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A la manera de Joseph Rotblat Primero seres humanos comprometidos y solidarios; después, mujeres y hombres de ciencia[1]

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A la manera de Joseph Rotblat  Primero seres humanos comprometidos y solidarios; después, mujeres y hombres de ciencia[1]Con apenas 19 años, Ming Kunpeng fue a trabajar a ASM Pacific Technology, una empresa proveedora de Apple. Al tener que trabajar diariamente con benceno, sin equipo protector, cayó enfermo tres años después. Tenía entonces 22 años.

Ming Kunpeng

Los médicos le diagnosticaron una leucemia ocupacional. Después de un proceso de un año de duración, ASM aceptó compensarle. La indemnización, sin embargo, era insuficiente para cubrirle la atención médica. El 28 de diciembre de 2013, Ming se convirtió en otro de los casos de suicidio de trabajadores de la rama de la electrónica. Acabó con su vida saltando desde lo alto del hospital en el que recibía tratamiento.

La suya es una de las historias que se cuentan en el documental de Heather White y Lynn Zhang “Who Pays the Price? The Human Cost of Electronics” [¿Quién paga el precio? El coste humano de la electrónica]. White y Zhang investigan el uso de productos tóxicos peligrosos en fábricas chinas, se concentran en los efectos del uso de sustancias químicas en millones de trabajadores mientras producen iPhones, iPads y otros objetos que una mayoría de los consumidores de países enriquecidos utiliza.

Considerando que unas dos terceras partes de la humanidad tendrán acceso a un teléfono celular en muy pocos años, la dimensión del problema es enorme. La mitad de estos teléfonos está fabricada en el país asiático, donde el benceno cancerígeno (prohibido como disolvente industrial en muchos países) sigue estando permitido y donde, a menudo, los empresarios no suministran a los trabajadores equipos de protección adecuados. Las fábricas utilizan toxinas reproductivas como toluol y neurotoxinas como n-hexano. “He pasado por 28 tratamientos de quimioterapia”, comenta Yi Yeting, un trabajador envenenado con benceno que explica su historia en el documental. “Mis huesos me duelen mucho. Parece como si tuviera miles de hormigas mordiendo mis entrañas.” De hecho, según las estadísticas del gobierno chino, un trabajador es envenenado por productos químicos tóxicos cada cinco horas. En la mayor parte de los casos, por benceno.

Podría evitarse, existen alternativas. El Secretariado Químico Internacional, una organización sin fines lucrativos ubicada en Suecia, suministra a las grandes corporaciones sustitutos para productos químicos tóxicos. La lista de la organización incorpora 626 productos dañinos para la salud humana y provee alternativas como ciclohexano y heptano, disolventes más seguros y similares al benceno. Expertos en toxicología familiarizados con los procedimientos usados en las fábricas han estimado que las grandes empresas telefónicas podrían reemplazar el benceno por esos disolventes a un coste próximo al dólar/teléfono. Apple, que obtuvo unas ganancias declaradas de unos 37.000 millones de dólares en 2013, podría tomar esa opción para proteger la vida de los trabajadores. “Queremos que las marcas de fábrica tomen la responsabilidad por condiciones de trabajo en las fábricas de sus proveedores”, comenta Pauline Overeem, coordinadora de Redes para GoodElectronics, una organización que trabaja para limpiar la cadena de suministros de artefactos electrónicos. “Prohibir el benceno es parte de todo ello” añade, muy consciente, sin embargo, de las grandes dificultades existentes para alcanzar el objetivo y no por razones tecnológicas.

En el verano de 2013, la multinacional norteamericana inició una nueva campaña de publicidad. La llamó “Nuestra firma”. Sobre imágenes de consumidores felices que disfrutaban con sus productos escuchando música, haciendo fotografías, estudiando en escuelas, institutos y universidades, chateando por video con amigas y amigos, una reconfortante y hermosa voz decía: “Esto es lo que importa: la experiencia de un producto. ¿Cómo hace sentir a alguien? ¿Mejorará la vida?”

¿Indagó Apple cómo se sienten trabajadores como Yi Yeting al trabajar con benceno?, ¿se sienten felices también? La más poderosa corporación podía haber preguntado a Ming Kunpeng si los productos que llevan su firma consiguieron que su corta vida fuera mejor[2]. No lo hizo; no está incluido en sus protocolos.

*

Necesitamos científicos y científicas que no sean sólo diestros y reconocidos practicantes de sus respectivas disciplinas. Deben tener además una adecuada e independiente visión de la política y la ética. Exponer, cuestionar, denunciar si es necesario, enseñar críticamente las líneas y programas de investigación, las políticas y estrategias desarrollistas, antisociales y militaristas de la tecnociencia contemporánea abonadas por Ejércitos, grandes corporaciones (Apple es uno de los ejemplos mejor conocidos), diversas asociaciones y grupos belicistas y gobiernos de numerosos países es una parte central de su tarea. Incluso bajo el nazismo y otros sistemas políticos similares, existieron científicos que se atrevieron a disentir. No era fácil y no fueron muchos, se lo jugaban todo. Algunos tuvieron que huir, el exilio fue su patria y destino; otros fueron aplastados por una maquinaria impía. Pero no claudicaron, resistieron. No se doblegaron, no permanecieron en silencio, no colaboraron.

En los ámbitos cada vez globalizados de la tecnociencia actual, en este mundo grande y terrible del que nos habló Antonio Gramsci dominado por ese inmenso poder industrial-militar del que, como se señaló, nos alertó hace más de medio siglo el presidente Eisenhower y del que, por poner un ejemplo muy significativo, el gran matemático Alexander Grothendieck fue crítico y víctima, no son muchos los refugios donde protegerse y practicar una ciencia y una tecnología que sean responsables y no conformistas. Para las comunidades científicas, la mejor defensa contra el mal uso de su saber, la mejor estrategia contra la utilización antisocial y naturalmente destructiva de la tecnociencia que ellas alimentan, pasa por unirse y colaborar en agrupaciones ciudadanas, no importa su tamaño, con pocos o muchos medios. Se trata de formar y dar vida a grupos activos de ingenieros, técnicos, científicos y amigos de una ciencia y una tecnología responsables y humanizadas. Con las sabias palabras de Joseph Rotblat y en la línea abonada por Albert Einstein desde su temprana y minoritaria oposición al falaz, belicista y nacionalista “Manifiesto de los 99” de 1914, se trata de ser, en primer lugar, personas comprometidas con causas nobles, básicas, esenciales para toda la Humanidad, y especialmente para los grupos sociales más desfavorecidos y vulnerables, y ser luego, en segundo lugar, científicos competentes, excelentes tecnólogos o grandes ingenieros.

Estos grupos de científicos/as, estos amigos de la ciencia, deberán alertar a todos los seres humanos, sin distinción de ubicaciones geográficas, orígenes y posiciones sociales, de características étnicas o nacionales o de cualquier otro atributo singular, del actual uso industrial-militar de los saberes científicos y tecnológicos, utilización que, de forma cada vez más acelerada y preocupante, constituye una verdadera amenaza para el medio ambiente, para la paz, para la equidad, para la hermandad de las clases trabajadoras e incluso, de manera creciente, para la misma existencia -y desarrollo armónico- de una Naturaleza afable y vivible para nuestra especie[3].

No es inusual leer y/o escuchar en muy diversos ambientes y organizaciones de izquierda afirmaciones críticas sobre comunidades tecnocientíficas que permanecen mudas, complacientes en algún caso, ante los desmanes, injusticias y desastres socioeconómicos y ecológicos que toman pie en aportaciones y procedimientos tecnocientíficos. El resto, se asegura con la comprensible desesperación y rabia en esos colectivos comprometidos, también es en este caso, una vez más, silencio cómplice cuando no directa y servil colaboración.

Sin embargo, rigurosamente hablando, no siempre es el caso. No lo es, no lo ha sido siempre. Además de grandes nombres por todos conocidos -Einstein, Szilard, Russell, Infeld, Kapitsa, Rotblat,…-, las situaciones y ejemplos que suelen esgrimirse para justificar una crítica que exige matices (y que, por supuesto, merece ser tenida muy en cuenta en sus denuncias y temores) no logran borrar la existencia e importancia de numerosos contraejemplos.

Annie Thébaud-Mony [ATM] es directora honoraria de investigación en el Instituto Nacional de Salud e Investigación en Medicina de la República francesa. Científica internacionalmente reconocida, es una especialista en cánceres profesionales que lleva alertando desde hace unos 30 años sobre las epidemias entre los trabajadores industriales. Sin ningún éxito aparente. Su saber y recomendaciones se archivan, por gobiernos insensibles y serviciales y corporaciones unidimensionalmente crematísticas, en carpetas que nunca vuelven a abrirse o que se arrojan a la papelera de lo inútil, de lo trasnochado o de lo económicamente improcedente por costoso, “antiguo” e ineficaz.

Annie-Thebaud-Mony 2011

La socióloga Annie Thébaud-Mony en 2011. SAM PANTHAKY / AF

A finales de julio de 2012, ATM no aceptó la Legión de Honor que la entonces ministra del gobierno Cécile Duflot quería concederle. En una carta abierta dirigida a la entonces responsable de Igualdad, Territorios y Vivienda de la República francesa, esta científica e investigadora de unos 70 años de edad explicaba que con su rechazo quería denunciar “la indiferencia” de la que es objeto la salud laboral y la “impunidad” de los “crímenes industriales”. Era indecente aceptar la condecoración después de llevar más de tres décadas trabajando sobre muertes obreras, tiempo en el que ella había dado “la señal de alarma sobre la situación en la que trabajan los obreros, los peligros que corren para su salud, los peligros industriales a los que son expuestos”, sin que se hubiera producido ninguna mejora real, efectiva, en sus condiciones laborales. Las recomendaciones que ha ido realizando a lo largo de su dilatada carrera científica nunca han sido tenidas en cuenta por poderes públicos de muy diferente signo político.

En una entrevista con Terra eco[4], ATM añadió algunas razones complementarias para explicar su actitud.

Hace más de quince años que el amianto ha sido prohibido en Francia; en España se prohibió años después, en 2002 (Báez Baquet 2005). Se pensaba que a esta excelente, aunque muy tardía decisión, se sumaría la prohibición de otros productos industriales cancerígenos. No ha sido así. Los empresarios industriales saben perfectamente que “ciertos productos que obligan a sus empleados a utilizar son peligrosos y que las condiciones de trabajo son patógenas”. Es una exposición dañina y deliberada de la vida ajena. “Las modificaciones del derecho del trabajo protegen más a los industriales y a los empleadores que a los asalariados”, denuncia ATM. En Francia y, desgraciadamente, en casi todos los países del mundo.

El cuadro de enfermedades profesionales del régimen general de la Seguridad Social francesa enumera la mayor parte de los problemas músculo-esqueléticos (PME por sus siglas). En 2009, con un gobierno presidido por Sarkozy, una revisión de este cuadro endureció los criterios de reconocimiento de los PME y, con ello, la indemnización de los asalariados. ¿Deben trabajar entonces los ciudadanos-obreros hasta quedar impedidos?, pregunta la científica francesa.

En lo concerniente a la exposición de los trabajadores asalariados a los productos cancerígenos, “ninguna medida se ha llevado a cabo a pesar de las alertas”. En Montluçon, en el departamento francés de Allier, Adisseo, una empresa que produce la vitamina A de síntesis para la alimentación animal, utiliza desde los noventa un cancerígeno potente, el cloracetal C5. Desde hace unos diez años esta molécula ha aparecido en la cadena de producción de la empresa. Algunos trabajadores han desarrollado cáncer de riñón y ello “a pesar de que existen productos alternativos que permiten fabricar la vitamina A sin usar el cloracetal C5”. Pero Adisseo no quiere ni siquiera oír hablar de ello. ¿Por qué? Porque los cambios en la línea de producción tendrían costes, disminuiría la acumulación, descendería la rentabilidad empresarial, les haría, dicen y proclaman, menos competitivos. De este modo, sin introducir modificación alguna, ubicando siempre los cálculos costes-beneficios en un lugar destacado del puesto de mando y dirección, las trabajadoras y trabajadores se ven expuestos al peligro de sustancias tóxicas. “Esto es un crimen industrial”, afirma, sin eufemismos encubridores, la comprometida científica francesa.

Los asalariados del país vecino no trabajan en condiciones adecuadas. En los sectores de la química, la petroquímica, el automóvil, la metalurgia y, por supuesto, en la industria nuclear, la situación laboral es frecuentemente nociva. No tanto en la fase de producción, aunque también en ocasiones, donde “las medidas de confinamiento son sobre todo eficaces y muchos procesos son automatizados”, sino en la fase de mantenimiento y en la limpieza y gestión de residuos. Es en estos procesos cuando los trabajadores entran directamente en contacto con productos cancerígenos.

La encuesta Sumer de 2009 del Ministerio del Trabajo francés sobre la exposición a los riesgos profesionales evaluó a 2,4 millones de asalariados, el 13,5% del total(de los que el 70% eran obreros industriales), trabajadores “que habían sido expuestos, la semana precedente a la encuesta, a al menos 25 cancerígenos listados”. La evaluación fue mínima. “Existen varios centenares de cancerígenos que no han sido tenidos en cuenta en la encuesta”. Tampoco lo han sido los productos utilizados en la degradación de los procesos industriales. Por ejemplo, “los humos de combustión, los polvos, los disolventes de pinturas que se convierten volátiles cuando se limpian los aviones”.

La directiva europea REACH (Registro, Evaluación y Autorización de Sustancias Químicas) de la Unión Europea, donde se calcula que cada año fallecen por cáncer de origen laboral más de 30 mil personas, está vacía de sentido. La observación crítica de ATM, a la que probablemente se sumaría complacido Jorge Riechmann, apunta a que la Reach ha introducido un principio positivo, ya que los industriales tienen que efectuar pruebas de no toxicidad del producto que van a utilizar… pero hay un retraso abismal. “Sólo algunas decenas de productos son examinados y ninguno ha sido prohibido en esta etapa”[5].

Existe una verdadera “epidemia de cáncer” entre los trabajadores, no es una exageración. Vivimos un fuerte agravamiento de las desigualdades tóxicas. En 1980, un trabajador industrial “tenía cuatro veces más riesgo de morir de un cáncer antes de los 65 años que un mando superior”. En 2000, veinte años después, la proporción es diez veces superior, más del doble. Estos cánceres están relacionados con la exposición en el puesto de trabajo y durante un largo período de tiempo a múltiples sustancias cancerígenas y no, por el contrario, a las especificidades biológicas de cada trabajador, el nudo que la industria y sus científicos asalariados y serviciales suelen señalar.

La paradoja social y científica que ATM denuncia puede formularse así: los riesgos se incrementan al mismo tiempo que aumenta nuestro conocimiento de ellos. Adquiere también mayor importancia el hecho de que los trabajadores no tengan posibilidades reales de elección. En numerosos sectores, “el modo de funcionamiento dominante es la subcontrata del trabajo”, con la correspondiente subcontrata de los riesgos.

La científica francesa se refiere, por ejemplo, a lo que está sucediendo en la industria nuclear. El 90% del trabajo de mantenimiento lo realizan empresas subcontratadas en las que los obreros “soportan del 80% al 90% de exposición a las radiaciones ionizantes en unas condiciones de trabajo catastróficas”. Se les exige además una gran flexibilidad, movilidad geográfica forzada. “Sus condiciones de intervención se agravan, su trabajo se intensifica”. Para respetar los plazos, cada vez más cortos, que se les imponen para realizar sus tareas, “pueden encadenar hasta 20 horas dentro de un reactor nuclear”. Con ello, “no sólo se pone en peligro su salud sino también la seguridad de las instalaciones”. Cuando se piensa en las centrales atómicas, señala ATM transitando por la misma senda que el científico franco-barcelonés Eduard Rodríguez Farré, hablamos de riesgos de accidentes pero no se suele pensar “en las decenas de millares de asalariados sacrificados de este sector”, de los que un determinado número de ellos, con edades comprendidas entre los 45 y los 55, padecen cáncer.

Los capitalistas industriales, al igual que los financieros o los ejecutivos de fondos de inversión, se burlan de los poderes públicos. A pesar de las numerosas informaciones científicas contrastadas, “ponen constantemente en duda los peligros que sus empleados corren”. Por si faltara algún detalle más falsario, cínico y cruel en el paisaje, tienden a presentar estos peligros profesionales como inevitables y normales. Es lo que hay, dicen, se dice… pero no es de ninguna de las maneras lo que debería y podría existir. Es una gran estafa política y sociocultural su supuesta y falsa inexorabilidad. Además, denuncia ATM, cuando hay un accidente de trabajo se indemniza muy mal y sin examinar la causa del peligro industrial responsable de lo sucedido.

La comprometida científica francesa pone finalmente énfasis en la creciente subcontratación de asalariados (práctica más que extendida en la citada industria nuclear, también en la nipona o en la española) y en “las instituciones representativas del personal que sistemáticamente son silenciadas en las empresas de subcontrata”. El arma prioritaria, la condición necesaria (aunque no suficiente) para la mejora real, para la dignificación de las condiciones laborales, es la información -veraz y contrastada- a los trabajadores y trabajadoras de los peligros que corren en el desempeño de sus tareas. Cuanto más clara, concisa y documentada, mejor que mejor. La acción y las protestas alocadas, sin solidez, aunque comprensibles en numerosas ocasiones dada la rabia y justa indignación que las mueve, no conducen a ninguna parte, a ningún lugar en el que podamos asirnos con confianza. “Indignación y lucha documentada”, rebeldía, protesta y ciencia, éste es el lema central en opinión de Annie Thébaud-Mony.

AQUICiencia con consciencia, el claro, infrecuente y lúcido compromiso de una reconocida científica. Una arista básica que no es en todo caso, no pretende serlo, una perspectiva crítica excluyente. Conviene no olvidar otro tipo de aproximaciones, acaso tan importantes como la anterior. La siguiente por ejemplo.

A principios de los años noventa, Francisco Fernández Buey reflexionaba en torno a una confusión extendida[6]:

[…] El jueves hablé de “Posibilidades de control social del proceso tecnocientífico en las sociedades actuales”, que era el tema que me habían propuesto, y el viernes tuvimos una sesión de seminario sobre algunos aspectos de La ilusión del método en los que estaba interesado el grupo granadino.

Al entonces profesor de “Metodología de las ciencias sociales” le sorprendió comprobar que también en ambientes científicos, y entre personas que se dedicaban a la historia de la ciencia, había empezado a calar un tipo de crítica anticientífica muy unilateral, poco dispuesta a distinguir entre los plano epistemológico y moral.

Curiosamente esa actitud se da sobre todo en las personas más comprometidas, más activas en el movimiento ecologista organizado, lo cual nos condujo a una discusión bastante seria acerca de viejos y nuevos “paradigmas” entendidos como visiones globales, o muy generales, del mundo.

Cada vez le preocupaba más que las buenas gentes prefirieran quedarse en la “utopía” y dejar la “ciencia” a los otros, a los adversarios, identificando aquélla “con bondad alternativa y ésta exclusivamente con Poder”.

Manuel Sacristán tuvo durante décadas la misma preocupación. No fue la única que compartieron. Así lo expresaron, con el resto de miembros del consejo de redacción, en el editorial del primer número de mientras tanto, la revista que más hicieron suya:

En el editorial del nº 1 de Materiales habíamos escrito que sentíamos "cierta perplejidad ante las nuevas contradicciones de la realidad reciente". Aunque convencidos de que las contradicciones entonces aludidas se han agudizado, sin embargo, ahora nos sentimos un poco menos perplejos (lo que no quiere decir más optimistas) respecto de la tarea que habría que proponerse para que tras esta noche oscura de la crisis de una civilización despuntara una humanidad más justa en una Tierra habitable, en vez de un inmenso rebaño de atontados ruidosos en un estercolero químico, farmacéutico y radiactivo.

La tarea, que tal como apuntaba también Annie Thébaud-Mony no podía cumplirse con agitada veleidad irracionalista sino teniendo racionalmente sosegada la casa de la izquierda, consistía en renovar la alianza ochocentista del movimiento obrero con la ciencia, si bien pudiera ser que los viejos aliados tuvieran dificultades para reconocerse. Los dos habían cambiado mucho:

[...] la ciencia, porque desde la sonada declaración de Emil Du Bois Reymond -ignoramus et ignorabimus, ignoramos e ignoraremos-, lleva ya asimilado un siglo de autocrítica (aunque los científicos y técnicos siervos del estado atómico y los lamentables progresistas de izquierda obnubilados por la pésima tradición de Dietzgen y Materialismo y Empiriocriticismo no parezcan saber nada de ello).

El movimiento obrero, por otra parte, porque los que vivían por sus manos eran ya entonces “una humanidad de complicada composición y articulación”.

El decisivo qué hacer podía verse de varios modos según el lugar desde el que se emprendiera la tarea. Consistía, por ejemplo, en conseguir que algunos movimientos ecologistas, que se encontraban entre los portadores de la ciencia autocrítica, se dotaran de capacidad y aspiraciones revolucionarias, tarea no siempre fácil. Consistía de igual modo

[…] en que los movimientos feministas, llegando a la principal consecuencia de la dimensión específicamente, universalmente humana de su contenido, decidan fundir su potencia emancipadora con la de las demás fuerzas de libertad.

Además era necesario que las organizaciones clásicas de la clase obrera y de movimientos ciudadanos próximos comprendieran que su capacidad de trabajar por una humanidad más justa y más libre tenía que depurarse y confirmarse a través de la autocrítica del viejo conocimiento social que había informado su nacimiento. En ningún caso para renunciar a su inspiración de ruptura, de transformación social equitativa, perdiéndose con ello en un triste e insustantivo ejército socialdemócrata subordinado, precisamente cuando éste, consumado su servicio restaurador del capitalismo tras la segunda guerra mundial, aventuraba el editorial, “estaba en vísperas de la desbandada”. Se trataba de reconocer que ellos mismos, los trabajadores y trabajadoras, los que vivían por sus manos y cerebro, habían estado, habíamos estado en ocasiones deslumbrados por los ricos, por la alocada, irresponsable y ecosuicida civilización dirigida “por los descreadores de la Tierra”.

Otro mundo era posible, otro mundo era concebible, otro mundo era deseable y necesario. Un mundo que se debía construir entre todos con urgencia, con información contrastada, con espíritu crítico, prácticas fructíferas y esperanza razonada, un mundo sobre el que el autor de Sobre Marx y marxismo había ido reflexionando desde algunos años atrás.

Salvador López Arnal, especial para La Pluma, 20 de diciembre de 2015

NdE

Józef Rotblat (Varsovia 4 de noviembre de 1908 – Londres 31 de agosto de 2005) fue un físico nuclear y activista polaco.


[1] Primer capítulo del libro (pendiente de edición) Las manos que acarician también pueden destruir. Una aproximación a la filosofía y política de la ciencia de Manuel Sacristán.

[2] A partir de Andrew Korfhage: “Productos químicos cancerígenos envenenan a trabajadores chinos que trabajan para Apple y otras grandes compañías”. Asia Times Online (traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens) http://www.atimes.com/atimes/Global_Economy/GECON-01-160514.html (traducción castellana: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=184938

[3] Véase, por ejemplo, Naomi Klein, la autora de Esto cambia todo: el capitalismo contra el clima, ”Marcas fósiles: de tóxicas a odiosas.” http://www.rebelion.org/noticia.php?id=190984

[5] De las 113 mil sustancias químicas cuya venta está autorizada en la UE, según datos de 2004, 2.600 tienen ventas anuales superiores a 1.000 toneladas. De estas sustancias, sólo el 3%, menos de 100, han sido adecuadamente caracterizadas en cuanto a riesgo se refiere. De las 113 mil, unas 28 habían completado en 2004 una evaluación total de riesgos. De estas 28 sólo 4 eran accesibles al público en general. Sin esta completa evaluación de riesgo, ninguna sustancia se retira del mercado y el principio de precaución se ubica en la trastienda de la historia y los negocios. Véase Riechmann 2012: 159, nota 11.

[6]Carta al autor: Barcelona, 22 de marzo de 1994. Puede verse en el archivo de la Biblioteca Central de la UPF, fondo FFB.

[7] En relación con su correspondencia, aproximación y traducciones de la obra de G. Lukács, puede verse López Arnal 2012.

Salvador López Arnal, Colaborador de La Pluma

Artículos de Salvador López Arnal publicados por La Pluma:

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Palabras clave:Crítica y autocrítica  control social  proceso cientítico  ciencia  AQUICiencia  Annie Thébaud-Mony  La Pluma  Edición especial « Balance 2015 »  Salvador López Arnal  

Actualizado ( Miércoles, 30 de Diciembre de 2015 22:51 )  

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