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Cataluña: entre espejismo y realidades

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Alex AnfrunsBisDespués de 7 años de movilizaciones y publicidad, el proceso independentista catalán ha logrado al menos uno de sus objetivos: el tema se toma en consideración en todo el mundo, obligando a unos y otros a posicionarse. ¿A favor o en contra de la independencia? La represión calculada del gobierno español paradójicamente ofreció una publicidad inesperada al proceso de independencia. Proceso que hoy plantea un abanico de emociones y sentimientos variados.

Hay la noble defensa de la democracia y el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Pero también el impulso de un nacionalismo excluyente y el temor de abrir una caja de Pandora que provoque una reacción en cadena de otros movimientos independentistas a escala europea. Abordar este asunto catalán a la luz de las clases sociales permite captar las cuestiones fundamentales.

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Cataluña intenta transformar su enfrentamiento con el gobierno central en un asunto europeo. No es de extrañar. Desde las primeras manifestaciones a gran escala, el conjunto de las fuerzas políticas y la sociedad civil expresaron ese deseo. El 11 de septiembre de 2012, Día Nacional de Cataluña, el eslogan principal fue “Cataluña, Nuevo Estado de Europa”. Por lo tanto, es lógico que muchas personas hayan acogido con satisfacción el movimiento independentista catalán. Lo vieron como una oportunidad para relanzar la maquinaria democrática en una Unión Europea cada vez más criticada. Desde la crisis económica de 2008 en especial, esta Unión se divide entre buenos y malos alumnos. Por un lado, están los fundadores de la UE que constituyen su motor económico. Por el otro, los holgazanes. Portugal, Irlanda, Grecia y España fueron señalados como un estorbo y humillantemente descritos como “PIGS” (cerdos en inglés). A golpe de medidas de crédito y austeridad, los bancos pudieron sacar las castañas del fuego con los malos alumnos de la UE. Pero eso no ha servido para mejorar las vidas de griegos y españoles.

¿Cambiaría la regla del juego con una Cataluña independiente? No debemos engañarnos.  El gobierno catalán ha estado aplicando políticas antisociales durante muchos años. Destruyó el sistema de salud pública y no hizo nada para proteger a los trabajadores de la crisis económica. Cataluña no revivirá el proceso democrático en la Unión Europea. Encaja perfectamente en el modelo defendido por Bruselas.

 Ángulos muertos: soberanía, abstención y nacionalismo

Más allá de la cuestión europea, el conflicto entre los gobiernos de Cataluña y España tiene varios ángulos muertos. En primer lugar, los compromisos de Barcelona con la Unión Europea y la OTAN son testimonio de una visión compartida de la sociedad y el mundo. Sin embargo, la supuesta soberanía nacional en los países desarrollados de Europa difícilmente aparece como una solución a los problemas de la economía globalizada. Es más bien una ilusión. De hecho, la verdadera soberanía debe ser popular y debe tener como prioridad el cuestionamiento de los fundamentos del sistema económico. Un proceso de cambio real debe mirar más allá del reclamo abstracto de la democracia, que es un reclamo formal. Un proceso de soberanía genuina en los países del norte en crisis debe por lo tanto llevar consigo una solidaridad internacional hacia los países del sur explotados. Para que una Cataluña verdaderamente soberana e independiente sea creíble, debe luchar contra el saqueo y las guerras en lugar de lanzar flores en Washington y Bruselas … (1)

El segundo ángulo muerto es el abstencionismo. Estos seis años de proceso de independencia vieron una gran actividad de las autoridades catalanas, la publicidad de los medios de comunicación, varios intentos de referéndum y consultas a nivel municipal y regional. A pesar de los 2,2 millones de votos y el resultado a favor del “Sí”, una gran parte de los catalanes sigue sin estar convencida por los argumentos de los independentistas, y la posición abstencionista sigue siendo muy importante con un índice del 58%. Esta posición no refleja necesariamente una indiferencia hacia las relaciones entre España y Cataluña. La tasa de abstención refleja sobre todo la imposibilidad de construir en un tiempo récord y en una región muy dinámica y abierta al diálogo, un proceso que conduce a la división y polarización de la sociedad en base a la identidad.

El nacionalismo es también el tercer ángulo muerto. Los derechos catalanes y españoles han impuesto su punto de vista para limitar el debate a la única cuestión de la soberanía nacional. De tal modo que el cuestionamiento del modelo social y económico se volvió marginal. Es cierto que la izquierda catalana favorable a la independencia dejó ver el proceso como una oportunidad para romper la cadena de la austeridad y el statu quo que ha prevalecido desde el retorno de la democracia en España en 1978. Sin embargo, su alianza con la burguesía catalana que defiende la creación de un nuevo estado, nuevas fronteras y un nuevo ejército, la izquierda ha promovido un discurso nacionalista en detrimento de sus propias propuestas.

El impacto de este discurso ha sido subestimado en gran medida. De hecho, criticada por su proximidad con la élite catalana, una gran parte de la izquierda se ha defendido la peor manera posible, apuntando al nacionalismo de enfrente :  el nacionalismo español. Esa actitud debía relativizar los excesos de las fuerzas nacionalistas catalanas consideradas como aliadas, más allá de las relaciones de clase. Pero actuar de ese modo es aceptar el riesgo que la bola de nieve se haga más y más grande, aplastando la coexistencia de la gente si no se le opone una resistencia cuanto antes.

Por supuesto, el Partido Popular que tiene las riendas del gobierno español tiene reflejos nacionalistas detestables que hunden sus raíces en la historia de la dictadura de Franco. Los ataques del gobierno central contra las instituciones catalanas se inscriben en el tiempo, y Rajoy envalentona las expresiones de intolerancia, reactivando los fantasmas del pasado : de ese modo hemos podido observar cómo se han popularizado los llamamientos a la detención del presidente de Cataluña. Algo que nos hace pensar al triste desenlace del presidente-mártir Lluis Companys, fusilado por las tropas franquistas en 1940. Recordemos que el golpe de estado del general Franco contra la República significó el aplastamiento de cualquier perspectiva de emancipación lingüística y cultural en un país formado por regiones con identidades muy marcadas.

La Cataluña popular y rebelde, una realidad histórica

La Cataluña industrial ha sido uno de los principales motores económicos de España. En las décadas de 1960 y 1970, recibió a cientos de miles de trabajadores del resto del estado. A principios de la década de 2000, fue el turno de los trabajadores del Magreb, África y América Latina. Cataluña fue escenario de importantes luchas sociales al final de la dictadura franquista. Después de establecerse muy precariamente en barrios marginales, muchos trabajadores de la periferia reclamaron el derecho a una vida digna en los barrios de la clase trabajadora. Con la lucha de clases, ganaron conquistas que marcaron la identidad de miles de catalanes.

Pero los primeros pasos de la democracia en la década de 1980 también se guiaron por una serie de otros eventos: la continuación de la lucha armada del movimiento independentista vasco con ataques sangrientos, la represión del Estado por medios paramilitares (el GAL), el fracasado intento de golpe militar de Tejero del 23 de febrero de 1981 – que hizo creíble el papel conciliador y unificador del Rey Juan Carlos a una gran parte de la sociedad, incluso a nivel internacional – la victoria de Felipe González en las elecciones presidenciales y el control del Partido Socialista sobre los ayuntamientos a través de una red de apoyo clientelista, o la entrada a la OTAN a través de un referéndum organizado bajo el gobierno socialista.

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Manifestación en el « cinturón rojo » de Barcelona, años 1970.

De la ocupación de plazas por los Indignados hasta el proyecto independentista

En 2011, inspirados por las revueltas de Túnez y Egipto, los españoles comenzaron a ocupar lugares públicos. El movimiento fue bautizado 15M (15 de mayo) en España (en Francia fue conocido como “Indignados”, en referencia a Stéphane Hessel). El Partido Socialista en el poder en Madrid estaba saliendo de un período de gracia que se debió principalmente a su oposición a la guerra de Irak en 2003. En Barcelona, ​​la ocupación de Plaça Catalunya terminó abruptamente cuando el gobierno catalán envió a la policía a “limpiar el lugar”. Las imágenes de violencia policial marcaron una nueva generación que buscaba urgentemente respuestas a la crisis y el desempleo mientras desarrollaba conciencia política. ¿Una de las consignas más comentadas en el 15M? “Esto no es una crisis, sino una estafa”. La corrupción y las puertas giratorias de la clase política, fenómenos muy extendidos, también se encontraban en la línea de mira del movimiento. Entonces, ¿cómo se explica que las demandas de la sociedad catalana hayan cambiado tan rápidamente, de la defensa de los derechos sociales a la promoción de la independencia?

En el momento de la crisis, el gobierno catalán estaba formado por una coalición de fuerzas progresistas (el “Tripartit” compuesto por el PSC, el ERC y el ICV-Verdes). Situación sin precedentes, porque el partido de la derecha, Convergencia y Unión (CiU), había estado en el poder durante 25 años. Hasta aquel momento considerada como un motor económico, Cataluña estaba experimentando una situación social cada vez más tensa. Fue en ese momento cuando el presidente Artur Mas, el delfín nombrado sucesor de Jordi Pujol, renovó su estrategia y dio a conocer su agenda a favor de la independencia. Pudo contar con el trabajo constante e infatigable de las organizaciones catalanas de la “sociedad civil” que estuvieron a la vanguardia de los llamados a la movilización. También fue una forma de preservar la imagen dañada por los escándalos de corrupción de CiU, especialmente el caso del 3%. El partido habría recibido comisiones de 3 o incluso 4% por parte de las empresas sobre los contratos que les atribuyen los ayuntamientos gestionados por el partido. Balance del chanchullo: una estafa de 6,6 millones de euros. De ahí la idea ampliamente popularizada de que la cuestión catalana era solo una cortina de humo … A su vez, bajo el pretexto de la crisis, el PS y el PP se apresuraron a grabar en el mármol de la Constitución el principio de “estabilidad presupuestaria” del Estado, prohibiendo “superar los límites del déficit establecido por la Unión Europea para sus Estados miembros.”

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Meeting de Unidos Podemos a favor de la plurinacionalidad, durante la campaña presidencial, en Barcelona, 11 junio de 2016. 

Podemos: sus bazas y sus límites

Al mismo tiempo, impulsada por la ola de indignación del movimiento de ocupación de las plazas, estaba surgiendo una nueva fuerza política. Podemos mostraba un discurso unitario y unificador  que podía politizar los estratos sociales más vulnerables debido a la crisis y crear un efecto de contagio a nivel nacional. Criticando implacablemente la reforma de la Constitución aprobada por el PS y PP, de Podemos logró revelar la verdadera cara del bipartidismo, demostrando que la Constitución también puede ser reformada, siempre que sea a favor de los intereses de la minoría dominante. En cuanto a la derecha catalana, también temía ser expulsada nuevamente del poder, y esta vez, durante mucho tiempo. Este riesgo debía evitarse, fuera cual fuera el costo. Incluso a costa de una carrera final contra reloj con el gobierno central.

Hasta entonces, la derecha catalana había jugado la estrategia de la tensión contra Madrid, inyectando pequeñas dosis de nacionalismo. Pero todo nacionalismo, incluido el catalán, hunde sus raíces en sus propios mitos. Debemos ser capaces de barrer primero delante de nuestra puerta… Esto también explica por qué una parte de la sociedad catalán fue relativamente indiferente a la agenda independentista desde hace años. A pesar de que la Constitución española de 1978 reconoce el “derecho a la autonomía de las nacionalidades”, la aparición del movimiento de independencia catalán es un fenómeno muy reciente. Cataluña seguía siendo un caso bastante singular: las divisiones sociológicas fueron muy marcadas y prevalecieron sobre la cuestión de la identidad durante décadas. La lucha contra el desalojo de los inquilinos a través de una plataforma de lucha y solidaridad (PAH, la plataforma de afectados por la hipoteca) es uno de sus ejemplos más exitosos.

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Manifestación a favor del derecho a la vivienda en Barcelona, el 16 febrero de 2013

Sin embargo, la destilación del nacionalismo ha creado tensiones en base a la identidad. Peor aún, esta ha sido objeto de una banalización peligrosa, tanto por parte del gobierno catalán como del gobierno español. Hasta el momento, dos factores han impedido la aparición de fuerzas virulentas de extrema derecha. En primer lugar, la absorción por parte del Partido Popular de elementos de extrema derecha nostálgicos del franquismo. En segundo lugar, la dinámica inculcada por Podemos hizo posible la politización de los estratos populares. ¿Lo suficiente?

A través de una coalición de plataformas ciudadanas, Podemos logró grandes victorias en las principales ciudades durante las elecciones municipales de junio de 2015, incluida Ada Colau en Barcelona. Las clases trabajadoras que habían sufrido enormemente por la crisis en los últimos años podrían aspirar a tener un respiro. Pero el partido ha demostrado inmadurez y un excesivo sentido táctico. Diabolizado por los medios, su secretario general Pablo Iglesias a veces ha tendido a moderar su discurso. 

La huida hacia adelante de los independentistas

El 8 de septiembre, el Parlamento catalán aprobó una ley de “transición jurídica” que conduciría a una “desconexión” de las instituciones españolas el día después del referéndum del 1 de octubre de voto, en caso de victoria del sí a la independencia. El portavoz del grupo CSQP (la coalición de izquierda formada por Podemos, los Verdes, Equo e Izquierda Unida y Alternativa), Joan Coscubiela criticó fuertemente ese procedimiento que violaba las reglas: “La mayoría parlamentaria está a punto de hacer añicos todas las garantías democráticas (…) nos enfrentamos a un acto antidemocrático sin precedentes en nuestro Parlamento (…) Es perfectamente legítimo considerar el objetivo de la República Catalana, pero no de esta manera (…) El paso que se ha dado puede ser irreversible en términos negativos para la ciudadanía, la democracia y el Parlamento de Cataluña …”.

La aprobación de esta ley antes de la celebración del referéndum, denunciaba Coscubiela, “no tenía nada que ver con los intereses de Cataluña ni con los intereses de la consulta.” Su discurso fue ridiculizado por los independentistas, bajo el pretexto de que le hacía el juego a la derecha española. No importa que este exsecretario general del CC.OO. sea una de las voces más comprometidas en Madrid en la lucha contra la corrupción, la defensa del derecho laboral, de la enseñanza del catalán frente a los ataques del ministro Wert e incluso del referéndum. Su posición favorable a la negociación de un referéndum pactado con Madrid no tenía derecho a voto! Sin embargo, su intervención fue lúcida y ciertamente premonitoria…

En Cataluña, el ensañamiento contra la coalición de Podemos refleja la extrema polarización del debate político. De hecho, las voces progresistas fueron atacadas por todas bandas: Rajoy y los medios de comunicación los acusaron de allanar el camino de la ruptura de la unidad nacional, mientras que la coalición independentista exigió su adhesión a su agenda unilateral. Esta estrategia de la “tenaza” impidió a Podemos jugar un papel más decisivo en el conflicto que divide Cataluña.

El 1 de octubre, una fecha clave

La confiscación de material electoral y el envío de refuerzos policiales a Cataluña los días antes del referéndum fue un mensaje inequívoco: el gobierno español no cedía un milímetro. Las escenas de represión del 1 de octubre fueron impactantes e inaceptables. 893 heridos! Reprimiendo brutalmente a los votantes pacíficos y negándoles un derecho fundamental de los pueblos, Rajoy ha puesto de manifiesto de forma escandalosa las contradicciones y los límites de nuestras democracias.

Igualmente, la instrumentalización política de las víctimas es intolerable. El 8 de octubre, el discurso del presidente catalán, Carles Puigdemont, finalmente aceptó los límites de su proyecto dejando la puerta abierta al diálogo con Rajoy. Este revés tuvo un efecto de ducha fría en miles de activistas independentistas que creían que el gobierno iba a “desobedecer” hasta el final. Eso fue una gran ingenuidad, si tenemos en cuenta los intereses de clase de la elite catalana. De hecho, varias grandes empresas reaccionaron lógicamente a la agenda de la Generalitat: trasladaron sus sedes para protegerse contra la inestabilidad financiera.

Curiosamente, tendemos a olvidar o relativizar el hecho de que el movimiento de independencia está fuertemente enmarcado por la derecha. La consecuencia es que la atención se centra en la defensa de las instituciones catalanas y sus portavoces. Sin embargo, estos están lejos de ser irreprochables. La gente parece haber olvidado la brutal represión de la policía catalana contra los indignados en mayo de 2011. Sus golpes de porra fueron tan inaceptables como los de la policía española. Es sorprendente observar la evolución: en julio de 2011, los indignados rodearon el parlamento catalán para protestar contra los recortes presupuestarios y se enfrentaron de nuevo a la represión de la policía catalana. Aquel día, el predecesor del presidente Puigdemont, Artur Mas, incluso fue obligado a ir al parlamento en helicóptero para evitar el cerco. Ha habido un giro de 180° : el 10 de octubre de 2017, después de la circulación de rumores sobre una posible detención del presidente Puigdemont, se transmitió a la prensa y las redes sociales un llamado a manifestar ante el parlamento para defenderlo.

Después del 1 de octubre, los independentistas tenían una última carta para jugar : el reconocimiento internacional. La respuesta tardó unos días en llegar. Bruselas recordó que esta crisis era un asunto interno que debía resolver Madrid. Fue entonces cuando la estrategia catalana de “desobediencia civil” fue pospuesta prudentemente. De hecho, después de recordar cual fue el resultado del 1 de octubre en un contexto de represión que lo hacía aún más legítimo a sus ojos, Puigdemont declaró la independencia de Cataluña. Pero solo duró unos segundos, porque explicó que se suspendía temporalmente para tender la mano a Madrid. Una oportunidad de oro para Rajoy, quien rechazó el diálogo y se presentó como el único garante del respeto de la ley. Y el 16 de octubre, dos portavoces de las organizaciones civiles a favor de la independencia fueron detenidos ​​bajo la acusación de “sedición”. El día siguiente, la indignación nuevamente se manifestó al unísono en una manifestación de 200,000 personas que exigían su liberación. (3)  

¿Revolución o caricatura de revolución?

Cegada por su fiebre nacionalista, la derecha catalana ha despreciado las demandas sociales del pueblo catalán en toda su diversidad. De la misma manera, la derecha española se equivocó gravemente al creer que podría aplastar un movimiento popular. Este podría madurar rápidamente y superar las trampas del discurso nacionalista. De hecho, la democracia española ha envejecido de golpe y el recuerdo del período oscuro de Franco se ha hecho tangible.

La última noticia ha sido la activación de Rajoy del artículo 155 de la Constitución, que prevé la aplicación de una medida excepcional a Cataluña. Según Rajoy, el Partido Socialista español y el nuevo partido de centroderecha Ciudadanos, no se trata de suspender el estatuto de autonomía en vigor, sino más bien de volver a la situación de legalidad que prevalecía antes de la aprobación de la ley del referéndum. Este último y la organización del referéndum fueron acciones ilegales desde el punto de vista del Tribunal Constitucional. Para los separatistas, Podemos y otras fuerzas progresistas, esta medida se considera una especie de golpe de estado, porque implica la destitución del presidente y de su equipo de gobierno electo, la intervención de los medios públicos catalanes, y la gestión desde Madrid de instituciones catalanas como la escuela o la policía. Una humillación inaceptable.

Tras la decisión de puesta bajo tutela programada para el jueves 26 de octubre por el Senado español, el gobierno catalán planea pronunciar, esta vez inequívocamente, una declaración solemne de independencia. Puede contar con el apoyo de una parte de la sociedad catalana que no está dispuesta a olvidar tan rápidamente la represión del 1 de octubre. Nuevamente se ha lanzado un llamado a manifestar para responder a la decisión del Senado el jueves, que los separatistas consideran “decidida de antemano”.

El resultado de este escenario de confrontación es incierto. La desobediencia de la población y el apoyo sin fisuras a sus representantes políticos catalanes significaría un salto cualitativo en la estrategia de la tensión desarrollada hasta ahora. Eso reforzaría la identificación de instituciones y representantes de la independencia de Cataluña y prolongaría la división de la izquierda. Pero el estancamiento también podría ser una oportunidad para ampliar la participación  social, incluyendo los ángulos muertos, lo que podría inclinar la balanza del poder a favor de los intereses de la mayoría.

Por tanto, es posible que a pesar de todo, la cuestión catalana haya sembrado una semilla de esperanza. Para ello, la movilización popular debe partir de unas bases correctas: condenar la represión policial y judicial, formar asambleas constituyentes que puedan renovar la vida política y poner fin a la corrupción de las élites, y construir una soberanía genuina que no sirva para dividir a los trabajadores. En otras palabras: se trata de construir el poder popular, única garantía para el futuro de un mundo mejor para los pueblos del Estado español.

Alex Anfruns

Traductions disponibles : Français 

Fuente: Investig'Action, 26 de octubre de 2017

Artículos y entrevistas de Ales Anfruns publicados por La Pluma

Lea en La Pluma:

Catalunya 1-O: un pueblo que quiere salir del reino

 



Palabras clave:Cataluña/Catalunya  Catalanismo  Estado español  UEropa  Alex Anfruns  

 

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