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El silencio obsequioso de Leonardo una afrenta para Abelardo

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La cita se daba en Sens, esa región que luego iba a ser Borgoña y que conecta a Francia con su historia antigua: el territorio de los senones que disputaron territorios a la expansión romana cuatrocientos años antes de cristo.

Corrían los años de 1140. La producción agrícola estaba signada por la presencia del cristianismo feudal en sus imponentes abadías de Cluny y Citeaux, proveedoras del vino a los señores fundadores, inversionistas de ese tercer poder oscuro, que oculta las más grandes tragedias Europeas. No puedo imaginar si en el Sínodo de Sens se sirvieron los múltiples productos agrícolas exclusivos, que conforman la exquisita tradición culinaria de esta región orgullo de franceses en todas las latitudes.

 

    

        La Galia y los pueblos galos                                  Mapa de la Región de Borgoá

 

Los conflictos sobre la humildad y la pobreza de la iglesia condenaron como herejes a sus promotores y afianzaron la riqueza y propiedad privada como atributos esenciales del poder canónico y eclesiástico. A pesar de ser el asunto que ya movía a multitudes y humillaba las intenciones de expansión romana, esta no era la preocupación del sínodo. A pesar de que el Cisma de Oriente estaba próximo a dividir la avaricia católica entre Oriente y Occidente, provocando la astucia militar romana fundadora de órdenes monacales, el fratricidio y del primer Reich: el sacro imperio romano germánico que iba a enfrentar a emperadores y papas en el control del absolutismo, nombrando cada uno su papa a conveniencia y al mismo tiempo; con lo que se dio trabajito a mercenarios, envenenadores, espías y hasta a pacifistas, promotores de la Paz de Dios. Estos asuntos no iban discutirse en el Sínodo de Sens.

 

 

            Abadía de Cluny                                       Abadía de Citeaux

  

Había iniciado el tiempo más caluroso del año, allí acudían los grandes señores y la clerecía, todos bajo el liderazgo de Bernardo de Claraval que se afianzaba en estos poderes para poder elevarse a hablar cara a cara al temido Pedro Abelardo, el Goliat, el gigante pensador heredero de la Lógica de Aristóteles y el nominalismo de Rocelino; dos grandes razones de temor para los iletrados cristianos, más ocupados en viñedos, agricultura, censuras, conspiraciones, encomiendas, monarquías, verdades incuestionables escritas a mano en el Scriptorium y ejercicios monástico-militares. En el recinto se oyó la voz de Bernardo que apuraba a Abelardo: “estas son vuestras afirmaciones, defendedlas, rectificadlas o negad que sean vuestras”. El Scriptorium se vio humillado en sus verdades cuando el imponente Goliat se negó a responder y pidió ser recibido directamente por el papa Inocencio II. Dicho sea de paso, este pobre pontífice carecía de poder absoluto, había debido gobernar al mismo tiempo que el Papa Anacleto II entre 1131 y 1138 año de la muerte del segundo. Sólo había logrado conservarse en el poder gracias a las negociaciones de favores que su protector Bernardo de Claraval (el gran superior de los cistercienses) lograra con los monarcas de Alemania, Inglaterra y Francia.

 

Abelardo no logró aquella conversación con Inocencio II, porque antes de que llegara a Roma, ya el papa expresaba su condenación, muy seguramente en pago a sus deuda con Bernardo, o ¿en obediencia a los cistercienses? Pedro Abelardo y su discípulo Arnaldo de Brescia fueron condenados por herejía, el primero a perpetuo silencio y el segundo excomulgado. Si bien Abelardo estaba más preocupado por lo filosófico y por ello fue condenado; nos queda una sugerencia en la condena de su discípulo, el cual había sido desterrado de Italia, de Francia y se había refugiado en Alemania en donde se reconcilió con la iglesia, para regresar a inmiscuirse en asuntos públicos en una Italia en convulsión convertida en República comunal sin autoridad papal. De allí volvería a ser desterrado en 1155 y preso en la huida por Barbaroja, quien lo intercambia con el papa a cambio de la corona imperial. Sabemos que Arnaldo fue ahorcado, quemados sus huesos y arrojados al agua para que jamás fundase iglesia entre peregrino alguno después de muerto. Sin embargo le sobrevivían los Cátaros contra los que se instituiría la Primera Cruzada. Desde entonces los cristianos pobres fueron condenados a la muerte o a vivir clandestinos. Con ello la iglesia alejaba a los que le impelían el regreso a la austeridad de los primeros cristianos, mucho antes de que esta religión se convirtiera en asunto de poder para los romanos. Sabemos también que Abelardo fue condenado a quemar su obra y que lo único que le sobrevivía era el Parácleto ese monasterio que había fundado y del que había nombrado abadesa a Eloisa. Una palabra tomada de Juan para describir el espíritu santo como una fuerza de ayuda y refugio y no como otro ser separado de la divinidad; lo que resumía su postura frente a la trinidad defendida por roma. Es posible que hoy estas discusiones nos parezcan innecesarias, no porque ya se hubiesen superado, sino porque ya se ha establecido la muerte de la escolástica y el triunfo final de Bernardo de Claraval que legará la ignorancia a la plebe, de la que somos herederos los católicos. Pero entender este asunto, tal vez nos permita leer con mejor acierto las palabras de la belga Margarita Yourcenar cuando en Opus Nigrum, menciona en no pocas oportunidades la expresión “hermano vuestro según San Juan”.

 

Era 1985, Leonardo Boff (ese defensor de la teología de la liberación que luchaba al lado de los pobres de Brasil) asistía al vaticano acusado de hereje ante el cardenal Ratzinger envestido con la autoridad de la Inquisición: la Congregación de Fé, de la que era el prefecto. De nada sirvieron sus explicaciones, las que sonaban a cátaras, a husitas, a fraticelli, a valdenses y a todas aquellas corrientes religiosas que sirvieron de Parácleto a los pobres cristianos desde el siglo XI y que los llevaron a la hoguera, a ser víctimas de las cruzadas y a repoblar Europa con sus desplazamientos clandestinos seguidos de espías monacales. De nada valió que esta teología fuese una respuesta a la estrategia que el jesuita vasco Pedro Arrupe le recomendara a Pablo VI en el Concilio Vaticano II. El acercamiento a los pobres del mundo que querían Arrupe y Pablo VI no era este, ya pronto lo entenderíamos. Leonardo Boff fue condenado a silencio obsequioso.

 

Juan Pablo II había confesado en 1999 que la iglesia se equivocó al asesinar al teólogo del reino de Bohemia Jan Hus, menos por la muerte injusta y más por la división popular que se iniciaba mucho antes de Lutero. Pero era el mismo pontífice, enemigo de la teología de la liberación, que amparaba la condena anunciada por Ratzinger a Leonardo Boff. Esto por lo menos debe ayudarnos a entender lo que el vaticano quiere con los pobres del mundo y la zalamería de Bergoglio con los antiguos teólogos de la liberación.

 

Vimos en 1983 que Ernesto Cardenal se arrodillaba en el aeropuerto ante Juan Pablo II quien lo increpaba por su apostasía, esa de estar del lado de los pobres. Vimos a Ernesto renegar de la revolución sandinista en 1994 y renunciar al premio nobel de literatura en el 2005 y no obstante sí recibir otros dos premios de poesía en 2009 y 2012, muy posiblemente el pago a su vasallaje: la entrega formal del redil popular ante el señor del feudo. Y como si lavara sus manos con “tierra bendita” dedicarse a la religión ambientalista, señalando el camino a los revolucionarios que otrora le siguieron, desde donde sueñan que luchan y abandonan a los Pobres Cristianos. El mismo camino iba a seguir más tarde Leonardo Boff. La teología de la liberación se había vuelto ambientalismo.

 

Las expulsiones y readmisiones de los teólogos de la liberación, tanto del vaticano como de la orden jesuita, son el claro ejemplo de lo que Arrupe, Juan XXIII y Pablo VI tenían calculado. Un concilio iniciado en 1959 y concluido en 1965, uno de cuyos actos de proclamación iba a ser mayo del 68 con la imaginación al poder, que las multitudes marchen, que se agiten las causas sociales, que la plebe de dios, salga a las calles para convencerse a sí misma de que ya la revolución no es necesaria, que la realidad ya no es la realidad, que el simulacro nos disuade de la acción. Bergoglio se gasta, con esta pantomima, unos recursos invertidos en la posmodernidad que todavía rinden dividendos. Por eso puede decir que la iglesia está con los pobres al tiempo que se asegura que los teólogos de la liberación hubiesen desertado de las viejas causas populares.

 

El silencio obsequioso como acto punitivo lo entendemos de Frei Beto como ese silencio de hoy que será pagado mañana: “hoy por ti y mañana por mí”, la mejor manera de derechizar a un izquierdista en su decir. Tal fue la condena a Leonardo Boff y con él, a la teología de la liberación latinoamericana. Hoy derramándose en elogios a Bergoglio y sin que le sobreviva una iglesia real para los pobres, los muy parlanchines teólogos serían la vergüenza de Abelardo. 

 

Marta Lucía Fernández Espinosa, especial para La Pluma, 16 de agosto de 2013

Editado por  María Piedad Ossaba para La Pluma

Nota de la editora: Los senones (en latín, Senones) eran un pueblo galo que en tiempos de Julio César habitaba la zona que hoy en día incluye las regiones de Sena y Marne, Loiret y Yonne

Lea en La Pluma:

La Teología de la Liberación y el nuevo pontífice. El otro Papa, el otro Boff…

Teología de la liberación

*Marta Lucía Fernández Espinosa: Licenciada en Historia y Filosofía, Universidad Autónoma Latinoamericana, Medellín; especialista en Planeamiento Educativo, Universidad Católica de Manizales. Colombia. Corresponsal de La Pluma

Artículos de Marta Lucía Fernández Espinosa publicados por La Pluma:

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Actualizado ( Domingo, 25 de Agosto de 2013 00:59 )  

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