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Colombia: Las presidenciales, entre la restauración y el reformismo

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rosa_rojaBisCaído el telón de las parlamentarias y las consultas partidistas, el país se enfrenta a la elección del próximo Presidente de la República. El panorama dibuja un escenario de disputa con final incierto todavía. Por el número de aspirantes y la variedad de fórmulas en juego, el escenario de confrontación aparece disperso pero con una marcada tendencia hacia la polarización política entre una derecha dura y bicéfala, representada por las aspiraciones de Iván Duque y Germán Vargas, por un lado, y una candidatura de izquierda en cabeza de Gustavo Petro, por otro. Entre uno y otro extremo compiten dos aspiraciones de centro con poca fuerza de atracción hasta ahora, representadas por Humberto de la Calle, la una, y Sergio Fajardo, la otra.

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Sergio Fajardo, Gustavo Petro, Germá Vargas Lleras, Iván Duque y Humberto  de la Calle

Tal escenario, con sus tendencias y actores, se deriva del hecho de que las próximas elecciones aparecen ante la opinión pública como un acontecimiento crucial para el presente y futuro inmediato del país. Y no es para menos. La elecciones del 27 de mayo se llevarán a cabo en un momento en el que la nación colombiana enfrenta la encrucijada de escoger entre el rumbo del reformismo social y político de signo democrático, alentado por el Acuerdo de Paz celebrado entre el actual gobierno y las guerrillas de las Farc,  u opta por la restauración plena del orden, desactivando las veleidades reformistas de tal Acuerdo, como lo pretenden las élites luego de haber logrado la desmovilización y desarme de lo que fuera la guerrilla más fuerte y antigua de la región. Pocos alcanzaron a imaginar que la terminación del conflicto armado tuviera tal desdoblamiento. Hoy, esta encrucijada constituye el meridiano de la política colombiana, y en virtud de la misma se ha venido perfilando una nueva polarización de la sociedad y la política, que durante la campaña ha venido expresándose de manera abierta o soterrada en el debate de las ideas, los programas, los candidatos, los discursos, el periodismo, las redes, etc. Y si antes aparecía en forma distorsionada, como un conflicto interburgués entre Santos y Uribe, hoy tiende a manifestarse conforme en realidad es: un conflicto de clases, entre los de arriba y los de abajo, expresado políticamente entre la derecha y la izquierda.

I.

En virtud de lo anterior, en la campaña por la Presidencia de la República, Iván Duque y Germán Vargas aparecen en el mismo polo, disputándose cuál de los dos honrará mejor al establecimiento en su pretensión restaurativa del orden, así las diferencias entre uno y otro sean cada vez menores. Ambos salieron victoriosos de las elecciones parlamentarias del once de marzo, posicionándose ante la opinión pública con un discurso conservador y de rechazo abierto del acuerdo de paz, lo que ha sido utilizado con eficacia publicitaria para sembrar el miedo de que Colombia se convierta en otra Venezuela por obra del castro-chavismo, agenciado supuestamente por Petro y la presencia de la Farc en la política. Petro en particular es presentado por la derecha toda y su aparato publicitario como un candidato peligroso para el sistema, los empresarios y las libertades.

Duque y Vargas Lleras coinciden además en los dos temas capitales del establecimiento hoy. De un lado, en la decisión de introducirle modificaciones sustanciales al Acuerdo de Paz celebrado, especialmente en lo relacionado con las reformas pactadas en materia de tenencia de la tierra, cultivos ilícitos* [cultivos de cuy producción se hace uso ilícito], Jurisdicción Especial de Paz y sanción penal para los dirigentes de la guerrilla desmovilizada. Y de otro, en la creación de condiciones favorables y seguras para la acumulación y reproducción del capital, en momentos en que la economía colombiana pasa por una prolongada desaceleración que afecta su capacidad de crecimiento. En esto, los dos candidatos coinciden en la necesidad de aliviar a los empresarios de cargas tributarias y laborales que encarecen los procesos productivos e impiden supuestamente la creación de nuevos empleos.

Ambos llegan a la campaña con fortalezas diferentes. Mientras Iván Duque arranca con el respaldo de más de cuatro millones de electores que lo votaron en la consulta interpartidista del once de marzo, hecho que  lo catapultó en las encuestas de opinión a partir de entonces, Vargas Lleras conserva viva su aspiración, mostrando un partido en alza con los resultados obtenidos en las pasadas parlamentarias, así las encuestas no le sean favorables. Los dos, igualmente, tienen la convicción de poder seguir acrecentando su potencial electoral por la vía de atraer para sus respectivos equipos, las maquinarias de los partidos Conservador y de la U, que aparecen jugando en la campaña sin candidatos propios pero muy atentos al movimiento pendular de la misma en el momento de apostar. Vargas incluso no descarta la posibilidad de succionarle seguidores a Humberto de la Calle, aprovechando la crisis por la que pasa el Partido Liberal en estos momentos. 

Total, el triunfo de cualquiera de los dos nos pondría ante la probabilidad de que en lo inmediato el país registre un mayor viraje político hacia la derecha. Lo que seguramente vendría acompañado de decisiones no sólo en lo económico y social, sino también en el régimen político, los derechos y las libertades. Quedará por verse si en la restauración plena del orden que habrán de acometer, el establecimiento halle la oportunidad de su reunificación. Para entonces, muy seguramente habrán quedado atrás los antecedentes criminales y el origen espurio de la fortuna de muchos de sus protagonistas y artífices.

II.

En el otro polo del escenario aparece la candidatura presidencial de Gustavo Petro, quien ha logrado convertirse en el punto de referencia para el conjunto de la izquierda y los partidos de centro-izquierda en la presente campaña electoral.

Petro ha logrado posicionarse como el candidato de los pobres y los marginados, de los jóvenes y las mujeres, de amplios sectores de trabajadores y de clase media, de indígenas y campesinos, agitando un discurso de reformas económicas, sociales y políticas de signo democrático, contra el neoliberalismo y el subdesarrollo, en defensa del medio ambiente, de la paz, los derechos y las libertades. Valido de ese discurso, tomó la decisión valerosa de disputarle a la derecha la posibilidad de ser gobierno.

Es probable que en el momento de tomar esa decisión el candidato de Colombia Humana no tuviera aún la convicción de que un gobierno de la izquierda y los trabajadores es la única garantía de que el programa de las reformas democráticas que propone pueda implementarse a cabalidad, y que sin un gobierno de esa naturaleza tampoco será posible avanzar con otras reformas sociales en beneficio de los asalariados y las masas plebeyas del campo y la ciudad, contra el capitalismo neoliberal y el modelo extractivista, temas centrales de su discurso. Sin embargo, no es descartable que la situación misma pueda llevarlo a evolucionar en esa dirección política y a afianzar su posición. Por lo pronto, se sabe que determinadas circunstancias políticas están en la base de la decisión de disputar la posibilidad de ser gobierno. En efecto, Petro tuvo que sortear la tentativa sectaria y excluyente de algunos agrupamientos y dirigentes que pretendieron ahogar su aspiración política por la vía de aislarlo y condenarlo al ostracismo. Fue lo que en su momento pretendieron Clara López y Humberto de la Calle, por un lado, y por otro, Jorge Enrique Robledo, Claudia López y Sergio Fajardo, para quienes el discurso de Petro resultaba y resulta aún polarizante y contraproducente para una estrategia política y electoral de acuerdos y conciliación de clases, como la perseguida por ellos. Por eso, sostener la decisión de seguir adelante con su candidatura de izquierda independiente, es su gran mérito hasta ahora.

Es cierto que Petro no cuenta con grandes partidos ni maquinarias políticas fuertes detrás de él. Enfrenta la campaña por la Presidencia con el respaldo de cerca de tres millones de electores que votaron por él en la consulta del once de marzo. Su equipo de campaña se reduce a la coalición Lista de la Decencia, una fuerza política de izquierda conformada por agrupamientos como Colombia Humana, ASI, Unión Patriótica, Partido Comunista y MAIS, entre otros, con una escasa representación en el próximo Congreso. Ha logrado el apoyo de figuras políticas importantes de otros partidos como la Alianza Verde y el Polo Democrático, que han mostrado su desafecto con la candidatura de Sergio Fajardo. Incluso, sectores del liberalismo han manifestado también su decisión de respaldar su candidatura para la presidencia. Con todo, es evidente que su campaña va en crecimiento. Y ello se debe a su discurso de plaza pública, tanto como a su voluntad expresa de ser gobierno. Allí radica su fuerza. En la plaza pública, el tono y contenido de su discurso tensiona las pasiones y permea hondamente la conciencia de los de abajo, que acuden masivamente a escucharlo. Es un discurso que no solo genera esperanzas para muchos, sino que además señala responsabilidades del desastre económico, social y moral de la nación. Por eso se constituye en factor aglutinante y aglutinador. Es un discurso que aparece preñado de dinámicas movilizadoras y potencialidades revolucionarias, lo que sin duda alguna lo convierte en un dispositivo de lucha de clases y, en consecuencia, social y políticamente polarizante. Fue el factor que lo posicionó y lo sigue sosteniendo en los primeros lugares de las encuestas de opinión, además de asegurarle el triunfo en la consulta interpartidista. 

Por eso no es cierto que Petro haya agotado ya sus posibilidades de seguir creciendo políticamente, como equivocadamente lo afirman algunos analistas y generadores de opinión. Estas posibilidades existen y son reales. Proceden, por ejemplo, del desencanto cada vez mayor que se registra entre los seguidores de las campañas del centro con sus candidatos, a quienes la campaña de Colombia Humana debe invitar a dialogar a fin de ganarlos para su causa. Pero especialmente procede de la decisión que tome Petro de buscar y conquistar más apoyo entre los trabajadores y sectores populares, al tiempo que radicaliza aún más su discurso. Esto último es clave. El signo de identidad de su campaña y de su candidatura ha sido el de su identidad con los pobres y los excluidos, con quienes se comunica a través de un discurso reformista y radical en el que aquellos se sienten interpretados en sus necesidades y aspiraciones.

En la encrucijada que vive el país, Petro representa la opción del reformismo social y político. Por consiguiente, sería un suicidio político replantear o tratar de moderar el discurso que ha construido hasta ahora, así como pretender desplazar a los destinatarios del mismo por el embeleco de tratar de buscar y lograr un eventual respaldo de los dirigentes políticos del centro. Sin que sea equivocado tratar de buscar apoyos y respaldos en ese sector político, su concreción jamás deberá hacerse sobre la base de entregar posiciones o capitular. Pues, de lo se trata es de que la izquierda se gane al centro para su campaña, pero no al revés.     

A pesar de que las encuestas lo hayan destronado del primer lugar de favorabilidad después del once marzo, Petro continúa siendo el fenómeno político de esta campaña, con una tendencia de respaldo y apoyo creciente entre amplios sectores de opinión. Y esto es precisamente lo que podría ponerlo en posibilidades de disputarle la Presidencia de la República a los candidatos y partidos de la derecha, situación ésta que tiene hoy disparadas las alarmas entre las élites.

III.

Entre el reformismo social y político de Petro y la pretensión restauradora del orden, representada por Iván Duque y Vargas Lleras, compiten las aspiraciones de centro de Humberto de la Calle y Sergio Fajardo.

La de Humberto de la Calle es una candidatura débil que nunca terminó de despegar, a pesar de tener al Partido Liberal detrás. Su aspiración salió de una consulta interna de su partido, en la que obtuvo el respaldo aproximado de 360 mil electores. Una cifra insignificante en comparación no sólo con los niveles históricos de votación obtenidos por su partido, sino también con las votaciones logradas por Iván Duque y Gustavo Petro en sus respectivas consultas del once de marzo pasado. A ello contribuye adicionalmente el retroceso electoral del liberalismo en las parlamentarias pasadas y la crisis en la que ha entrado ese partido como consecuencia de los enfrentamientos entre el ex presidente César Gaviria y el ex senador J. F. Cristo por la conducción política del liberalismo, todo lo cual ha generado una situación que tiene a la candidatura de De la Calle al borde del colapso.

De la Calle lanzó su candidatura atada al tema del cumplimiento del acuerdo de paz como signo de identidad de la misma. Lo hizo cuando este proyecto ya había dejado de ser la preocupación central del establecimiento tras haber logrado el desarme y desmovilización de las Farc. Adicionalmente, su apuesta reformista en lo social y político resultaba poco creíble teniendo como mentor político y patrocinador de su campaña a César Gaviria, el mayor ejecutor del neoliberalismo en Colombia. Sus ofertas programáticas al capital confirmaban su compromiso real con el establecimiento y denunciaban el carácter demagógico de su oferta reformista. El arribo desde la izquierda de Clara López como fórmula vicepresidencial, no cambiaría en lo fundamental el alcance y contenido de su proyecto. Cuando más, afirmaría su carácter de centro.

Sergio Fajardo por su parte, llega a la campaña con un partido en crecimiento, Alianza Verde, y otro con tendencia al declive, como lo es hoy el Polo Democrático de Jorge Robledo. Entre uno y otro obtuvieron cerca de dos millones de votos en las pasadas elecciones para Congreso. Conformada la Coalición Colombia entre los dos partidos, la aspiración de Fajardo logró un buen despegue, al posicionarse por algún tiempo en el primer lugar de aceptación por la opinión, conforme lo mostraban entonces las encuestas. Tras la aparición de Petro en el escenario, la aspiración de Fajardo se fue desinflando hasta entrar en un marcado descenso tras las elecciones del once de marzo. Y ello se debe a lo que aparece como su gran debilidad: la oferta de un discurso vago, difuso y a veces contradictorio, lo que precisamente le ha costado la fuga hacia la campaña de Petro, de destacadas figuras políticas de los partidos que lo apoyan.

Su mayor logro y fortaleza, sin embargo, ha consistido en su propia promoción como opción de centro, que él asume y erige como estrategia de campaña, para oponerla a la polarización cada vez mayor del escenario electoral entre la derecha y la izquierda. En la promoción de esta idea, es evidente el énfasis que el candidato pone en explicitar el plano geométrico de distribución de las fuerzas en disputa más que en presentar las ideas programáticas que sirven de base a su opción centrista. Tampoco Robledo, ni Claudia López han sido explícitos en esta materia, y ello se explica porque todos ellos se niegan a entender lo que está en juego en esta campaña, lo que los obligaría a asumir posiciones inequívocas. Asunto que precisamente evaden a toda costa.

Jugado el establecimiento por la restauración plena del orden, figuras como Humberto de la Calle y Sergio Fajardo aparecen con poco peso y capacidad para persuadirlo a cambiar de rumbo o para lograr que una fracción del mismo se comprometa en ello. De la Calle y Fajardo expresan tal vez la voz modulada de algunos representantes del orden en algunos temas de la agenda política del país, pero es un hecho que sus voces no son hegemónicas ni expresan las prioridades de la agenda del establecimiento. Sus voces son voces marginales dentro de éste. Por eso, sus opciones políticas aparecen irrelevantes, y antes que referentes para seguirlos, corren el riesgo de terminar convertidos en peones de brega al servicio de intereses mayores dentro del establecimiento.

Abandonadas por el momento como las opciones políticas del establecimiento, y fracasadas igualmente en su pretensión de atraer y comprometer en ellas al grueso de la izquierda y los trabajadores, las candidaturas de Humberto de la Calle y Sergio Fajardo aparecen finalmente instrumentalizadas por sectores de clases medias, de técnicos y profesionales, cuadros medios y altos de la empresa privada, altos y medianos burócratas del Estado, cuadros directivos de organizaciones no gubernamentales, periodistas y columnistas de prensa, profesores universitarios y asalariados con ingresos  altos, entre otros. Cansados y desencantados tras largos períodos de conflicto social sin solución, y lastrados por la percepción de vivir en una nación sin futuro para ellos y las futuras generaciones, lo que más desean estos sectores es una pronta reconciliación de la sociedad en un supuesto proyecto de unidad nacional, antes que emprender más y mayores conflictos. Pero en una sociedad que no ha saldado sus mayores conflictos, es difícil que una pretensión de esa naturaleza tenga futuro.

En su afán por evitar que la campaña electoral se polarice más y conduzca a una mayor radicalización de los conflictos sociales y políticos del país, sectores de las clases medias presionan y confrontan desesperadamente, tanto a los candidatos como a los directivos de las dos campañas de centro, para que busquen lo más rápido posible un entendimiento que conduzca a un acuerdo político que haga viable una sola candidatura de centro con opción de triunfo. En este trasegar no se cuidan en descalificar por igual al candidato de la izquierda como a los de la derecha, igualando al primero con los segundos como factores nefastos para el presente y futuro de la nación, siendo por momentos más generosos con éstos que con aquél, a quién desprecian. Sin embargo, antes de la primera vuelta electoral, tal propósito no aparece fácil ni viable.

Lo lamentable de todo esto sería que las dos candidaturas de centro terminen convertidas en la retaguardia electoral del establecimiento, llamadas a contener eventuales desbordamientos electorales a favor de la candidatura presidencial de la izquierda. 

Eduardo Nieto

 

Nota de La Pluma.net :

 

*Una aclaración necesaria: Insistimos en el manejo de los adjetivos del artículo: "Colombia: Las presidenciales, entre la restauración y el reformismo".

Tomado de Solo una pieza del rompecabezas :  el adjetivo que demos a la acción de usar los cultivos, es de cuño humano, no de la naturaleza; ella no ha evolucionado en especies lícitas o ilícitas, simplemente ha evolucionado; en consecuencia, estamos calificando para una cultura, que el uso de tales cultivos no es permitido. Atendiendo a las razones anteriores, en adelante hablaremos de cultivos de  cuya producción se hace un uso ilícito.

Fuente: Red Socialista, 3 de abril de 2018

Lea en La Pluma:

Alerta: En Colombia, una nueva pacificación disfrazada de paz

 


Palabras clave:Colombia  elección presidencial 2018  panorama  disputa final incierta  polarización política  derecha dura/izquierda  restauración  reformismo  análisis político  Eduardo Nieto  

Actualizado ( Viernes, 13 de Abril de 2018 17:28 )  

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