuencia.

Reinaldo Spitaletta para La Pluma, 8 de agosto de 2017

 

 

Editado por Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيودي

 

Artículos y crónicas de Reinaldo Spittaleta publicados por La Pluma


Palabras clave:Sondeos  Revueltas lógicas  Proceso de paz  Pueblo colombiano  Colombia  Abya Yala  Reinaldo Spitaletta  

Actualizado ( Domingo, 13 de Agosto de 2017 00:54 )  

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