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A desalambrar, a desalambrar el feudo de la mentira oficial

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Un día cualquiera, alzando la frente con la mirada al vuelo, y recorriendo esos oscuros caminos que la historia verdadera nos brinda casi que a hurtadillas, me encuentro con hechos similares a los contemporáneos, los cuales están firmemente escondidos o manipulados desde los grandes medios de adoctrinamiento.

La repetición de los cantos de esas aves agoreras se cierne sobre el gran escenario de las realidades innegables. Con cierto respeto por la memoria que fue llevada a cuartos mohosos, subterráneos, podría decirse que a cementerios recónditos, me adentré tímidamente y claro, encontré resquicios, pruebas de crímenes, de robos, de saqueos, de sufrimientos innumerables, de pueblos borrados a voluntad del criminal conquistador español.

 Somos hijos del terror, de la ignominia, de la sacrílega e infausta mentira oficial. Nunca a nadie que haya gobernado con pudor en mi país, se le ha ocurrido hacerle un homenaje a nuestros sacrificados padres, a nuestros abuelos indios, a la sangre desparramada de Abya-Yala y de sus descendientes.  Por el contrario, sus asesinos, sus depredadores, tienen monumentos en todas las calles y carreras de este fallido país.

¿Cómo puedo entender que en la capital de Colombia exista una avenida que se llame Jiménez de Quesada, si cuando escarbo en las profundidades de esos cementerios, hallo que ese terrorista cometió tantos crímenes como cualquier agente avezado del Estado en nuestra época? La explicación es sencilla: aquellos que escribieron la historia y los nombres de esos pírricos héroes en vetustos pergaminos, son los mismos que esconden el estropicio de ahora, son los que tienen y han tenido, desde la epopeya de la independencia, las riendas del caballo cerrero del poder.

Las estrategias del terror implementadas por los conquistadores españoles, tan bien documentadas por el fraile Bartolomé de las Casas[1], son elementos similares a los utilizados en la actual guerra asimétrica que mantienen las clases en el poder contra nuestro pueblo. La matanza ejemplar, el quemar al jefe, mutilar, el aperrear(o sea, destrozar con perros de caza a los indígenas de un poblado para apropiarse de sus bienes), montear o la cacería de indios tal como se hace con cualquier animal de monte; el ranchear o el quemar con sevicia todo un poblado para establecerse allí o simplemente despejar el camino para trazar nuevas estrategias de conquista, son hechos de aberrante e innegable actualidad.

¿Cómo se entiende que un ser humano con un mínimo de discernimiento encierre en una pequeña jaula a un jefe indígena y lo queme con brasas lentamente, mientras engulle plácidamente su comida? Pero, y a la par, ¿en cabeza de quién cabe que al maestro Marino López le corten la cabeza y los paramilitares y un cuerpo del "glorioso ejército nacional" jueguen un partido de fútbol con ella y obliguen a todo un poblado a ver semejante monstruosidad? A nadie, salvo a esos herederos del terror español, a los mismos que intentaron asesinar a Simón Bolívar y que en últimas le mataron el alma, que implementaron decenas de guerras civiles en el siglo diecinueve para mejorar sus posesiones; a esos que viven de la  matanza y la dirigen desde mohosos escritorios, a esos que ordenaron al general Cortés Vargas dispararle a cientos de familias campesinas en la población de Ciénaga en 1928; a los mismos que asesinaron a Rafael Uribe Uribe después de pronunciar éste la palabra socialismo; a quienes les dio por "convertir en azul el rojo vallecaucano" en la época de la violencia; aquellos que diezmaron la Unión Patriótica y lloran de alegría en compañía de su esposa cuando cae alevosamente un hombre que se levantó en armas contra tan terrible herencia.

Mirar el cuadro pintado por Theodoro de Bry en 1594[2] causa estupor, impregna el espíritu de fatuo dolor, de ira, de intensa tristeza. No existen palabras suficientemente fuertes para describir ese sufrimiento que significa el sentirse con los pies en una hoguera y después como chapucero resultado, emboscar el tuétano el cuerpo del desgraciado indígena que así moría en medio del tormento.

"Se llevaron todo, nos dejaron todo, nos dejaron las palabras", lo afirmó Neruda. Pero nada, aún las palabras no hacen lo suficiente para recuperar la memoria, la misma que como un faro esperanzador debe iluminar el futuro. Nada. La oscuridad de la mentira es densa, y la verdad está en desbandada. El terror campea por mi tierra, y el conquistador continúa impertérrito manejando a sus anchas la herencia maldita que nos dejó sembrada en el jardín de la desgracia nacional.

Desde la palabra no nos hemos apropiado del pasado ni del presente. La verdad aún continúa fugitiva, perseguida, vituperada. Vive en las catacumbas de los anaqueles, de las grandes bibliotecas que nadie escruta y en las tumbas de mi pueblo. A ojos vistas, no la percibimos, menos la presentimos. Luego, no nos dejaron sino los ecos de los gritos que no arriban tan siquiera a nuestros tímpanos. Las palabras aún no son lo que debieran ser: lanzas guerreras de nuestros padres, destripadoras de la mentira que como ave agorera aún continúa burlándose de nuestra ignorancia, desde los púlpitos, desde los escritorios, desde los batallones, desde Washington, desde la tumba de los malvados y peor, desde la historia o desde las palabras de los vencedores y de sus hijos.

Los vencidos tenemos que reescribir la historia de los gritos, de los alaridos del sufrimiento, de las vejaciones que aún no terminan; debemos, desde la palabra, hablar de las torturas, de los desaparecimientos, de las pérdidas de millones de vidas antes y ahora, de esas millones de historias que viajan con los desplazados de mi tierra, y de lo que perderemos si no sacudimos la ruindad centenaria y la pútrida e histriónica conquista de nuestras mentes. Cualquier resquicio de luz que penetre en nuestro cerebro es un logro de la alquimia de la libertad, es una conquista redentora.

Desbrocemos las tinieblas jactanciosas que el poder nos trajo a nuestra mesa, para alcanzar la meta histórica que nos merecemos, la misma que nuestros antepasados nos habían dilucidado cuando compartían en paz con la Pacha Mama, empezando obviamente por la selva de nuestras neuronas, de nuestro pequeño mundo consumista que aún permanece enjaulado en una casa de oro en donde nos han puesto enormes espejos enceguecedores mostrándonos sólo aquello que creemos disfrutar y no disfrutamos, y que menos conocemos.

Es hora de contar la historia desde los vencidos, desde los que aún permanecemos bajo la bota de los herederos de esos parias españoles que atiborraron nuestra tierra de sufrimientos que no cesan ni cesarán si los anquilosados heraldos de la muerte continúan controlando el timón del barco que por obvias razones aún no llega a puerto seguro.

"Con estrépitos de músicas vengo,

con cornetas y tambores.

Mis marchas no suenan sólo para los victoriosos

sino para los derrotados y los muertos también.

Todos dicen: es glorioso ganar una batalla.

Pues yo digo que es tan glorioso perderla.

Las batallas se pierden con el mismo espíritu que se ganan.

¡Hurra por los muertos!

Dejadme soplar en las trompas, recio y alegre por ellos.

¡Hurra por los que cayeron,

por los barcos que se hundieron en el mar

y por los que perecieron ahogados!

¡Hurra por los generales que perdieron el combate

y por todos los héroes vencidos!

Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes

más grandes de la historia".[3]



[1] Rojas, José María, La estrategia del terror en la guerra de conquista 1492-1552, Hombre Nuevo Editores, 2011

[2] Ibid, pág.72

[3] Walt Whitman, Canto a mí mismo

Álvaro Lopera, Especial para La Pluma, 15 de noviembre de 2011

*Álvaro Lopera, corresponsal de “La pluma dice lo que el hombre calla…”

Artículos de Álvaro Lopera Uribe publicados por La Pluma:

La educación en Cuba, prioridad máxima del estado revolucionario

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Palabras clave:Memoria  

Actualizado ( Martes, 29 de Noviembre de 2011 13:40 )  

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